Rosario y la Estancia de los López
Con el estómago satisfecho y energía renovada, me fui a conocer los alrededores: pasé por Barranca del Oro, un sitio que invita a tomar fotos en sus miradores naturales, con cerros de un verde profundo y nubes que parecen tocar la tierra. Luego, en Estancia de los López, caminé por una calle donde todas las casas son de adobe —las tonalidades terrosas y la vegetación al fondo se funden en un cuadro casi atemporal, como si el reloj se hubiera detenido.
Por la tarde, me hospedé en Casa del Cerro, un refugio con encanto, rodeado de naturaleza. Esa noche me dormí con el eco lejano del agua en mis pensamientos.
San Pedro Lagunillas — Las Guásimas, un manantial tibio que acaricia los sentidos
Al día siguiente desperté temprano en Amatlán y tomé un desayuno muy tradicional enfrente de la iglesia: guisos caseros, tortillas hechas a mano y agua fresca. Fue un momento de calma antes de retomar la ruta.
Mi siguiente destino fue San Pedro Lagunillas, para visitar el balneario natural de Las Guásimas. Este lugar es joya pura: el agua brota de un ojo de agua natural, la temperatura es agradable y su transparencia permite ver incluso los peces nadando a tus pies.
Me sorprendió que la entrada costó muy poco y que el ambiente es muy familiar, muy comunitario. Hay áreas para descansar, asadores, baños y una tiendita rústica donde compré algunos dulces locales para acompañar la experiencia.
Un tip: llegué temprano por la mañana para que el agua estuviera más caliente (pues al
llenarse temprano con el ojo de agua se calienta) y me bañé en una de las piedras, dejando que la corriente me envolviera. También es clave respetar el lugar: recoger toda tu basura, usar protector solar biodegradable y no alterar la tranquilidad natural.
Una parada deliciosa en Jala
Después del baño en Las Guásimas, seguí mi viaje a Jala. Ahí probé uno de los elotes gigantes más famosos de la región: tiernos, jugosos, con esa tradición local que se saborea en cada mordida. Fue una pausa perfecta antes de regresar a Tepic.
Conclusión
Al terminar este recorrido por los cuerpos de agua más íntimos y menos conocidos de Nayarit, comprendí algo que solo se descubre cuando uno viaja despacio: el agua tiene memoria, y en cada uno de estos lugares me regaló una forma distinta de recordar quién soy. Desde las pozas claras de Las Tinajas hasta el cañón imponente de El Manto, pasando por la tibieza que abraza en Las Guásimas, cada parada fue una invitación a reconectar con la naturaleza, con el silencio y conmigo mismo.
Este viaje no solo me mostró paisajes; me mostró ritmos. El ritmo del agua que corre desde hace décadas, el ritmo de los pueblos que viven tranquilos y el ritmo propio que a veces olvidamos en la prisa diaria. Viajar por estos rincones me enseñó que Nayarit guarda tesoros que no se anuncian con grandes espectaculares, sino con el murmullo del agua y la hospitalidad de su gente.
Me regresé a casa con la piel más fresca, la mente más ligera y el corazón lleno. Y mientras manejaba de vuelta a Tepic, entendí que estos lugares no son solo destinos: son recordatorios de que la tranquilidad existe y está más cerca de lo que imaginamos. Si buscas belleza auténtica, momentos que se sienten y memorias que perduran, los cuerpos de agua de Nayarit siempre estarán ahí, esperando contarte su historia.




