Sede de los Olímpicos de Invierno en 2010, Whistler es sinónimo de aventura. Ubicado 120 kilómetros al norte de Vancouver, este destino es la capital canadiense de los deportes nivales de montaña. Su centro de esquí, que peca de presumido, rebasa las 200 pistas y tiene el título de la estación con más terreno esquiable en todo el continente.
Whistler hace ojitos a los más aventureros, pero sus encantos no dependen enteramente de la nieve. En otoño, cuando la montaña no está en condiciones óptimas para practicar deportes extremos, el pueblo se transforma. Con el número de viajeros y los precios a la baja, este rincón de la Columbia Británica cambia la adrenalina por relajación y manjares.
A cambio de desacelerar y hacer las paces con la posibilidad de lluvia, este pueblo comparte sus grandes bondades. Algunas, como los hoteles cinco estrellas y los restaurantes premiados, con precios más aterrizados y mucho menos gente. Otras, como los árboles que cambian de color y los ríos cubiertos de salmones, exclusivas de esta temporada.
Otoño en Whistler: naturaleza de documental
En este pueblo, la temporada juega un papel fundamental cuando se trata de oferta de actividades y experiencias. Unas temporadas son para darse un chapuzón en lagos glaciares, otras para patinar en hielo sobre los mismos lugares. Eso sí, una cosa que no cambia con la aguja del termómetro es el protagonismo de la naturaleza.
El trayecto de Vancouver a Whistler está lleno de escenas dignas de la gran pantalla. En otoño, a las postales carreteras habituales se suma la posibilidad de ver águilas calvas y salmones en Brackendale. Ya en Whistler, la cosa se pone mejor. Hasta mediados de octubre, Whistler Photo Safaris ofrece recorridos guiados para ver osos negros en su hábitat natural.

Observar fauna es una de las actividades más populares del otoño, pero no es la única. Sin necesidad de confiar en la suerte, cientos de kilómetros de senderos seducen a los viajeros que buscan baños de bosque. Estas caminatas, de varios niveles, son especialmente seductoras cuando cambian de color los alerces, una de las pocas coníferas que pierden sus hojas cada año.
La mesa está puesta: festivales y menús de temporada
En muchos pueblos de montaña devotos del esquí, la gastronomía pasa a segundo plano. En Whistler no. Este es un destino acostumbrado a la buena vida. Mucha adrenalina y naturaleza, sí, pero eso no significa comida para salir del apuro. ¡Todo lo contrario! El valle cobija restaurantes con premios internacionales y cavas con tesoros millonarios.

En otoño, el combo de productos de temporada y restaurantes sin lista de espera juega a favor de la experiencia culinaria. Cocinas como Araxi y Wild Blue, con decenas de reconocimientos, ofrecen menús especiales con precios fijos. Lo mismo hace Bearfoot Bistro, el restaurante con la cava más completa de la provincia. Este local, además, ofrece descorche de champaña con sable.
Entrado el otoño, experiencias culinarias que se llevan mejor con el frío reabren sus puertas. The Chalet es un buen ejemplo. Rodeado de árboles, este restaurante sirve platillos como fondue y rösti. Para los que viven para comer, no está mal empatar las fechas de un viaje otoñal a Whistler con Cornucopia: el festival culinario más grande del destino.
Hospitalidad de montaña: cinco y mil estrellas
Las montañas y los lagos de Whistler son una invitación para desempolvar ropa deportiva, pero existen otras formas de conectar con el entorno. Para algunos, la adrenalina lo es todo. Para otros no. Aquí, la naturaleza consiente tanto a quienes quieren desafiar la gravedad como a los que quieren masajes con aceite esencial de abeto de Douglas, uno de los árboles nativos de la región.
Los hoteles estrella de Whistler entienden que en gustos se rompen géneros. El Four Seasons, por ejemplo, ofrece un viaje en helicóptero para ver las cuevas de hielo de Pemberton, un glaciar que esconde paisajes que parecen de otro mundo. El Fairmont Chateau Whistler, por otro lado, cuenta con su propio campo de golf de 18 hoyos. Sujeto al clima, suele operar hasta mitad de octubre.
Este par de hoteles, los únicos en Whistler con dos llaves de la Guía Michelin, ofrece saunas de barril y jacuzzis exteriores. Cuando se trata de relajación, sin embargo, hay algo todavía mejor. Equipado con albercas calientes, baños de vapor y una política que venera el silencio, Scandinave Spa es un santuario dedicado a la relajación. Todo esto, con el bosque como custodio.
Si lo que se busca no es sacar brillo a los esquís ni hacer cumbre en una montaña, el otoño es buena temporada en Whistler. Hay menos gente, las tarifas son más amigables y la naturaleza misma invita a bajar el ritmo. ¿El resultado? Un viaje que se vuelca a placeres simples como ver árboles que cambian de color y disfrutar de tragos de autor al calor de una fogata.

En Whistler, las temperaturas cambian drásticamente de septiembre a diciembre. Si bien el calendario dicta el otoño, el clima marca el ritmo. Sin contar actividades como el Centro Cultural Squamish Lil’Wat y la caminata multimedia Vallea Lumina, disponibles todo el año, la oferta de experiencias varía cada mes. Para evitar sorpresas, lo mejor es consultar la página oficial de Whistler.
Marck Guttman es fotógrafo, escritor y partidario devoto del turismo sostenible. Ha publicado más de mil historias en medios nacionales e internacionales y dirige el blog Don Viajes. En esta columna aborda temas turísticos relacionados con conservación, áreas naturales protegidas y desarrollo comunitario. Su cuenta de Instagram es don.viajes.




