Los reflectores de la economía mundial apuntan hoy al Estrecho de Ormuz y, en México, a la revisión del T-MEC y las conversaciones de la próxima semana.
Pero quizá el riesgo más subestimado para lo que resta de 2026 y, sobre todo, para 2027, no está en Washington ni en el Golfo Pérsico. Está en el Océano Pacífico. Se trata de El Niño.
¿Qué es El Niño? Es la fase cálida de un ciclo natural del clima que aparece cada cierto número de años, cuando las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan más de lo normal y alteran durante meses los patrones de lluvia y temperatura en buena parte del planeta.
El Centro de Predicción Climática de la NOAA, la agencia meteorológica de Estados Unidos, elevó la semana pasada a 81 por ciento la probabilidad de que el fenómeno de El Niño alcance la categoría de “muy fuerte” entre octubre y diciembre de este año, lo que lo colocaría entre los mayores desde que existen registros, en 1950.
Estima, además, en 97 por ciento la probabilidad de que persista hasta la primavera de 2027, con su máxima intensidad entre noviembre y enero.
La Organización Meteorológica Mundial ya lo compara con los episodios de 1982-83, 1997-98 y 2015-16, los más destructivos de la era moderna.
En cada uno de ellos, el mundo vivió sequías, inundaciones y repuntes de los precios internacionales de los alimentos.
El patrón histórico es conocido. En años de El Niño intenso, los inviernos en el norte del país suelen ser más lluviosos y fríos, mientras que los veranos traen menos lluvia al centro, sur y sureste, con olas de calor más severas, mayor riesgo de incendios forestales y presión sobre la disponibilidad de agua.
El Servicio Meteorológico Nacional ya advirtió que el fenómeno podría intensificarse en los próximos meses, con efectos en la agricultura y el abasto hídrico.
La memoria de 1997-98 es instructiva. Durante aquel episodio, el más intenso del que se tiene registro, la precipitación en México se redujo cerca de 50 por ciento y la producción agrícola cayó alrededor de 14 por ciento, según documenta la propia Secretaría de Agricultura.
Los datos oficiales de la entonces SAGAR consignan más de 2 millones de hectáreas siniestradas por la sequía, equivalentes a unos 3 millones de toneladas de granos, la mayoría maíz y frijol, que obligaron a disparar las importaciones.
La economía mexicana de hoy es más diversificada que la de entonces, pero su estrés hídrico es mucho mayor.
Los canales de su impacto económico son diversos.
El primero es la inflación. La general acaba de tocar 3.37 por ciento, su menor nivel desde diciembre de 2020. Pero el componente agropecuario es el más volátil del índice y el más sensible al clima: una sequía de verano en 2027 podría revertir en unos cuantos meses lo que costó años de política monetaria restrictiva.
Hay, además, una coincidencia que conviene vigilar: el USDA acaba de elevar en 512 por ciento su previsión de importaciones de azúcar mexicana para el ciclo 2026-2027, hasta 1.15 millones de toneladas, fruto de la negociación bilateral y no del clima.
La ironía es que ese logro exportador tendrá que cumplirse, precisamente, en un ciclo agrícola que El Niño amenaza con secar.
El segundo canal es el binomio agua-energía. Menos lluvia de verano implica presas más bajas, menor generación hidroeléctrica y, al mismo tiempo, mayor demanda eléctrica por el calor extremo, justo cuando el sistema opera con márgenes de reserva apretados y el cuello de botella eléctrico es ya un freno reconocido para la inversión.
Las grandes ciudades tampoco están exentas: el Valle de México apenas se recupera de la crisis del Cutzamala y un ciclo seco prolongado volvería a poner el abasto urbano en la agenda política.
El tercero es el campo de temporal y la ganadería, actividades de las que dependen regiones enteras del país y que concentrarían el costo social del fenómeno.
No todo es negativo. El Niño suele inhibir los huracanes del Atlántico —la Universidad Estatal de Colorado ya recortó su pronóstico de la temporada a nueve tormentas con nombre, muy por debajo del promedio—, lo que reduce riesgos para la infraestructura petrolera del Golfo y para las costas del Caribe mexicano en plena resaca turística del Mundial. Y las lluvias invernales podrían dar un respiro a las presas del norte.
La pregunta relevante es de política pública. El Paquete Económico 2027 se elaborará en las próximas semanas: ¿incluirá provisiones serias para contingencias climáticas en un país que desapareció el Fonden? ¿Están contratadas las coberturas de precios de granos básicos? ¿Tiene Conagua un plan de administración de presas para un escenario extremo que ya tiene 81 por ciento de probabilidad?
Que cada dependencia responda hoy vale más que cualquier declaración de emergencia en 2027.
La diferencia entre un choque climático y una crisis económica tiene un nombre: anticipación.
Esta vez el pronóstico está sobre la mesa con meses de ventaja y un nivel de precisión que ninguna generación anterior tuvo. Que en 2027 nadie diga que El Niño nos tomó por sorpresa.