La última vez que El Niño emergió desde los trópicos, en 2023, prácticamente todos los rincones de la economía sintieron su impacto. Los fabricantes de barras de chocolate redujeron la cantidad de cacao en sus productos después de que la sequía en África Occidental provocara un aumento en los precios de los granos de cacao. Algunos vuelos transatlánticos se hicieron más largos y otros más cortos y turbulentos, alterando el consumo de combustible. Incluso los precios del jabón aumentaron, ya que ciertos ingredientes clave se volvieron más difíciles de conseguir.
Los efectos del fenómeno de El Niño que acaba de llegar amenazan con ser mucho peores. El Centro de Predicción Climática de Estados Unidos (CPC, por sus siglas en inglés) informó a principios de junio que las condiciones, que calcula surgieron en mayo, se intensificarían hasta llegar a su punto máximo durante el invierno, elevando el riesgo de olas de calor severas, fuertes precipitaciones y lluvias devastadoras en distintas regiones del mundo. Esto no es una buena noticia para gobiernos, empresas y hogares que ya enfrentan dificultades por una inflación más alta vinculada a la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
Incluso antes de que el CPC declarara oficialmente la llegada del fenómeno, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés) había señalado que prevé que los precios de los alimentos en el país aumenten hasta 4.7 por ciento en 2026 respecto al año anterior, el mayor incremento en tres años. Para los productos elaborados a partir de azúcar y cacao –los dos cultivos más expuestos a las sequías asociadas con El Niño, según Marex Group, una firma de servicios financieros con sede en Londres–, el USDA espera aumentos de hasta 8.4 por ciento. La última vez que el mundo enfrentó un fenómeno de El Niño de tal magnitud, entre 2015 y 2016, el resultado fue una pérdida de productividad superior a 7.8 billones de dólares, según un estudio de Dartmouth College, cuyos efectos económicos continuaron propagándose durante años.

El Niño, llamado así en referencia al Niño Jesús porque los pescadores peruanos del siglo XVII observaron por primera vez el fenómeno alrededor de la Navidad, es un patrón climático que ocurre cuando se registra un calentamiento sostenido de la temperatura superficial del océano Pacífico. Los vientos alisios se debilitan e incluso, en ocasiones, cambian de dirección, lo que a su vez incrementa aún más la temperatura del océano. Esto genera patrones de alta y baja presión atmosférica que se traducen en lluvias excesivas en algunas partes del mundo y sequías en otras. Se trata de un fenómeno normal y cíclico que durante mucho tiempo apareció y desapareció sin demasiada atención, salvo en los años más excepcionales.
El cambio climático, que carga la atmósfera con calor y humedad adicionales, puede amplificar su impacto. De hecho, los especialistas han tenido que modificar sus métodos para medir El Niño debido a que los océanos se han calentado significativamente. Bajo la nueva escala, este episodio parece encaminado a alcanzar una intensidad comparable, o incluso equivalente, a los grandes eventos registrados a principios de la década de 1980 y finales de la década de 1990, lo que lo convertiría en uno de los fenómenos más relevantes de la historia moderna. Algunos pronosticadores incluso ya lo describen como un “súper” El Niño. “La forma más sencilla de explicarlo es: esperen más volatilidad con un fenómeno de El Niño”, afirma Sarah Kapnick, directora global de asesoría climática de JPMorgan Chase & Co., y no solo en las regiones que tradicionalmente consideramos vulnerables.
No existen dos fenómenos de El Niño exactamente iguales, por lo que todavía no está claro qué consecuencias traerá este episodio. “Dado el tiempo de anticipación con el que contamos, seguimos siendo muy cautelosos porque las condiciones podrían desacelerarse o acelerarse durante los próximos meses”, señala Emma Sanig, meteoróloga y analista de investigación de Marex. Sin embargo, los ciclos recientes ofrecen algunas pistas.
Los periodos anteriores de El Niño han batido récords de temperatura, provocando olas de calor letales que dispararon la demanda de electricidad. Combinado con precipitaciones escasas, El Niño suele marchitar cultivos básicos en regiones del sudeste asiático, Australia y África Occidental. Las lluvias monzónicas en India llegaron tarde este año y se prevé que estén aproximadamente 10 por ciento por debajo de los niveles normales, lo que podría generar escasez de agua y representar un desafío para la producción de arroz, azúcar y semillas utilizadas en aceites de cocina y cosméticos. Los agricultores indios pueden recurrir a bombas de riego que consumen diésel, pero esa alternativa resulta más costosa, ya que la guerra con Irán continúa restringiendo el flujo de petróleo crudo. Esto aumenta la presión sobre los bancos centrales que evalúan el impacto de una inflación más elevada frente a la posibilidad de incrementar las tasas de interés.
Al mismo tiempo, el fenómeno suele provocar lluvias intensas en regiones productoras de café y cacao de América Latina justo cuando comienza la cosecha, dificultando el traslado de los cultivos hacia los mercados. La producción mundial de algodón también puede verse afectada, impulsando al alza los precios de ropa, pañales y equipo médico. Los tifones intensificados por El Niño en ciclos anteriores han destruido infraestructura eléctrica costera. También pueden cubrir con nubosidad instalaciones solares en Japón, obligando a las plantas generadoras a recurrir a combustibles más contaminantes.
No todo son malas noticias. El Niño puede beneficiar a ciertos cultivos, poner fin a sequías en el sur de California y reducir el número de huracanes en el Atlántico. El problema es que, a medida que el planeta se calienta, El Niño ha comenzado a desafiar algunas de estas expectativas. En 2023, por ejemplo, los pronosticadores esperaban que ayudara a desintegrar tormentas y generara una temporada de huracanes más tranquila; en cambio, el Atlántico registró uno de los años más activos de los que se tiene registro, algo poco común durante un episodio de El Niño. La causa fue una ola de calor oceánica que contribuyó a alimentar un mayor número de sistemas tropicales.
Hasta ahora, los pronósticos en Estados Unidos apuntan a una temporada de huracanes más tranquila de lo habitual en 2026, aunque eso ha ofrecido poco consuelo a las aseguradoras de propiedades. Los clientes de Aon Plc han estado reevaluando sus reservas financieras ante la posibilidad de que una tormenta tropical impacte a Estados Unidos, señala Liz Henderson, directora de asesoría sobre riesgo climático de la firma global de corretaje de reaseguros. Los precios más altos tendrían “efectos posteriores sobre el costo de reposición”, afirma. “Si ocurre un evento, podría resultar más costoso”.

Una de las razones por las que este fenómeno de El Niño podría ser particularmente perjudicial es que muchas empresas ya han estado modificando sus prácticas y recurriendo a proveedores alternativos para ciertos insumos debido a la guerra con Irán y al cierre del estrecho de Ormuz. Los agricultores de algunos mercados, por ejemplo, han reducido la aplicación de fertilizantes –o han cambiado a opciones más baratas pero potencialmente menos efectivas, como estiércol, cáscaras de almendra o productos a base de orina– en respuesta a la disminución de suministros industriales y al aumento de precios. Un menor uso de fertilizantes por sí solo podría reducir los rendimientos de la próxima cosecha, por lo que el impacto de El Niño solo agravaría el problema.
En los países donde los ingresos son más bajos y los alimentos representan una proporción mayor del gasto familiar, los riesgos son aún más elevados. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte sobre una creciente inseguridad alimentaria y escasez de agua en América Latina y el Caribe. Dinámicas similares podrían presentarse en el sur de África. “Las condiciones de El Niño echarán más leña al fuego de un mundo que ya se está calentando”, afirmó el secretario general de la ONU, António Guterres, en un comunicado emitido a principios de junio. “Los impactos serán más severos, llegarán más lejos y cruzarán fronteras con una velocidad devastadora”.
El último fenómeno de El Niño, que concluyó en 2024, golpeó a países que ya enfrentaban interrupciones en las cadenas de suministro y escasez de combustibles derivadas de la guerra de Rusia contra Ucrania. Cuando las condiciones de sequía provocaron que los niveles de agua del Canal de Panamá descendieran demasiado para permitir el paso seguro de algunas embarcaciones de carga, comenzaron a acumularse restricciones al tránsito marítimo. Esto alteró el flujo de mercancías en todo el mundo, incluido el movimiento crucial de gas natural licuado, el combustible que cada vez más mantiene encendidas las luces del planeta. En esta ocasión, la Autoridad del Canal de Panamá ha tomado medidas para preservar los niveles de agua desde diciembre de 2025, varios meses antes de la llegada prevista de El Niño. Actualmente se prepara para una temporada seca más extensa que comenzará semanas antes de lo habitual. “Tomamos decisiones anticipadas para operar como si ya estuviéramos bajo condiciones restrictivas de agua, porque efectivamente lo estamos”, afirma Ricaurte Vásquez Morales, administrador de la autoridad.
La naturaleza global e interconectada de las cadenas modernas de suministro incrementa aún más los riesgos. En mayo de este año, por ejemplo, Perú suspendió la pesca de anchoveta frente a sus costas debido al calentamiento de las aguas. Aunque la mayoría de las personas no cree comprar anchoveta peruana, muchas terminan haciéndolo indirectamente: la captura suele procesarse para producir aceite o harina de pescado, gran parte de los cuales se utilizan para alimentar peces de cultivo, aves de corral y cerdos. La suspensión de la pesca en Perú anticipa mayores costos para diversas proteínas animales y, con tantas categorías de alimentos ya en niveles récord o cercanos a ellos, podría tratarse de una tormenta más de las que muchos consumidores alrededor del mundo están en condiciones de soportar.
—Con la colaboración de Pratik Parija, Ruth Liao y Michael McDonald
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