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¿Amas al Cruz Azul? Debes leer este emocionante texto

La maquina celeste dio un paso importante hacia el título de la Liga MX al derrotar 1-0 al Santos Laguna en la final de ida del Guardianes 2021.

Otra vez una final, otra vez el corazón en la boca y otra vez la playera azul puesta casi por costumbre. Irle al Cruz Azul es acostumbrarte a una única pregunta para la que en realidad no hay una respuesta concreta: ¿Por qué le vas al Cruz Azul?

Cuando recibo esta pregunta me pongo a pensar cómo explicarle a alguien lo que es amar a ciegas. Recibiendo poco o nada a cambio. Me gusta pensar que es mi equipo porque lo escogí, que no es por mera costumbre, que es porque mi papá me llevó al Estadio Azul con apenas cinco años y el grito de “Azul, Azul” me erizó la piel. Me gusta pensar que es mi equipo porque soy alguien que es capaz de amar incondicionalmente.

Si hago memoria puedo recordar la primera final perdida que vi, aunque a medias. Solo recuerdo a César Villaluz en el suelo y una desesperación creciente en el pecho.


Recuerdo las burlas en la escuela los días posteriores, burlas que parecían atacar una parte de mí, de lo que soy.

Poco después de aquella final, volví al Estadio Azul, a comer los tacos del Villamelón y a reírme de papá cuando se tomaba la Coca-Cola de un largo trago. De nuevo me erizó la piel el grito de “Azul, Azul” y regresó la fe, ya no había lágrimas, solo Gerardo Torrado controlando el mediocampo y aquél que después se convertiría en el héroe: Christian “el Chaco” Giménez.

El Estadio Azul representó un lugar seguro en los años de mi formación; ahí se me permitía mentar madres, gritar a todo pulmón, tomarme más de un refresco, comer papas fritas hasta hartarme. Volví a creer a pesar de todo, en que llegaríamos a una final y en que la ganaríamos.

Después ocurrió que volvimos a perder una final. Ni “el Chaco”, ni “Tito” Villa ni nadie pudo evitar que traer la playera puesta doliera como solo duele aquello que lacera el alma. Ese día fue la primera vez que cuestioné a Dios, en mi mente de niño alguien tan bueno no podía permitir que tantos niños lloraran en el Estadio. Le pregunté a papá y me respondió: “Dios está ocupado en cosas más importantes”. Ojalá.


Volvieron las burlas en la escuela, volvió la pinche cancioncita que decía: “Pasto verde, cielo azul, que se pudra el Cruz Azul”. La primera suspensión escolar de mi vida derivó de golpear a un muchacho por cantar eso. Por suerte ahora somos amigos.

Los años siguientes no pasó mucho, salvo dejar de ver los partidos en los últimos minutos y tener colgado un póster inmenso de “el Chaco” en mi cuarto. Aquel póster fue mi primer adorno de niño grande. Las primeras sábanas que escogí fueron, por supuesto, con un escudo de Cruz Azul, de la Máquina, la Maquinola, la blue machine.

Fui creciendo y seguí yendo al Estadio Azul religiosamente al menos una vez al mes, cuando no era con mi papá, era con Pablo Hiriart, el hombre culpable de que le grite a la pantalla cuando juega Cruz Azul, de que tenga playeras de casi todas las temporadas (porque muchas fueron regalos de cumpleaños) y de que la sangre me suba a la cabeza cuando veo un mal pase.

Pablo vive a Cruz Azul como pocas personas, lo ama y lo espera como el viajero que ansía la vuelta casa, aunque no esté seguro de qué hará cuando lo haga. Con él vi la más dolorosa de todas las finales, la famosa del “cabezazo de Moisés”, donde se confirmó que tenía que haber una maldición, que no era posible que todo esto nos sucediera a nosotros, que a pesar de tanto dolor seguíamos aquí.

Aquel día, encabronado, fue la primera vez que me dio vergüenza traer la playera, que me la quité inmediatamente después de salir del estadio y también la primera vez que me partieron el corazón.

A pesar de todo, la temporada siguiente volvieron los tacos, volvieron las trompetas y como siempre, la piel erizada. Pasaron muchas cosas, aquella remontada al 3-0 al América, llegó Pavone, que me hizo soñar, se fue “el Chaco”, celebrábamos un empate con Atlas, agradecimos no perder más de 2-0 contra Puebla, llegó Marc Crosas, se fue Marc Crosas y un día llegó un señor calvo para hacernos sonreír una vez más.

Se marchó el escepticismo, renacía el club y perdimos, pero sabiendo que era el principio de volver a la cima. Dejamos de jugar en Estadio Azul porque el dinero siempre ha mandado en la institución, nos volvieron a romper el corazón y las burlas, aunque eso ya da igual.

La primera vez que me fui de mi casa, fue aquel día que salí por última vez de la puerta 14 del Estadio Azul. Decían que iban a demolerlo, que lo harían estacionamiento, un edificio más, un centro comercial más y nada de esto hubiera dolido tanto como duele ver que no lo demolieron, que no pasó nada, solamente me arrebataron un hogar.

Regresamos al Azteca, nada era igual, no estaba el Villamelón, no podía regresar a la casa eufórico en Metrobús acompañado siempre del grito “Azul, Azul”. Aún así seguí yendo, aunque menos. Llegaron Marcone, Méndez, Caraglio y Caixinha, nos llevaron a otra final, otra que perdimos. Sin embargo, ellos, nos enseñaron que “La Máquina” estaba de vuelta.

Esa final fue la primera que vi con mis amigos, lejos de papá y de Pablo. A través del televisor, Edson Álvarez nos metió un gol después de un terrible error de Corona, con quien tengo una relación de amor-odio. Lloré y lloré, un amigo que quiero mucho lloró conmigo y otro amigo más (que ahora le va al Cruz Azul) nos llamó ‘ridículos’; yo solo podía pensar: ¿qué saben ellos de amar? No me quité la playera, después de muchas cervezas dormí creyendo que sabía amar más que nadie.

Caixinha se fue y llegó Siboldi, en esa época una de las personas que más quiero se convirtió al azul celeste después de una apuesta para el último Cruz Azul-América, antes de que suspendieran la liga por pandemia. Le dije: “Si ganan, le vas al Azul, si pierden o empatan jamás te vuelvo a hablar del Azul”. Cabecita anotó un gol y Corona atajó un penal de último minuto. Le regalé una playera del Azul, fuimos por tacos y pasé el que, quizás, es el día más feliz de mi vida.

Ganamos otra copa molera, empezamos el regreso al juego como una verdadera máquina, llegamos a semifinales, nos volvieron a dejar en ridículo y fue la última vez que vi a mi papá con una playera de Cruz Azul puesta.

Ahora, convertí al amigo que me decía ‘ridículo’ por llorar al Cruz Azul en un celeste más. Ahora, amo más que nunca al único amor constante que hay en mi vida, porque me enseñó que cuando se ama plenamente no se hace por los grandes triunfos, se hace por los pequeños días de gloria, que han sido muchos. En esta final puede venir lo que amo, pero desconozco. Y me asusta, me asusta tocar el cielo. Porque para irle a Cruz Azul hay que tener cojones.

“Este texto, originalmente llamado ‘Otra vez’ fue publicado originalmente en ‘Purgante’ y se reproduce íntegro con la autorización del autor”