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Fórmula 1: Van 20 contra todos los ‘fantasmas’ de Imola

El Autódromo Enzo e Dino Ferrari sabe de tragedias y dichos siniestros; esta es la historia del mítico trazado que será sede del Gran Premio de Imola este fin se semana.

Desde los tiempos remotos de la Roma imperial se sabe de Imola y de los imoleses.

Por ahí vienen a cuento las viejas historias de la cristiandad que culpan a Juliano el Apóstata por haber ordenado el martirio de San Casiano de Imola.

Leyendas, anécdotas y chismes alucinantes es algo que nunca le ha faltado a este altar de las carreras de autos. Ya que Imola —en el siglo XX— hace que acudan enseguida a la cabeza, los Grand Prix de la Fórmula 1.

La ciudad en sí, llegó a tener su propio brillo gracias a la habilidad de los políticos de entonces —los condottieri, en otras palabras, los mercenarios— en particular, los de las famosas familias Visconti o los Sforza que, entre otras de sus grandes trazas, heredaron al futuro los ostentosos palacios y las fortalezas que lucen por aquellos lares.

La influencia que traían y llevaban los hombres ilustres con tales apellidos rimbombantes, tenían que ver con lo que pasaba en Milán, y claro, hasta en Venecia; que eran los centros cosmopolitas desde los siglos antes del V, hasta después del XVII.

Su importancia estriba en que Imola está situada en una zona (dentro de la región de La Emilia Romaña) que era una fuente agrícola clave. Muy cerca de Bolonia.

Sin embargo, su parentesco con la velocidad sobre ruedas debe de remontarse a los años 80 a.C., cuando en su propio anfiteatro se jugaban capitales justas de coches tirados por caballos.


El Circo, que tantas pasiones levantó en los romanos de pura cepa.

Hacia finales de 1940 se creó ya un circuito como para hacer parte de esta era. Si bien al principio, se pudo interesar —en especial— en las pruebas con motocicletas fugaces.

Ya después de la Segunda Guerra Mundial quedó relativamente a tiro de la gran industria italiana del coche y las razones de ayudar a suavizar el problema del desempleo, hizo fácil que se buscara un modo para hacer un autódromo con toda la barba.

En efecto, a 80 kilómetros a la redonda, hay un buen número de talleres y artesanos que se ocupan de crear y manufacturar suministros para los pilotos y los autos de competición. Destaca, desde luego, Maranello, donde está el cuartel general de Ferrari. Fiorano, otra importante pista de ensayos y también, Mugello.

Queda más cerca Faenza, que ha sido la plaza de mil batallas de Giancarlo Minardi y sus prestigiados equipos; organización que fue comprada por Red Bull para crear Toro Rosso y donde están ahora los talleres y los laboratorios de Alpha-Tauri.

Evolución de prodigio

Por 1950, con Enzo Ferrari en persona se colocó la primera piedra de lo que sería después uno de los altares para reverenciar a esa devoción pintada de rojo.

De inmediato, encontró su vocación para hacer un circuito de pruebas.

En 1952 llegó Alberto Ascari a experimentar las ventajas y las contras de un Ferrari 340 sport. Lo acompañaban Luigi Villoresi y Gianni Marzotto. Eso advertía, ni más ni menos, de la presencia de una de las más grandes cofradías del vértigo.

No deja de maravillar que la gente de allá lo conversa como si hubiese pasado ayer.

Corrían implacables los años, que no impedían que se rindiera la grande adoración a las motos Guzzi y a las Gilera, deshaciendo récords inverosímiles.

El trazado iba paralelo al río, hasta Tosa.

Luego, había que trepar la ladera pasando por Piratella y Acque Minerale, para bajar a la Rivazza.

Recorriendo la trayectoria que se parece mucho a la de estos días.

Desde 1953 recibió el nombre de “Circuito de Santermo” (igual al río del cual corre muy cerca). Luego, en 1970, se bautizó como “Autodromo Dino Ferrari” conmemorando al hijo de ‘El Comendador’, que moría a los 24 años, después de pasar por las torturas de la distrofia muscular.

Tan grave desaparición contra natura dejó desbaratado a Enzo Ferrari, que se fue de este mundo en 1988 y, a poco de su fallecimiento, el trazado imolés ya pasó a llamarse “Autódromo Enzo e Dino Ferrari”.

Años previos

En Imola se celebraban importantes carreras de Motos.

Luego las justas con autos, conocidas bajo el nombre de La Copa de Oro Shell, en las cuales se disputaban palmo a palmo los Maserati contra los Ferrari y claro: los Lancia así como los Alfa Romeo, dando lugar a epopeyas inmortales de los intrépidos pilotos de la era clásica.

Por encima de todos: Tazio Nuvolari.

En 1963 se jugó una carrera de Fórmula 1, de prueba, que ganó Jim Clark con el Lotus modelo 25.

De igual manera, se había realizado otra en México, en 1962, en la cual se mató la gran promesa que era Ricardo Rodríguez (sobre un Lotus 24) y como en Imola, se consideró como una mera exhibición.

Después, prosiguieron allá las justas mundiales de motocicletas. Y claro, los enfrentamientos de autos deportivos a la europea.

Luego de sufrir toda clase de mejoras, Imola albergó otro ensayo de F1, que no contó tampoco en el campeonato mundial. Éste, lo ganó Niki Lauda en un Brabham.

Por fin, en 1980, se le dio el insólito valor de ser la sede del GP de Italia. La única vez en que no sucedió en Monza, la catedral.

La trayectoria imolesa sufrió cuanta clase de variantes se le pidieran: para convertirse en el sitio que albergaría al Gran Premio de San Marino, desde 1981 hasta 2006.

INFELIZMENTE

Imola quedó marcada por sus tragedias

Era 1994, a finales del mes de abril, y se realizaba el GP de San Marino de aquella temporada, la tercera cita del curso.

Con las esperanzas puestas en el Williams-Renault modelo FW-16, del que se sabía que era un coche como nunca antes hubo otro.

Pasó que el viernes 29 de abril, en las primeras prácticas libres se accidentó el corredor brasileño Rubens Barrichello manejando su Jordan-Hart, en las inmediaciones de la Variante Bassa.

Un día después, el 30, alguien se estrelló sobre la curva de Villeneuve yendo a 300 kilómetros por hora, siguió el desconcierto total. Resultó sin vida el joven piloto austriaco Roland Ratzemberger, quien había participado apenas en su segunda carrera; fue en un auto Simtek-Ford Cosworth.

Era el domingo primero de mayo. Ayrton Senna estaba muy afectado por lo que se vivió en los días previos y con un mohín se subió a su Williams, porque estaba seguro de que iba a ser otra vez campeón del mundo.

Hubo una segunda largada y al entrar al doblez de Tamburello su coche no viró como se esperaba y fue a dar contra un muro de concreto a mano derecha.

El auto quedó muy maltrecho y aunque Ayrton estaba golpeado porque no se levantaba del piso parecía otro de los accidentes de rutina. Y no lo era

…La barra de la dirección se quebró de una manera impensada y fue a clavarse en la cabeza de Senna, por el único pequeño espacio que lo podía hacer, en los límites fulminantes del visor, antes de terminar en el borde defensor del casco.

No hubo más explicación, que fue el día en que tuvo que ser porque Ayrton Senna era el piloto perfecto.

Por algo se comentaba al inicio de esta nota, sobre las maldiciones y los dichos siniestros que danzan por aquí y por el mundo de las carreras.

Llegó a correr la especie de que un francotirador había sido el autor de la tragedia.

Para cerrar diciendo

Serán tan solo tres años en que volvió a tener importancia Imola y su pista llena de enigmas.

Hubo ya dos carreras previas con este nombre, el más largo de todos, que da mucho para meditar:

FÓRMULA 1 ROLEX GRAN PREMIO DEL MADE IN ITALY E DELL’EMILLIA ROMAGNA 2022.

Con sesenta y un signos para darle designio a esto que tiene tanto duende.

¡A Mil Por Hora!