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Trece partidos y una cruda en julio

A pocos días del Mundial 2026, México se prepara para vivir una fiesta emocional sin precedentes, aunque con beneficios económicos más modestos y desiguales de lo que prometen las proyecciones.

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Economía y Mundial El marcador económico de México fuera de la cancha: emoción y ganancias moderadas. (Jorge Brito)

En las esquinas de la Ciudad de México ya empezaron a venderse playeras verdes a 200 pesos, las banderas asoman ya por algunos balcones y los vecinos ensayan, sin darse cuenta, el grito de gol con cualquier juego amistoso.

Estamos en esa antesala a medio camino entre la ilusión y el temor, que en México precede a cada Copa del Mundo. El próximo 11 de junio, México abrirá la competencia jugando ante Sudáfrica en el torneo más grande de la historia: 48 selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones y un calendario que se extenderá hasta el 19 de julio.

Será la tercera vez que México hospede la competencia –después de 1970 y 1986– y nos convertiremos así en el primer país en sumar tres ediciones. La cifra tiene aire de hazaña, pero hay otro dato que conviene tener a la mano: México albergará apenas 13 de los 104 partidos. Estados Unidos concentrará 78. Lo que está por ocurrir es un acontecimiento inédito pero también, conviene reconocerlo, asimétrico.

Esa asimetría conduce a que los impactos del Mundial no se vayan a quedar en un solo terreno. Van a tocar el bolsillo, el ánimo, la conversación pública y hasta la manera en que vivimos nuestro día a día durante un mes y medio. Y serán, además, muy distintos a un lado y otro del Río Bravo.

Veamos primero el plano económico, donde las proyecciones que circulan tienen un rango demasiado amplio. Moody’s Analytics calcula una contribución de apenas 0.13 puntos porcentuales al PIB mexicano de 2026. Deloitte la sitúa en 0.14 por ciento, con una derrama de 2 mil 730 millones de dólares y unos 100 mil empleos temporales. BBVA habla de 0.30 puntos. Banorte, de hasta 0.62. La CONCANACO, más entusiasta, proyecta hasta 200 mil millones de pesos.

La dispersión dice tanto sobre la incertidumbre como sobre el ánimo del momento. Lo razonable es esperar un efecto macroeconómico modesto –entre dos y seis décimas del PIB en un año de crecimiento previsto de poco más de 1 por ciento– concentrado en tres entidades: Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León. En los hoteles, los restaurantes, los taxis y el comercio de esas tres plazas se sentirá un pico transitorio en junio y la primera mitad de julio. En el resto del país, poco.

El contraste con el norte resulta revelador. En Estados Unidos, donde se calcula que el Mundial aportará 17 mil 200 millones de dólares adicionales y 185 mil empleos más, el acontecimiento pasará prácticamente inadvertido en términos sociales. Las finales de la NBA, los playoffs de la MLB y el arranque de pretemporada de la NFL competirán por la atención. El soccer sigue siendo allá un deporte minoritario, urbano y, en buena medida, latino. En Canadá el efecto será aún menor.

La paradoja es curiosa: el país que recibe los menores beneficios económicos directos –México– será el que vivirá el torneo con mayor intensidad emocional.

Pero, claro, una parte muy importante de los asistentes a los estadios o de los que seguirán a distancia los partidos serán mexicanos… que se fueron a vivir a EU.

Para el mexicano promedio el Mundial nunca ha sido un mero evento deportivo: es un ritual colectivo. Durante un mes y medio, la conversación pública, las pausas en la oficina, la comida en familia y la sobremesa girarán alrededor del balón.

La selección mexicana, con todas sus deficiencias, opera como uno de los pocos símbolos capaces de articular una identidad nacional fragmentada por la violencia, la polarización política y la desigualdad. No es poca cosa. Es, de hecho, en momentos como este, una de las pocas cosas.

Una pregunta interesante –casi antropológica– es si esa cohesión simbólica dejará huella esta vez o se va a evaporar con el último silbatazo. La evidencia histórica de 1970 y 1986 sugiere que sí deja huella, aunque distinta de la prometida. Lo que queda no son los estadios renovados ni la “marca país”, sino imágenes, frases, generaciones enteras que se nombran a sí mismas por el Mundial que vieron. Quien tenga más de cincuenta años sabe de qué hablo.

En el plano político, el gobierno de Claudia Sheinbaum llegará al torneo en un momento delicado: con la relación bilateral con Washington tensada por la seguridad, la revisión del T-MEC y con un crecimiento económico muy discreto. La administración federal y los tres gobiernos estatales sede buscarán, con razón, capitalizar el evento como vitrina –de infraestructura, de hospitalidad, de “Marca México”–. Pero el espacio para el lucimiento será más estrecho que en otras ediciones: a diferencia de Qatar 2022 o Rusia 2018, aquí no hay un solo anfitrión, no hay una sola narrativa y la cobertura internacional se concentrará en las sedes estadounidenses, donde se jugarán los partidos decisivos. México será, en términos mediáticos, un protagonista en la apertura y pronto, un actor secundario.

En lo estrictamente deportivo conviene no inflar las expectativas. La selección llega al torneo con dudas estructurales y, a la vez, con un grupo accesible. El boleto a octavos de final parece probable; pasar de ahí ya no se ve tan claro.

Y aquí entra el plano que la mayoría de los análisis omite: el de la resaca.

Porque después del 19 de julio vendrá la cruda. Los hoteles vaciados, los empleos temporales extintos, las inversiones públicas amortizadas en una sola temporada. Vendrá, también, la frustración colectiva si el Tri repite el clásico: jugamos como nunca y perdimos como siempre.

Vendrá una pregunta incómoda: ¿qué quedó, además del recuerdo? Las experiencias de Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018 son aleccionadoras: el rebote post-Mundial fue invariablemente menor al esperado, y el legado de infraestructura, decepcionante.

México tiene, eso sí, una ventaja respecto a esos casos: la inversión pública en infraestructura mundialista ha sido modesta –apenas 14 millones de dólares en el estadio de Guadalajara, según datos de la FMF–, lo que reduce el riesgo de elefantes blancos. La contraparte es que también será menor el impulso de largo plazo.

El Mundial 2026 será, para México, una experiencia colectiva intensa, económicamente modesta, geográficamente concentrada y emocionalmente impredecible.

No transformará al país, pero tampoco lo dejará igual. Si algo merece atención en estos días previos no es la euforia de las proyecciones, sino la capacidad de los tres niveles de gobierno y del sector privado para convertir un mes y medio de visibilidad en algo más duradero que la nostalgia.

Por ahora, lo único cierto es que la fiesta está por comenzar.

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