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¿El cártel del aguacate mató a Homero Gómez, el ‘rey’ de las mariposas?

Homero Gómez González se interpuso entre una especie amenazada y las industrias del aguacate y la madera. A año y medio de su muerte, esta sigue sin esclarecerse.

Al mediodía del 13 de enero de 2020, Homero Gómez González, uno de los activistas ambientales más respetados de México, asistió a la que sería su última reunión. Durante años, Gómez había sido el principal defensor de la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, una colección de santuarios en Michoacán que recibe nubes de mariposas de colores naranja y negro que migran al sur en invierno. El fenómeno migratorio, reconocido por Naciones Unidas como patrimonio cultural digno de protección, atrae a millones de monarcas de lugares como Canadá y Alaska y, en tiempos prepandémicos, a unos 300 mil turistas.

Ese día, en plena temporada de mariposas, Gómez visitaba el santuario de la monarca en el pueblo El Rosario. Los asistentes no recuerdan nada particular de esa reunión, se habló de las finanzas, los visitantes y la plantación. Si hubo algo anormal, dicen, fue que el teléfono de Gómez no dejó de sonar.

Sabían que el activista de la mariposa recibía muchas llamadas de agencias de turismo, políticos y periodistas. Pero este bombardeo parecía insistente. Finalmente, Gómez respondió.

Al parecer, la persona al otro lado de la línea quería que Gómez asistiera al último día de la feria en el pueblo de El Soldado, según personas que escucharon la llamada, entre ellas Miguel Ángel Cruz, el actual comisariado de El Rosario. La persona que llamó le dijo a Gómez que la feria era un evento importante, y citó que varios políticos posiblemente asistirían. “Sí, sí, claro que voy”, Cruz y otros lo escucharon responder.

Cuando terminó la reunión, Gómez condujo los 40 minutos hasta el recinto ferial y llegó alrededor de las 5 p.m., según su familia. Estacionó su Seat Ibiza rojo junto a otros autos en un campo cerca de la pista de carreras. El día estaba nublado pero templado. El terreno estaba lleno de carpas blancas y hordas de personas detrás de las barreras metálicas junto a la pista. Entre sombreros Stetson, mezclilla, hebillas gruesas y botas picudas, Gómez vestía una guayabera blanca, pantalón de traje gris y zapatos marrones. Tenía 50 años, fornido y de cabeza cuadrada, con un grueso bigote.

Gómez era famoso en estos círculos. Los lugareños lo saludaban dondequiera que fuera, dicen los asistentes. Entre ellos, la política Elizabeth Guzmán Vilchis, quien ofrecía un almuerzo para funcionarios. A medida que se acercaba la noche, la música y la multitud aumentaron. “Bailamos, bebimos, bromeamos y reímos”, dice Guzmán. “No hubo tensión entre nadie”. Lo vio por última vez a las 8 p.m., cuando se llevó a sus hijos a casa. Otros dicen que lo vieron en una de las carpas aproximadamente una hora después. Tras ello, nunca más se lo vio con vida.

La noticia de la desaparición de Gómez se difundió rápidamente. Aparecieron artículos en la prensa nacional, seguidos de notas de la BBC, NPR y el Washington Post. Los expertos especularon que lo ocurrido estaba relacionado con su activismo.

Rebeca Valencia, la esposa de Gómez, siempre se había sentido incómoda con el trabajo de su esposo. Ahora se sentía paralizada por el miedo. En el pueblo de Rincón de San Luis, a varios kilómetros del santuario, miraba fijamente su teléfono. No hubo mensajes, ni señales de vida. Valencia, con los ojos llenos de lágrimas, tenía buenas razones para preocuparse. El estado de Michoacán se distingue por sus rutas de narcotráfico, los bosques explotables de pinos y abetos y el comercio de aguacate de miles de millones de dólares. Y durante los últimos años, el estado había estado atrapado en una guerra brutal. Por un lado estaba el Cártel Jalisco Nueva Generación, la organización criminal de más rápido crecimiento en México. Por el otro, una caterva de grupos locales que defienden su territorio natal bajo la bandera de Cárteles Unidos. El conflicto se había vuelto tan violento que muchos políticos y policías dejaron de combatirlos y se unieron a los cárteles. Era difícil separar a la mafia del estado.

Para las personas que intentaron desmantelar esta colusión, siempre hubo consecuencias. “Había mucha fricción entre él y la gente poderosa”, dice Amado, hermano de Gómez.

Valencia sabía que su esposo tenía que reunirse con peces gordos. A menudo él le había dicho que eran sus amigos, pero ella era escéptica. “Pensé que eran el tipo de amigos que podían apuñalarlo por la espalda en cualquier momento”, dice.

Empero, cuando un ser querido desaparece, generalmente hay que acudir a las autoridades. A tres horas del santuario, en Morelia, la fiscalía del estado de Michoacán se hizo cargo del caso. El fiscal general del estado asignó a la policía, la guardia nacional e incluso a especialistas antisecuestro y unidades caninas a la búsqueda de Gómez. En cuestión de días, 53 miembros de la policía local fueron interrogados. Mientras tanto, grupos de búsqueda formados con lugareños y voluntarios, unas mil personas en total, recorrieron los bosques y cerros circundantes.

Su hijo mayor, Homero, encabezó una de estas brigadas de 50 hombres. Comenzaba a buscar desde las 7 a.m. hasta las 5 o 6 de la tarde. El trabajo era agotador y desesperado.

Homero hijo había crecido en estos bosques. Había pasado muchas mañanas filmando y subiendo videos de su padre para promover la reserva de las mariposas. Ahora, las criaturas parecían hablar solo de la ausencia de su padre.

Cada otoño desde mediados de los años setenta, Homero Gómez González, el mayor de nueve hermanos, había visto a millones de monarcas migrar a los santuarios cerca de su casa. Vio cómo los lepidópteros cubrían miles de abetos como racimos de hojas. Sus abuelos le habían dicho que las monarcas eran los espíritus de sus antepasados, que regresaban todos los años para descansar el Día de Muertos. Gómez respetó estos mitos.

Tras estudiar agronomía en la Universidad Autónoma de Chapingo, entró al negocio maderero de su familia y comenzó a talar oyameles de cerros cercanos. Según relata, en ese entonces vio a las mariposas como un sacrificio necesario. Cuando el gobierno anunció la creación de la reserva natural, se opuso.

Los sentimientos de Gómez comenzaron a cambiar a raíz de los decretos de 1980, 1986 y 2000, que formaron oficialmente la reserva de la biósfera bajo protección federal. Las leyes prohibían a las comunidades locales realizar actividades de tala, caza o recolección de plantas. Como muchos miembros de los ejidos de la zona, Gómez quería una compensación si se le privaba de su sustento. “Temíamos que si dejábamos de talar, todos caeríamos en la pobreza”, le dijo al Washington Post.

La creación del área natural protegida los privaría de sus antiguos trabajos, pero también les trajo nuevas oportunidades. En los años siguientes, científicos de Estados Unidos y Europa visitaron el santuario. Enseñaron a los residentes que en una migración completa, nacían y morían cuatro generaciones de la monarca. Las mariposas, dijeron, eligieron sus hábitats con cuidado, buscando refugio en los abetos oyamel que pueblan las frías alturas de 3 mil metros de las montañas locales.

Polinizaban muchos tipos de flores silvestres, formaban un eslabón importante en la cadena alimenticia y aprovechaban el efecto paraguas del dosel del bosque, apiñándose en perchas en las ramas de los árboles. A menudo, la generación más nueva se posaba en los mismos árboles, incluso en las mismas ramas, que las mariposas de la migración anterior. Si los lugareños salvaguardaban los oyameles del área, podrían proteger uno de los eventos más fascinantes de la naturaleza y atraer turistas.

A medida que estas ideas penetraron en la mente de Gómez, percibió las posibilidades. ¿Por qué el turismo de la monarca no podía ser una idea económica más sostenible? Las mariposas embellecían la tierra y reclamaban la atención internacional, mientras que la tala solo dejaba un feo paisaje. Durante los años siguientes, Gómez y otras personas de ideas afines trataron de persuadir al gobierno para que aumentara la asignación que recibían los agricultores locales por salvar árboles. También intentaron persuadir a los agricultores locales para que reforestaran en tierras que habían sido taladas para cultivos.

Alcanzar el equilibrio correcto fue complicado. El Rosario, el santuario donde trabajaba Gómez, funciona como un ejido, un terreno comunal sobre el cual los miembros de la comunidad tienen derechos pero cuya propiedad es del Estado. En Rosario había unos 280 ejidatarios y unas 4 mil personas más sin derechos a la tierra. Solo a los ejidatarios, divididos en tres grupos, cada uno trabajando cada tres años, se les permitía participar en la industria del turismo de la mariposa. Cada uno percibía entre mil y dos mil dólares en la temporada de tres meses de la mariposa, una suma importante en un área donde el ingreso anual típico es de 3 mil 600 dólares. Los 4 mil habitantes restantes de El Rosario tendrían que rentarle a un ejidatario el derecho a operar en el santuario como guía o vendedor o buscar otro trabajo.

A pesar de los pocos beneficiarios, los incentivos parecían impactar positivamente en el bosque. La comunidad local no solo logró reforestar 150 hectáreas, sino que también, según Cruz, “ahora no tenemos tala ilegal en el santuario”. Otros residentes coincidieron en que había disminuido, aunque no a cero.

Gómez refirió a la prensa que su lucha para preservar los bosques había sido dura. Contó que su labor se veía amenazada por talamontes ilegales y la producción de aguacate infiltrada por el narco. “Probablemente Gómez perjudicaba los intereses de las personas que talaban ilegalmente en la zona”, dijo a la periodista Mayte Cardona, vocera de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Michoacán, poco después de su desaparición.

Dos docenas de activistas ambientales fueron asesinados en México el año previo a la desaparición de Gómez, según Amnistía Internacional. Y Michoacán es uno de los estados más violentos, con mil 309 asesinatos en los primeros 10 meses de 2020. Por el estado cruzan rutas del trasiego de drogas, y en los últimos años han sido habituales los choques entre cárteles a plena luz del día.

Una de las razones de la violencia son los aguacates. Desde 2001 hasta 2018, el consumo anual de aguacates en EU aumentó en 2.5 kilos por persona, hasta llegar a 3.5 kilos. De esos aguacates, el 87 por ciento provino de México, principalmente de Michoacán, cuyo clima la han convertido en la capital mundial del aguacate. La industria tiene un valor de 2 mil 400 millones de dólares al año, paga a los trabajadores hasta 12 veces el salario mínimo y ofrece altos márgenes de ganancia. El dinero atrae a criminales que buscan alternativas más seguras al narcotráfico.

La disputa por el negocio en México es más feroz que en cualquier otro lugar. Se dice que cuatro cárteles están peleando por los aguacates en Michoacán, incluido quizás el más violento, el Cártel Jalisco Nueva Generación. La violencia a veces parece medieval. En agosto de 2019, 19 personas fueron asesinadas en Uruapan, sus cuerpos fueron exhibidos colgados y mutilados en tres sitios diferentes de la ciudad.

Gran parte del comercio del aguacate, y la violencia, se produce en el centro del estado, a unos cientos de kilómetros de las mariposas invernales. A pesar de ello, el turismo cayó ya que muchos posibles visitantes decidieron no arriesgarse. Esto, a su vez, hizo que una gran cantidad de nuevas mini-plantaciones de aguacate fueran más importantes para los ingresos de la región.

Los días pasaron tras la desaparición de Gómez, y las búsquedas fueron estériles. Al mismo tiempo, las investigaciones policiales arrojaron poco más que incertidumbre. Luego se encontró el auto de Gómez estacionado en El Soldado, a unos cientos de metros de donde había asistido a las carreras de caballos la noche en que desapareció. Su tablet y teléfono celular fueron encontrados en posesión de un asistente de una regidora local.

La familia sabía que Gómez nunca iba a ningún lado sin su teléfono o tablet. De hecho, en muchas de las imágenes que publicaba en sus cuentas de Facebook y Twitter, la tablet y el celular siempre lo acompañaban. Entonces, ¿cómo habían terminado en manos del asistente de una política? Más concretamente, ¿el asistente personal de una regidora de Zitácuaro, una de las últimas personas que vio a Gómez y la persona que había insistido tanto en que asistiera a las carreras ese día?

Gómez no era monedita de oro, tenía reputación de ser franco y contundente en sus tratos políticos. Como cuando él y los agricultores locales irrumpieron en el edificio del congreso estatal en Morelia para exigir ayuda para el desarrollo. O en 2019, cuando encabezó una manifestación en Angangueo para exigir que las autoridades locales pagaran por usar el agua de los manantiales situados en las tierras comunitarias. Mucha gente dice que hubo tensiones entre Gómez y las autoridades locales. “Cuando el municipio no cumplió una promesa que le había hecho al ejido de El Rosario, Homero bajó con todos y peleó”, dice Guzmán.

“Mi papá vivió sin miedo”, apunta Homero hijo. “Vigilaba y atrapaba a talamontes. Si no escuchaban, los amenazaba con derribarlos al suelo”. Gómez era cinturón negro en taekwondo.

Incluso algunos investigadores y académicos locales tuvieron problemas con Gómez. Los mejores intereses de los promotores del turismo, argumentan, no siempre estaban alineados con los de las mariposas. Al contrario: demasiado tráfico peatonal podría resultar perjudicial para la reserva y sus habitantes.

Sin embargo, el santuario de la monarca parecía haber ayudado a aislar a la comunidad de lo peor de la violencia de la región, y la desaparición del activista puso en duda ese equilibrio. Se hizo mucho más difícil saber en quién confiar. La mayoría de los residentes se mostraron renuentes a hablar conmigo. Un familiar de Gómez prometió llevarme a su tumba, pero al día siguiente faltó a la cita. El administrador de un santuario cercano dentro de la reserva acordó reunirse conmigo, luego no respondió mis llamadas. Cuando los presionaba para obtener respuestas, la mayoría de los lugareños fingían ignorancia.

Aquellos que sí hablaron dijeron que donde antes había tranquilidad y algo de prosperidad, ahora solo hay incertidumbre. Aunque la tala clandestina parecía haber disminuido, la comunidad temía que, en ausencia de Gómez, se reanudara.

También temían más violencia como resultado de la fiebre del aguacate, cuya popularidad en el extranjero representaba una amenaza para la reserva. Sin Gómez, eran más vulnerables que nunca a la corrupción y la explotación. Rezaron junto con Homero hijo y su madre, Valencia, para que las autoridades lo encontraran vivo.

Pero el 29 de enero de 2020, Gómez apareció muerto.

Un pastor encontró su cuerpo flotando en el fondo de un pozo de agua en la esquina de una parcela en El Soldado, a menos de 200 metros de donde lo habían visto por última vez. Seguía vestido con su guayabera blanca y pantalones grises. Los forenses estimarían más tarde que llevaba muerto dos semanas, el mismo tiempo que había estado desaparecido, y que la causa de la muerte fue asfixia y traumatismo craneoencefálico. También informaron que en su persona se habían encontrado 9 mil 90 pesos. Las circunstancias eran sospechosas, sí, pero las autoridades se mostraron reticentes a declararlo un homicidio. Aunque afirmaron que no podían descartar ninguna línea de investigación, parecían sugerir que su muerte fue un accidente.

Quizás para la familia esto hubiera sido más fácil de creer, es decir, que Gómez, borracho, hubiera tropezado y caído en el pozo de riego. Ciertamente, habría hecho que el futuro pareciera menos amenazador. Pero ese bordo ya había sido registrado antes. Cinco días después de la desaparición de su padre, Homero hijo encabezó una brigada que revisó precisamente esa zona. “Peinamos todo el lugar y algunos hombres incluso arrojaron piedras al pozo para ver si había algo allí”, dice. “No encontramos nada”.

Si alguien movió el cuerpo allí luego, ¿dónde había estado antes? El bordo donde lo encontraron estaba justo al lado de una casa y una brecha. ¿No habría alguien olido el cuerpo en descomposición? “Mi padre fue asesinado”, insiste Homero hijo.

Dos días después otro cadáver fue hallado en el santuario, era Raúl Hernández, un guía. Fue encontrado con hematomas en el cuerpo y una herida en la cabeza ocasionada por un “objeto cortante”, según un comunicado de la fiscalía. Valencia dice que los hombres no se conocían; ni la familia ni las autoridades podían asegurar algún vínculo. En esta ocasión, sin embargo, la policía declaró homicidio la muerte de Hernández.

¿Por qué las autoridades habían calificado de homicidio su muerte y la de Gómez no? Ambos cuerpos fueron encontrados en circunstancias sospechosas, con días de diferencia entre sí, y en una de las zonas más violentas del país. El gobierno estatal prometió una investigación exhaustiva, sin descartar ninguna hipótesis, y dijeron que atraparían a los responsables. Pero la tablet y el celular de Gómez encontrados en posesión de un asistente de la regidora no fueron mencionados más, y la fiscalía no respondió a las solicitudes de comentarios para este reportaje.

Hoy, el caso de Gómez está estancado. Valencia, que sabe muy bien dónde vive, se muestra escéptica. Michoacán es un lugar donde el crimen organizado y el estado conviven en cierta simbiosis. De las 32 entidades federativas de México, Michoacán está clasificada como la más corrupta según la percepción de sus propios habitantes, según una encuesta de 2019 de la consultora Mitofsky. La policía michoacana resuelve solo el 3 por ciento de los casos de homicidio en el estado. “Por un lado, puede haber gente poderosa frenando la investigación, y por otro, hay un problema de recursos y una incapacidad para investigar el caso adecuadamente”, dice Bernardo León Olea, excomisionado de seguridad de Morelia.

Sentada en su oscura sala mirando la foto de su esposo, Valencia dice que siente incertidumbre y miedo. Su hijo está estudiando fuera en Morelia y parece decidido a seguir los pasos de su padre. Eso la hace pensar: “¿Vendrán ahora por él?”

Homero hijo no parece compartir las preocupaciones de su madre, excepto por la pequeña posibilidad de que el caso se resuelva. Él concuerda, empero, en que El Rosario atraviesa un mal momento. Las mariposas monarca han disminuido en Norteamérica, pero especialmente cerca de su hogar. Solo en el último invierno, el cambio climático y el mayor uso de herbicidas redujeron el hábitat forestal de las mariposas en México en un 53 por ciento. Una empresa minera está tratando de aprovechar una laguna legal para abrir una mina cerca de la reserva, amenazando aún más a la población de mariposas.

La violencia también está aumentando en todo el estado, y algunos productores de aguacate se están armando contra los cárteles. Y, además, está la pandemia. Para limitar la propagación del COVID-19, el santuario de mariposas estuvo cerrado durante gran parte de la temporada alta de migración este año. Todo ello durante la primera temporada sin Gómez.

“Lo extrañamos mucho”, dice su hijo. “Se siente como si todo estuviera fuera de control, y él era la única persona que podía controlarlo”.

Y sin avances en las investigaciones, Homero dice que es como si su padre hubiera sido olvidado: “Nunca encontraremos a su asesino”.

Este texto es parte del especial de la revista Bloomberg Businessweek México ‘¿El cártel del aguacate mató al rey de las mariposas?’. Consulta aquí la edición fast de este número.