Mundo

Isabel II: 70 años. Los protocolos frente a la reina

La reina heredó la convicción de que son necesarios los vínculos con ciudadanos.

Sostener un trato directo con un monarca en pleno siglo XXI no es cosa de todos los días, especialmente si usted no ostenta ningún cargo público, diplomático y encarna a alguna celebridad del arte o la cultura global.

Uno de los cambios trascendentes en la transformación de las Casas Reales europeas durante el siglo XX, consistió justamente en acercar a los monarcas o integrantes de una familia reinante, a sus súbditos y ciudadanos de a pie.

Ya desde principios de siglo, con los descendientes de la Reina Victoria, su hijo (Eduardo VII 1901-1910) su nieto (Jorge V 1910 -1936) y bisnietos (Eduardo VIII 1936-1937 y Jorge VI 1937-1952) comprendieron que la sobrevivencia de la monarquía como institución en el marco de regímenes democráticos y parlamentarios, consistiría en el futuro, a su cercanía, contacto, popularidad y respaldo desde la ciudadanía.

La gran transformación ocurrió justamente a finales del reinado de Victoria, la gran matriarca real de Europa (1901). La causa principal obedece a que la Reina Victoria mantuvo una reclusión y asilamiento casi absolutos por más de 40 años de reinado, a la muerte de su amado Príncipe Alberto (1961). Sus primeros ministros (Gladstone y Disraelí principalmente) viajaban hasta las residencias reales para mantener audiencias con su soberana, pidiéndole en repetidas ocasiones que regresara a Londres e hiciera alguna aparición pública para refrendar y refrescar su vínculo con la población.

Victoria reaccionaba con desdén y apatía a dichas peticiones.

Pero su legado dejó múltiples lecciones. Eduardo VII se convirtió en una figura muy presente en la sociedad londinense, cercano a sus ministros, involucrado de forma activa en asuntos internacionales con sus múltiples familiares y parientes en casas reales europeas.

Ya Jorge V y sus hijos -ambos reyes- Eduardo VIII apenas con 10 meses en el trono y el propio y ejemplar Jorge VI, construyeron estrechos, sólidos y populares vínculos con los críticos ciudadanos de las democracias parlamentarias del siglo XX.


Isabel II heredó esa convicción por parte de sus padres, quienes se convirtieron en figuras muy apreciadas durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

Como parte central de este trabajo de los integrantes de la familia real, eje de servicio a su comunidad y razón vital de su sobrevivencia, están los múltiples eventos, actos y apariciones públicas que realizan a lo largo del año para mantenerse en contacto con la ciudadanía.

La filantropía y su liderazgo al frente de organizaciones de este perfil, se ha convertido en una de las funciones centrales de los integrantes de la familia. Encabezar organizaciones, figurar como presidentes de consejos y asambleas en beneficio de causas sociales, presidir premios y becas para estudiantes y otras mil y un actividades, ocupan hoy más del 80% de sus agendas públicas.

Es decir, la Reina Isabel II tiene trato directo con ciudadanos británicos a lo largo del año, mediante diversos mecanismos y actividades.

Una de ellas es la asistencia a eventos públicos, donde la Reina, y finado esposo por más de 73 años a su lado, sus hijos y primos, saludan y sostienen breves charlas con la ciudadanía.

Otro evento completamente distinto puesto que es convocado específicamente por la Casa Real, son las llamadas fiestas de jardín que ofrece su Majestad a varios cientos de personas, cuya actividad, desempeño o liderazgo comunitario merece la distinción de saludar a la Reina y tomar el té en los jardines de Buckingham.

Tradicionalmente se realizan en verano, cuando el clima es benévolo en la capital inglesa y reúne a cielo abierto en los espectaculares jardines de Palacio, a cientos de personas.

Una más son las recepciones privadas en Palacio con motivo de festividades, eventos de estado, reuniones de la Commonwealth o recepciones oficiales con dignatarios extranjeros.

Para cada tipo de reunión, existe un protocolo distinto y por supuesto, un atuendo apropiado para la ocasión.

Cuando una persona recibe una invitación de Palacio se especifica el estilo de ropa (día, noche, formal, etiqueta, cocktail) que debe utilizar cada invitado.

Al llegar a Palacio, los ujieres le indican a cada persona la forma en que debe dirigirse a su Majestad.

1. La inclinación de cabeza para los caballeros en el momento de estrechar su mano, y la reverencia por parte de las damas.

2. Se dirige la palabra a su Majestad en respuesta breve, concreta y respetuosa sólo si ella le ha dirigido la palabra a usted. Es decir, no inicia una conversación con la Reina hasta que ella abre la oportunidad.

3. Debe dirigirse a su persona como Majestad la primera vez, y si la conversación continua -en el caso de funcionarios de gobierno e invitados especiales- como Señora, o Ma´am que es un equivalente cordial y respetuoso.

4. Jamás debe tocarse a la Reina, sólo estrechar su mano si ella la ha extendido primero. Nunca tomarla del brazo o sujetarla.

5. En actos oficiales y públicos, sus hijos, su finado esposo, sus ministros y representantes en todo el país, deben caminar atrás de la Reina, a cierta distancia de su Majestad, para otorgar preeminencia a la soberana.

6. Nunca se entrega ningún objeto a la Reina, excepto en eventos públicos donde la población abierta, detrás de vallas policíacas, se les permite obsequiar ramos de flores, cartas o dibujos a la Reina.

A pesar de que Isabel creció en la rigidez monárquica de su abuela la Reina María, esposa de Jorge V, las siguientes generaciones de los Windsor han ido venciendo la resistencia de sostener contacto directo, informal, desenfadado con la ciudadanía.

Las personalidades más impactantes en este sentido, carismáticas y por ende largamente apreciadas por los súbditos británicos, han sido cronológicamente David, Príncipe de Gales -después Eduardo VIII- quien fue sin duda la primera “superestrella” popular de la familia.

La Reina Isabel, la reina Madre, quien desplegó todos sus talentos de generosidad, simpatía y empatía con los ciudadanos y la adoraron por más de medio siglo.

Y Diana, Princesa de Gales, que representó una oportunidad triste y desperdiciada para renovar a la monarquía a finales del siglo XX, y transformarla en una organización más directa, humana y cercana a la gente.

Isabel II y sus hijos, parte del engranaje y el aparato burocrático de la Casa real, son representantes de la Firma -como ellos mismos se refieren irónicamente a su trabajo como un despacho de tareas y responsabilidades.

Quienes han venido de fuera (los outsiders) no nacidos en el seno de la familia real, han significado personalidades más frescas, libres de protocolos, provenientes de la vida regular y común de millones de personas. Por ello su capacidad para empatizar y comprender.

Tres ejemplos capitales de esta tendencia han sido la Reina Isabel, la Reina Madre, hija de un conde escocés que comprendía los rigores de la familia real- rechazó dos veces el compromiso que le ofreció el Duque de York -quien después sería Jorge VI- pero con mucha mayor cercanía con la gente común.

La Princesa Diana de Gales, hija también de un aristócrata, pero sencilla, humana, cercana a la gente.

Y, la cautivadora Catalina, Duquesa de Cambridge, esposa del Príncipe Guillermo, número dos en la línea de sucesión al trono. Ella ni siquiera proviene de una familia de la rancia aristocracia inglesa o escocesa, sino de dos padres trabajadores, exitosos, dueños de su empresa y que invirtieron en la mejor educación para su hija. Un salto cuántico en la historia de la familia real británica. Si Guillermo y Catalina son coronados reyes en unos años, ella será la primera ciudadana común, sin títulos -previos a su matrimonio- ni blasones o escudos que aportar a la dinastía. Una simple, sencilla, fresca y carismática ciudadana británica. Como la reina Letizia de España, que no proviene tampoco de ninguna casa real europea o familia aristocrática española.

Para los Windsor, comprender la riqueza que aporta una figura externa, que se adapta a los rigores de la responsabilidad monárquica, pero les imprime un tono de renovación, cercanía y humanismo, ha representado en los últimos 100 años, la aparición de figuras disruptivas con el protocolo, y al mismo tiempo, transformadoras de la institución.