Millonarios

‘Siento que me la robé': Cómo una pintura de 200 mil dólares se vendió en 15 millones

Bill Perkins, un hombre de Wall Street, protagonizó una subasta ‘de película’ en Christie’s.

Bill Perkins, un administrador de fondos de cobertura con sede en Houston, entró a Christie’s el jueves 12 de mayo por la noche con la intención de gastar 2 millones de dólares. Una hora más tarde, salió después de haber gastado 15 millones 275 mil dólares.

“Los planes salieron mal, por decirlo así”, relató al día siguiente. “Me sorprendió, pero sabía que era una posibilidad”.

Perkins había ido a Christie’s con el propósito expreso de comprar The Sugar Shack, una pintura de 1976 de Ernie Barnes, jugador de futbol americano convertido en artista, cuyo trabajo ha sido reconocido tardíamente como una parte fundamental del arte estadounidense de la posguerra.

La pintura en cuestión representa un salón de baile poblado por alegres bailarines y músicos afroamericanos. Es un duplicado de la pintura que Barnes hizo para el álbum de estudio de Marvin Gaye I Want You y es la imagen que aparece en Good Times, la comedia de situación de la década de los setenta.

“En mi opinión, no hay nada más estadounidense que esa obra de arte”, aseguró Perkins.

Había codiciado la obra durante años, llegando incluso a intentar comprar la obra hermana de la pintura del actor Eddie Murphy.

“De hecho, busqué al asistente de Eddie Murphy e intenté comprar la portada del álbum y solo ‘escuché grillos’”, contó Perkins. “Dijeron ‘¿quién es este loco?’ y ni siquiera me dieron la dignidad de un ‘no’”.


Entonces, cuando vio que este trabajo iba a ser subastado “se me llenaron los ojos de lágrimas solo de pensarlo”.

En la sala de la subasta

Perkins creo el fondo Skylar Capital Management y es un emprendedor en serie, autor del libro Die With Zero y autodenominado jugador de póquer “ávido” que ha ganado millones de dólares en varios torneos.

Ya había reunido una importante colección de arte antes de encontrar la obra: aseguró que tiene cuatro obras de Barnes, cinco piezas de John Biggers, junto con arte de Norman Lewis, Charles White y otros, pero hasta el jueves por la noche, no había estado en el piso de una sala de subastas.

“He estado en eventos de caridad donde subastan una obra de arte, pero nunca he estado en una subasta de arte adecuada, en vivo, en la sala”, comentó.

Quería tanto la pintura de Barnes que decidió que tenía que ir en persona. “Estaba hiperparanoico”, recordó. “¿Qué pasa si mi teléfono muere, qué pasa si mi internet se cae? Tenía visiones horribles en mi cabeza de cosas que podrían salir mal, así que pensé: ‘Necesito estar en la habitación donde sucede para que nada salga mal’”.

El trabajo tenía una estimación de preventa de entre 150 mil a 200 mil dólares, que Perkins sabía que era artificialmente baja. El récord de subasta anterior para Barnes se estableció en Christie’s el año pasado, cuando su pintura Ballroom Soul que se vendió por 550 mil dólares sobre una estimación de 120 mil dólares.

“Iba a estar extasiado si [el precio final] hubiera sido inferior a un millón de dólares y pensé que razonablemente podría venderse entre 1.5 millones y 2 millones de dólares”, señaló.

Tan pronto como salió el lote y el subastador Adrien Meyer anunció, desde el podio, que había 22 personas pujando por teléfono por la pintura, Perkins supo que las cosas no saldrían según lo planeado.

“Yo estaba como ‘¿de dónde vienen todas estas personas? Así que decidí salir salir del problema, subir el precio lo más que se pudiera y terminar con esto”.

¿Quién da más?

Y así comenzó una de las guerras de ofertas más dramáticas de los últimos tiempos.

Al principio, los especialistas de la casa de subastas en los bancos telefónicos que llamaban al piso de subastas se gritaban unos a otros con ofertas. El precio se disparó a 950 mil dólares, luego a 1.8 millones y de repente a 2 millones.

Sin embargo, cuando la oferta alcanzó los 2.6 millones de dólares, la sala se había calmado, con la acción principal entre Perkins, sentado en la parte de atrás con su prometida, y un hombre unos asientos más allá que parecía estar hablando por teléfono con un cliente.

“Pensamos que teníamos que ver nuestras ‘caras de póquer’, pero eso al final no fue posible”.

Lanzando ofertas que aumentaron el precio en 100 mil, 200 mil o incluso 500 mil dólares en un punto, los dos hombres iban y venían con cifras, mientras toda la sala de subastas observaba fascinada en silencio.

Cuando el precio tocó casi los 5 millones de dólares, “me dirigí a mi prometida y le pregunté qué debía hacer. Sabiamente, ella dijo ‘nene, tienes que tomar esta decisión tú mismo’. En ese momento miré alrededor de la habitación y todos me miraban, y yo estaba como, ‘oh Dios, esto es una escena’”.

Y la subasta siguió. Llegaron a los 8 millones, luego a los 9 millones de dólares. “El tipo se volvió hacia mí en un momento y me dijo ‘no voy a parar’”, recordó Perkins. “Entonces dije ‘entonces te haré pagar’”.

De repente, la oferta estaba en 10 millones, luego en 10.5 millones, luego en 11 millones. Perkins trató de cerrar la subasta ofreciendo 12 millones de dólares, pero su rival respondió con 12.5 millones de dólares. Con cada oferta, se escuchaban jadeos audibles en el piso de ventas.

Finalmente, Perkins ofreció 13 millones de dólares y el hombre del teléfono se cansó, indicando que estaba fuera. La sala estalló en un aplauso prolongado y sostenido, y Perkins, que parecía un poco aturdido, se levantó y se fue. Con las tarifas de subasta conocidas como la prima del comprador, el precio total llegó a poco más de 15 millones de dólares.

“Pasaban tantas cosas por mi cabeza: estaba mi lado muy analítico, diciendo ‘¿entendí bien el valor?’, y el lado emocional de mí era como ‘¡joder, el cuadro es mío!’”

‘Siento que robé la pintura’

Perkins celebró su victoria en el restaurante Blue Ribbon con su prometida “y simplemente asimiló y se maravilló del viaje para llegar a ese punto.

“Y el hecho de lo absurda que es mi vida, que puedo poseer esta pintura. Es completamente absurdo”, dijo.

Perkins planea prestar la pintura a un museo durante unos meses “para permitir que otras personas se conecten con él. Significa mucho para Estados Unidos, y definitivamente significa mucho para la América negra”.

Declaró que no se arrepiente en absoluto.

“A pesar de lo impactante que es el precio, todavía siento que me ‘robé' la pintura. Esta es una pieza de 100, 200 millones de dólares. Solo va a tomar tiempo para que la gente se dé cuenta”, apuntó.