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Isabel II: 70 años. Los escándalos del Siglo XX

En este texto, Leonardo Kourchenko refiere algunos de los eventos polémicos de la familia real británica.

La familia real británica arrancó el siglo XX con el fallecimiento de la matriarca real europea, la Reina Victoria: madre y abuela de múltiples cabezas reinantes desde esos años y en adelante. Rusia, Alemania, España, Grecia y otros países, reinos e imperios sentaron en sus tronos a descendientes de Victoria.

Ella falleció en 1901 tras 63 años de esplendoroso reinado para Inglaterra y en general prosperidad para Europa. La sucedió su hijo, largamente heredero en espera -hasta ese entonces el Príncipe de Gales que más tiempo había ostentado el título, hasta el actual Príncipe Carlos- Eduardo VII quien reinó apenas 9 años de 1901-1910.

Los escándalos del siglo XX arrancaron con la desastrosa, dolorosa y no en pocos casos sangrienta fractura de las familias reales europeas. El espíritu bélico y militar prusiano bajo el que fue educado el Káiser Guillermo II, nieto de Victoria y sobrino del nuevo Rey Eduardo VII, fue el factor explosivo para el estallamiento de la Primera Guerra Mundial en 1914. Eso provocó que esa familia, unida, fraterna, con lazos cercanos con los Romanov de Rusia, los Hohenhole y los Hesse de Alemania y los ya bautizados Windsor, se rompiera inexorablemente.

Quedaron atrapados en lados contrarios de las trincheras, muchos primos y tíos, Duques, marqueses y barones, murieron al servicio de sus ejércitos, y la familia nunca volvió a reunirse. Es por todos conocido el trágico final de la familia Imperial de Rusia, con el asesinato del Zar Nicolás II, su esposa Alix, y sus 5 hijos. Jorge V, primo hermano del Zar, asesorado por su gobierno que consideró riesgoso el rescate de los Romanov, decidió no enviar un barco a su rescate en 1918, lo que concluyó en el fatal desenlace a manos de los bolcheviques.

El siguiente escándalo del siglo XX fue el noviazgo del carismático y galán Príncipe de Gales David, quien llevaría después el efímero nombre de Eduardo VIII, a la muerte de su padre, Jorge V. El Príncipe de Gales hacia todo por ganarse la simpatía y el reconocimiento de su padre, que tristemente nunca logró. Giras, apariciones públicas, asistencia a fiestas y cockteles, eventos en representación de su padre, además por supuesto del obligado servicio en las fuerzas armadas a través de la marina real.

David era bien parecido, elocuente, carismático, fue de hecho la primera estrella mediática de la monarquía, mucho antes que cualquiera de los que vinieron generaciones más tarde. Gozaba de un alto índice de aprobación, aunque no se medía entonces, excepto el de su padre quien lo consideraba demasiado superfluo, banal, extremadamente social por convivir con “comunes”, es decir, no miembros de la tradicional aristocracia inglesa.

David estaba convencido de que la monarquía debía renovarse y acercarse más a la gente, desempolvar el vetusto y protocolario estilo de su padre.

En los alegres años 20 posteriores a la Guerra, David sostuvo una relación creciente con una mujer americana, divorciada de un primer matrimonio y casada con un señor Ernst Simpson. Wallis, como era comúnmente conocida, se convirtió de amiga, a acompañante, amante y finalmente prometida y esposa de David, el heredero al trono.

Jorge V desaprobaba enérgicamente la relación, vaticinó que no pasaría un año después de su muerte, para que ese muchacho -David, Príncipe de Gales- destruyera la monarquía.

El Rey murió en 1935, David subió al trono como Eduardo VIII y un año después, a pocas semanas previas a su coronación, anunció por radio a todo el pueblo británico, que abdicaba el trono en favor de su hermano Alberto (Bertie, Duque de York y padre de la actual reina Isabel II), para casarse con Wallis Simpson.

El impacto fue brutal para la institución de la monarquía que enfrentó -en opinión de muchos historiadores- su momento más frágil y vulnerable desde las Guerras entre los Stuart y los York siglos atrás. El debate en Londres y en el mundo, embelesados con una aparente historia de amor, era si un nuevo Rey tenía sentido en los tiempos modernos. La renuncia del Rey fue un golpe devastador para tres mujeres, todas reinas:

La Reina María, madre de Eduardo VIII y recientemente viuda de Jorge V; para Isabel, Duquesa de York, esposa de Bertie y futura reina consorte del Reino Unido; y por supuesto, para la pequeña Isabel, de apenas 10 años de edad, que se convertía en automático, en presunta heredera.

Los Windsor salieron adelante, Jorge VI se convirtió en un monarca profesional, entregado, comprometido, al lado de su pueblo en los difíciles momentos de la Segunda Guerra Mundial y en un ejemplo inigualable para la futura monarca.

El siguiente escándalo fue el noviazgo de la Princesa Margarita, hermana menor de Isabel, quien se enamoró perdida y juvenilmente del secretario privado de su padre, el Rey Jorge VI. Peter Towsend, con carrera militar, asistente de su majestad, sostuvo una relación casi platónica con Margarita durante la vida del Rey. A su muerte, Margarita contaba con 22 años, su hermana Isabel tenía ya 5 de casada con Felipe, Duque de Edinburgo e incluso madre de Carlos y de Ana, cuando solicitó autorización para contraer nupcias con el capitán Towsend.

Los integrantes de la familia real británica -como sucede en otras casas reales y reinantes- deben solicitar autorización formal al monarca y jefe de familia, para casarse con cualquier persona. Para la joven Reina Isabel representó el primer dilema serio de su reinado. Tenía una estrecha y amorosa relación con su hermana Margarita, pero estaba obligada a actuar como soberana, defensora de la fe y cabeza de la Iglesia Anglicana. Los consejeros de la reina, Arzobispos, el propio Primer Ministro se mostraron en contra, e Isabel actuó en consecuencia: no otorgó el permiso para el matrimonio, pero hizo una promesa a su hermana: Peter Towsend sería enviado como agregado militar a Bruselas por un año, y si al término de ese período seguían sintiendo lo mismo uno por el otro, ella otorgaría su permiso.

Una promesa que Isabel II se vio forzada a romper al paso del tiempo, puesto que la Iglesia Anglicana no reconoce el divorcio -condición de Peter Towsend- y ella era la cabeza de la Iglesia. Esta decisión marcó profundamente la vida de la Princesa Margarita, quien se separó de su hermana, y se entregó por años a una vida ligera, de fiestas y cockteles. Casaría años después, con un fotógrafo de familia noble, el señor Armstrong-Jones con quien tuvo dos hijos y años después se divorció.

Este es uno de los hechos más interesantes de la historia inglesa, puesto que la Iglesia Anglicana nació a partir del divorcio de Enrique VIII de la Reina Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos de España) en la búsqueda de un descendiente varón, que Catalina no pudo darle. Ahí aparece en la historia la inolvidable figura de Ana Bolena, amante del Rey y Reina después, cuya cabeza rodó acusada de conspiración contra el Rey e incesto con su propio hermano.

Hubo más escándalos que involucraron a Felipe, y después de forma notoria y estridente a los hijos de la Reina. Seguiremos con este recuento.

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