Él iba saliendo del parque y quería gritar.
No volteaba hacia atrás por temor a cualquier embrujo. Sólo quería llegar a donde estaban los demás, de seguro, chocando los tarros bien colmados de cerveza.
Un mensaje había que dar. Nada más uno.
¡Que el mundo se ha teñido de colorado!
La espera ha terminado y eso que parecía imposible, sucedió. Ferrari —ahora sí— ha retornado y de qué manera.
La sangre es colorada y el corazón también lo es.
Ese color encarnado que sirve para girar una advertencia:
- ¡Alto!
- Stoppen.
- Sluta.
- Fermare.
- Arrêt.
- Stop.
No importa en qué lengua o con cuáles signos, el asunto es: detener a estos enfermos del tifus de la velocidad que cuando su scuderia gana, se vuelven más locos que el loco más sano del mundo.
Y razón es lo único que no les falta…
…La pasión ilimitada por la victoria es una especie de invento que creó hace 75 años El Comendador, don Enzo Ferrari, para encontrar una explicación que darle a su vida.
Por eso el bólido de este curso se ha bautizado como el SF-75 ya que quiere hacer la más hermosa remembranza de aquellos tiempos románticos en los que en Italia (y el mundo occidental) estaba todo pintado del color más colorado que se pueda concebir.
Ese tono que se llama proverbialmente rosso Ferrari que es, ni más ni menos, el matiz del triunfo. El inigualable.
Para redondear el símbolo Enzo: se hizo con un caballito parado de manos, relinchando, tal como el que había visto en aquellos meses —cuando era todavía joven— en los lomos de un avión-caza típico de la Segunda Guerra Mundial. Algo así como un Barón Rojo a la italiana.
Sensual como Gina Lollobrígida y Sophia Loren. Hermosos de esa hermosura como las de Claudia Cardinale o Virna Lisi y más veloz, que el rayo que las concibió.
Así, tendrían que ser los autos de alta velocidad que salieran de los talleres de Maranello.
Pregunte usted y hasta el vecino menos avispado se lo va a confirmar: nadie más que, quienes han tenido un Ferrari o han conducido uno en una autopista alemana: saben lo que es la perfección rodando.
Por eso luego de haber vivido lo de ayer sábado y este domingo, allá en el Parque Alberto de Melbourne, él, salía como burro sin mecate.
Nada más para gritar…
Y así salían todos quienes aman y respetan las carreras de coches: un auto colorado ha triunfado.
Cuando Ferrari gana, ganamos todos.
Una cosa es la gloria y otra muy diferente cuando se signa con un Grand Chelem (Slam) en las manos.
O sea, llevándose todo: la pole position, la carrera siendo el primero en ver la meta; dominando como líder —desde los semáforos en rojo hasta la bandera a cuadros— y, haciendo el giro más rápido de toda la tarde:
¡A Mil Por Hora!






