La chef francesa que hizo historia al convertirse en la primera mujer en conquistar las tres estrellas Michelin en Estados Unidos, encontró una de sus grandes lecciones gastronómicas frente a una mujer mexicana que cocinaba bajo los rayos del sol; eran un par de manos femeninas trabajando con dignidad, manteniendo una tradición viva y una sabiduría que no necesitaba de reconocimientos para demostrar su valor.
Aprendió que hay mujeres que sin tener ni una estrella en su haber pueden transmitir a toda una generación el amor por su historia y por su cultura.
Dominique Crenn conoce bien ambos mundos. Aquella cocinera le recordó a su abuela con sus movimientos y su manera de preparar los alimentos. La naturalidad con la que transmitía sus conocimientos despertó en Crenn una profunda emoción.
Ni siquiera necesitó comprender sus palabras en un idioma que no domina para entender lo que aquella mujer estaba contando a través de su cocina y es que la gastronomía, cuando es auténtica, tiene un lenguaje propio que no necesita traducción.
La leyenda fue homenajeada
Durante la tercera emisión de Apapaxoa, el festival Gastro Cultural de Xcaret, se llevó a cabo un homenaje a esta leyenda viviente por medio de una cena a cargo de ocho amazonas de la gastronomía. Las chefs Lula Martín del Campo, Sheyla Alvarado, Karime López, Gaby Ruiz, Mariana Valencia, Martha Ortiz, Fernanda Prado y Maribel Aldaco, se encargaron de lograr una sinfonía de colores y sabores en donde “Ellas cantan”, mientras que Mao Montiel, un dulce caballero, le puso el toque final con bombones de chocolate, como un homenaje a Dominique Crenn.
Su figura larga y estilizada, casi como una delicada pieza de porcelana de Lladró, transmite una aparente fragilidad que contrasta con una fortaleza interior inamovible.
Una mujer que parece tener los pies firmemente plantados en la tierra, mientras su creatividad le permite disfrutar de cosas bellas, de transformar pequeños instantes en grandes experiencias.
Convirtió la cocina en poesía
Nacida en Francia en 1965 y adoptada cuando era pequeña por Allain y Louise Crenn. Su padre era un político amante del arte y fue quién la acercó a los grandes restaurantes, mientras su madre le abrió las puertas a sabores de distintas culturas, así la cocina llegó a su vida acompañada de conversaciones, curiosidad y libertad.
A los 21 años decidió trasladarse a San Francisco sin haber estudiado en una escuela culinaria tradicional y tampoco estaba dispuesta a aceptar que las grandes cocinas fueran territorio exclusivo de los hombres.
Se formó a base de trabajo y de los viajes hasta llegar a dirigir una cocina integrada por mujeres en Indonesia y luego regresó a California para continuar construyendo su propio camino.
De nuevo en San Francisco abrió Atelier Crenn en 2011, un espacio en donde pudiera expresar su particular manera de entender la gastronomía basada en la filosofía que aprendió de su padre.
En 2018 alcanzó las tres estrellas Michelin, convirtiéndose en la primera mujer de Norteamérica en conseguirlas y no por ser simplemente un restaurante francés de alta cocina, también por ser una gastronomía emotiva.
En su Atelier Crenn los recuerdos, la naturaleza y las emociones se transforman en platos; sus menús recurren a la poesía para invitar al comensal a descubrir una historia, en lugar de limitarse a leer una enumeración de ingredientes.
Porque Dominique no parece conformarse con alimentar el cuerpo. También quiere despertar la imaginación para alimentar al alma.
Compromiso de vida
Para Dominique, el océano representa mucho más que un generoso proveedor de pescados y mariscos, es el origen de la vida y el punto de encuentro de un ecosistema del que todos formamos parte.
Para ella la sostenibilidad no se limita a seleccionar buenos ingredientes, también incluye la responsabilidad de obtenerlos sabiendo de donde provienen y qué consecuencias tienen para su entorno. Eso le ha valido tener también una Estrella Verde Michelin por su compromiso con la sostenibilidad.
Otro tema sensible para ella es la violencia en las cocinas, en donde se confunde la disciplina con el autoritarismo, la exigencia y el mal trato, como si para conseguir una salsa perfecta deba llevar como ingrediente principal la dignidad del cocinero.
La filosofía de Dominique predica que para construir un espacio de trabajo con responsabilidad compartida se requiere que las personas trabajen con ella y no simplemente para ella, su compromiso con este dogma es tan coherente que ha tenido que pedirle a algún comensal prepotente que abandone su restaurante por haberle faltado al respeto a alguno de sus empleados.
Esa fortaleza se la da saber que ella también es una mujer vulnerable, que en un momento de su vida el cáncer le jugó una mala pasada en la que sintió miedo al conocer la gravedad de esa enfermedad y cuestionó esa exigencia social en la que las mujeres debemos mantenernos fuertes, productivas y sonrientes incluso cuando la vida parece desmoronarse.
No relata este hecho desde la imagen de una heroína invencible, sino desde la experiencia de una mujer que tuvo que enfrentarse a una realidad difícil y aprender a contar su historia de otra manera, defendiendo el derecho a estar enferma, reconocer la vulnerabilidad y pedir ayuda.
Quizá por eso su presencia me resulta tan interesante, pues detrás de aquella figura estilizada existe una mujer que no hace alarde de su poder, porque lo conoce y lo ejerce en favor de otras dentro de la gastronomía, no para que aumenten su esfuerzo competitivo, sino para cambiar la conversación y se abran más oportunidades, inversión y reconocimiento para ocupar espacios de liderazgo.
No se trata de quitarles el lugar a los hombres, sino de construir un mundo donde el talento no dependa del género de quien sostiene el cuchillo.
Bailarina y soñadora
Su creatividad no termina en los fogones, también escribe, baila y ha sido consultora gastronómica en la película The Menu, una sátira sobre los excesos de la alta cocina y el culto a la figura del chef, bastante mala, por cierto.
Aunque no es bailarina profesional, la danza ocupa también un lugar en su manera de expresarse, ella se describe como una bailarina soñadora, dos palabras que ayudan a comprender esa relación tan personal que establece entre el cuerpo, el movimiento y la creatividad.
Durante su visita a nuestro país ella calificó a México como una reina que baila rodeada de música, comida, risas y amor. Ve a personas que hacen posible cocinar lejos de los reflectores y que cuentan historias ligadas a sus raíces que verdaderamente importan.
En una época en la que parece posible pedirle a una máquina que nos diseñe un restaurante, nos escriba el menú y hasta nos sugiera cómo emocionarnos frente a un plato, ella reflexiona sobre temas como el de que la tecnología puede ayudarnos, pero no puede vivir nuestras experiencias por nosotros.
Después de escuchar a Dominique comprendí que su historia no se explica solamente por las tres estrellas Michelin. Su verdadera singularidad está en la manera en que ha conseguido entrelazar la gastronomía con la literatura, la naturaleza, la maternidad y su compromiso con las personas.
Y volví a pensar en aquella mujer mexicana que cocinaba bajo los rayos del sol.
Dos mujeres aparentemente distantes, unidas por un mismo lenguaje: el de las manos que alimentan, los conocimientos que se transmiten y las historias que merecen permanecer vivas.
Una ha conquistado el reconocimiento del mundo gastronómico; la otra le recordó por qué vale la pena cocinar.
Al final, quizá la lección más hermosa de Dominique Crenn sea precisamente esa: tener los pies suficientemente firmes sobre la tierra para que la creatividad pueda alcanzar las estrellas, sin olvidar jamás a quienes nos enseñaron a mirar hacia el cielo.




