El multimillonario inversionista Stanley Druckenmiller compró bitcoines tras ver cómo subían de precio y sentir el miedo a quedar excluido o perderse algo, también conocido como FOMO (acrónimo de fear of missing out). “Me sentía como un idiota”, dijo en mayo al medio digital The Hustle. Luego de que los precios se dispararan, recogió parte de las ganancias que le dejó su apuesta de 20 millones de dólares, pero describió la avalancha de administradores de dinero en la criptomoneda como un elefante tratando de entrar por el ojo de una cerradura.
Druckenmiller ha sentido el miedo FOMO antes. En 1999, invirtió seis mil millones de dólares en acciones tecnológicas solo para perder tres mil millones de dólares en seis semanas.
“Los impulsos me perdían, me confundían... no podía evitarlo”, dijo años después. Esta vez, parece más una figura de referencia para una clase más amplia de inversionistas que compran por pánico en economías desarrolladas después de un duro año de pandemia. Ahora todos somos Stanley Druckenmiller.
No se trata solo de las criptomonedas: vemos esa ansiedad en las acciones adoradas en Reddit y Twitter como AMC Entertainment Holdings, GameStop y Tesla, en las casas y condominios que se venden apenas salen al mercado.
La presión por no quedarse atrás de conocidos, amigos y gurús bursátiles de las redes sociales que parecen estar a punto de volverse enormemente ricos, puede resultar insoportable.
Es muy humano sentirla y, como muestra el ejemplo de Druckenmiller, no es algo que solo sientan los pequeños inversionistas y los principiantes. También les pasa a los experimentados: las empresas de telecomunicaciones invirtieron como una estridente manada de elefantes en la década de 1990 y, como resultado, muchas de ellas quebraron al unísono; a principios de la década de 2000, pocos banqueros estaban dispuestos a meter el freno en las inversiones hipotecarias cada vez más arriesgadas.
Hoy, una nueva generación de traders conoce las caídas del mercado solo como oportunidades efímeras para comprar a precio bajo, lo que ha llevado a un aumento récord en la apertura de cuentas de corretaje. Asimismo, las bajas tasas de interés han impulsado grandes ganancias en la reventa de bienes raíces, unos 66 mil dólares en promedio por vivienda, según la firma de investigación Attom Data Solutions.
Las personas con ahorros acumulados después de un año de confinamiento tienen más medios que nunca para apostar en la ruleta financiera, como aplicaciones de trading sin comisiones ni mínimos y fondos cotizados de los que puedes entrar y salir tan fácilmente como si fueran acciones, incluidos algunos que apelan explícitamente a la multitud que persigue tendencias con tickers como BUZZ y, claro, FOMO.
Las criptomonedas también tienen fáciles barreras de entrada y negociación, lo que pudo haberlas ayudado a subir. Esos gráficos de precios que parecen una montaña rusa pueden consultarse de día, de noche y los fines de semana. Gracias a Twitter, WhatsApp y YouTube, probablemente estés a menos grados de separación de alguien que tiene una fortuna en “meme coins” (llámese dogecoin o safemoon) que de Kevin Bacon.
Lo que hace que la actual ola de miedo FOMO sea un fenómeno económico de gran amplitud es que sus efectos dominó están muy extendidos. Una cosa es observar que este frenesí, esta manía del mercado causa estragos en el valor real de las cadenas de cines y las tiendas de videojuegos, y otra es ver cómo el valor de la pericia y la experiencia financiera se derrite en esta fiebre. Los asesores financieros sienten la presión de hablar sobre criptomonedas con sus clientes y les “aterroriza” parecer tontos, como uno de ellos le confesó a CNBC. Los banqueros que antes entraban a las salas de juntas y les decían a los directivos cómo manejar sus empresas ahora lidian con ejecutivos cuyas empresas debutan en bolsa con valoraciones de miles de millones de dólares sin reportar ingresos. David Chermont, CEO de la consultora de mercados de capital Inbound Capital, escribió, en una nota dirigida a clientes, que el mercado está en las garras del “populismo bursátil”.
Incluso entre la clase política la retórica es la de una ola, similar al discurso de los inversionistas que afirman que, si no se unen a la acción, son unos “NGMI” (not gonna make it, jerga en el mundo cripto para perdedor, alguien que se perderá de grandes ganancias). El político conservador británico Tom Tugendhat intervino recientemente en el Parlamento y advirtió a sus colegas que se acercaba el dominio de Ethereum sobre bitcoin, y que se estaban produciendo grandes cambios en la innovación.
Edmund Shing, director de inversiones de BNP Paribas Wealth Management, identifica varios factores que han avivado el interés en el trading: el estímulo inyectado por la Fed y el gobierno estadounidense (5.4 billones de dólares de ahorros adicionales en todo el mundo en comparación con los patrones de gasto prepandémicos) y una brecha generacional que hace que cualquier boleto de lotería hacia la riqueza parezca más atractivo que trabajar pacientemente hasta la jubilación (por cierto, los boletos de lotería reales también han ganado popularidad). El mejor consejo para los aspirantes a millonarios puede ser trabajar duro, estudiar mucho, trabajar arduamente y ahorrar con el poder del interés compuesto. Pero millones de egresados están llegando a un mercado laboral marcado por la COVID-19, y a eso hay que sumarle un incremento de un billón de dólares en la deuda estudiantil en Estados Unidos desde la crisis financiera.
Es fácil ver cómo penetra el mensaje de celebridades e influencers que promocionan las criptomonedas. Incluso para los jóvenes más sensatos, es tentador imaginar que una buena ganancia en bitcoin u opciones sobre acciones podría pagar un préstamo estudiantil, ayudar a iniciar un negocio o dar la entrada para una casa.
Hablando de casas, hay una fuerte presión para participar en este mercado en auge, ya que un techo sobre la cabeza es la clave para cualquier plan de jubilación o seguridad económica. Sin embargo, ante la subida de los precios, las personas con poca inclinación por la especulación pueden sentir la necesidad de contraer una hipoteca más grande para no terminar viviendo lejos de Nueva York o Londres o de un suburbio a una distancia cercana a cualquier ciudad cosmopolita. Muchos economistas sostienen que todavía no hay una burbuja inmobiliaria y que los valores más altos reflejan ingresos impulsados por estímulos y tasas de endeudamiento asequibles. Pero el precio medio de una vivienda unifamiliar en Estados Unidos fue el que más aumentó en el primer trimestre, según la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios. Una lección del último boom inmobiliario es que, cuando la compra se vuelve impulsiva y los inversionistas sienten que la decisión más peligrosa es no comprar, los precios pueden divorciarse rápidamente de los fundamentos y elevarse a niveles verdaderamente estratosféricos.
Las narrativas sobre por qué invertimos tienen poder económico. La pandemia de coronavirus ha acelerado un sentimiento de impotencia junto con la disrupción tecnológica y la euforia ante la posibilidad de grandes beneficios, como el auge de las puntocom, cuando Internet se entendía menos en términos tecnológicos y más como una historia poderosa. Fue un “contagio mental de una persona a otra” que se propagó a través de los crecientes precios bursátiles, según aseguran los economistas George Akerlof y Robert Shiller.
Otra causa del miedo FOMO en este momento es la ausencia de una narrativa fuerte que compita con él. Advertir contra la especulación arriesgada y decir “todo terminará mal” es ridiculizado como un consejo de alguien mayor que se resiste al cambio (algo muy relacionado con los baby boomers). En parte porque parece alejado de la realidad económica de la Generación Z, pero también porque los precios de los activos siguen recuperándose.
El repunte de bitcoin tras una caída de más del 80 por ciento en 2018 a un máximo histórico este año, junto con el de las acciones y los bienes inmuebles, es un clásico inductor de arrepentimiento para aquellos que no invirtieron.
El pionero de la inversión en índices, Jack Bogle, siempre promovió el aburrimiento como una virtud: “Si estás invirtiendo por la emoción, eres un maldito tonto”, solía decir. Es revelador que, ahora, los financieros profesionales están apretando los dientes e incursionando en las criptomonedas en lugar de apegarse a aquella vieja consiga del mercado de valores de hacerte rico de forma lenta y paulatina.
Las fuerzas especulativas suelen moverse en ciclos difíciles de predecir que dejan profundas cicatrices. El historiador H.W. Brands describió cómo la fiebre del oro del siglo XIX en California desplazó la ética protestante del trabajo y el ethos rural a favor de una mentalidad de enriquecimiento rápido. “El Dorado, no una ciudad puritana en la colina” se convirtió en el sueño americano, escribió. Ahora es fácil descartar las advertencias contra la publicidad engañosa, los fraudes de inversión y las imprudentes inversiones criptográficas como puritanas y anticuadas, pero en algún momento tal vez nos preguntemos por qué la gente no vio las señales de alarma.
Hasta entonces, al menos debería ser posible sugerir, sin un dedo acusador, que la vida pierde algo cuando se basa en el miedo a perderse algo. Un artículo reciente de Bloomberg News sobre un proyecto de criptomonedas que implementó el MIT en 2014 señalaba que algunos exalumnos ahora disfrutaban de jugosas ganancias gracias a los bitcoines que se entregaron gratis a estudiantes hace siete años (cada uno recibió un tercio de bitcoin, el equivalente en ese entonces a 100 dólares). Sin embargo, quien más mérito merece es una exalumna que afirmó no sentir remordimiento por canjear su bitcoin por comida: “Era dinero gratis... obtuve un título del MIT, que es lo más importante para mí”. ¿Por qué poner en un pedestal a los tocados por el rayo criptográfico?
Expertos creen que la cura para el miedo FOMO será un aumento en las tasas de interés a medida que repunte la inflación. Johanna Kyrklund, directora de inversiones de la compañía de gestión de activos Schroders, reconoce que las inversiones arriesgadas serán menos atractivas una vez que las más seguras, como los bonos, comiencen a pagar más.
Aludiendo a la canción “Hip to Be Square”, de Huey Lewis and the News, sugirió en marzo que la diversificación de la cartera, la paciencia y la prudencia, y no el bitcoin, pronto volverían a estar de moda. Pero eso es un triste consuelo mientras vemos cómo la gente presume en Reddit sus ganancias y cómo se desvanece la euforia de las vacunas. Si ni siquiera Stanley Druckenmiller aprendió su lección sobre el FOMO la primera vez, ¿qué esperanza hay para nosotros?
Este texto es parte del especial de la revista Bloomberg Businessweek México ‘Vigilan seguridad de aviones. Les pagan 15 mil pesos’. Consulta aquí la edición fast de este número.





