En los últimos años hemos asistido paulatinamente a la crisis de los regímenes democráticos, incluyendo a los más consolidados y al ascenso paulatino de gobiernos populistas autoritarios tanto en los modelos liberales como de izquierda.
Parece ser que el anuncio de Francis Fukuyama sobre el “fin de la Historia” y la emergencia de un mundo liberal y democrático no se está cumpliendo. Al contrario, cada vez más la democracia y el régimen multipartidista están en retroceso y el liberalismo económico, asociado a la cooperación multilateral internacional, amenazado.
En Europa, los partidos de la ultraderecha han ganado terreno en los parlamentos e inclusive, en algunos países ya están en el poder. Cuando no controlan directamente el ejecutivo (como en Hungría con Viktor Orbán que dirige el país desde el 2010 con su Fidesz-Unión Cívica Húngara), o son la principal fuerza opositora como el Frente Nacional en Francia, bautizado desde 2018 como Agrupación Nacional (Rassemblement National) o están en la coalición gubernamental, pero con una fuerte influencia ideológica como en los Países Bajos. En Italia, la victoria de Giorgia Meloni en septiembre pasado, muestra claramente como la extrema derecha se ha aprovechado de las crisis de los últimos años para avanzar de manera constante en el viejo continente. Los partidos de extrema derecha y nacionalistas, inclusive neofascistas, han crecido en 16 de los 26 países de la Unión Europa, además han logrado tener una influencia en todo el continente e inclusive en los países vecinos, tal es el caso de Israel donde los partidos religiosos están presionando para tener el control de las carteras claves y llevar a cabo sus sueños de “purificación” y limpieza étnica del Gran Israel, incluyendo a Cisjordania: el extremismo gana terreno.
Podemos también agregar a esta lista a los gobiernos que han modificado su constitución para reelegirse de manera permanente como Putin en Rusia o Erdogan en Turquía, pero dejando una cortina democrática para buscar legitimarse.
En los Estados Unidos la experiencia de Trump, con un discurso antidemocrático y racista, logró no solamente llegar a la Casa Blanca, sino también controlar al Congreso tanto en la cámara de representantes como en el Senado. Inclusive su derrota en el 2020 frente a Joe Biden, no fue muy convincente en la medida que logró 46.96% frente al 51.38% del candidato demócrata, pero en el Senado el Partido Republicano logró mantener 50 curules de los 100 de la Cámara Alta y 210 frente al a los 220 del Partido Demócrata en la Cámara Baja.
En América latina, la ola populista muy a menudo con tintes autoritarios está arrasando al subcontinente. Los más grandes países de la región como Brasil, Colombia, Argentina, México, Chile, Perú y Venezuela ya pasaron a la bandera populista. A esta larga lista se suman Nicaragua, El Salvador, Bolivia y Honduras. La intentona en Perú y el respaldo de México a Rafael Castillo es un precedente de la peligrosidad de los modelos populistas, que no solamente buscan llegar al poder sino perpetuarse inclusive utilizando métodos golpistas y con ello amenazando a la tan debilitada democracia.
El apoyo de Andrés Manuel López Obrador a Castillo no solamente representa una injerencia en los asuntos internos de Perú, sino también un error político por respaldar un movimiento que busca ir contra la legalidad del país. Maniobras erróneas de la presidencia mexicana como la actual, no son excepciones, sino que, de manera reiterada, el ejecutivo ha apoyado causas antidemocráticas como su respaldo a Nicaragua y a Venezuela durante la Cumbre de las Américas de Los Ángeles en junio pasado, cuando es más que evidente que los dos regímenes mencionados no cumplen con ningún criterio democrático.
Hablar de democracia no es solamente un tema retórico. Se debe ponerlo en práctica tanto internamente como al exterior y tener una política internacional coherente con los ideales democráticos tan anhelados. Los crecientes gobiernos de orientación neofascista por un lado y los populistas por otro tienen en jaque a los ideales democráticos.
El autor es Doctor en Ciencia Política, especialista en política internacional y asuntos regionales. Profesor investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.




