Bloomberg Businessweek

Banqueros centrales en la niebla

La guerra en Medio Oriente reaviva el fantasma de la estanflación y obliga a los bancos centrales a elegir entre contener la inflación o evitar una recesión más profunda.

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La nueva crisis energética reconfigura el tablero económico global.

Hay momentos en los que la tarea de un banco central deja de parecerse a una ciencia exacta y se acerca más al arte. Momentos en los que el manual queda en el cajón y lo que importa es el juicio.

Eso es lo que está ocurriendo hoy. La guerra en Medio Oriente volvió a poner sobre la mesa el peor tipo de choque macroeconómico: uno que empuja al alza los precios y, al mismo tiempo, debilita la actividad. El FMI lo advirtió en su más reciente World Economic Outlook: todos los caminos conducen a precios más altos y menor crecimiento. Dicho de otro modo, el fantasma de la estanflación vuelve a caminar por la economía global.

Para un banco central, una recesión suele invitar a bajar tasas. Una nueva presión inflacionaria, en cambio, sugiere apretarlas. El problema aparece cuando ambas señales llegan al mismo tiempo. Allí ya no basta con aplicar manuales. Hay que decidir qué riesgo es más peligroso: quedarse corto frente a la inflación o excederse y empujar a la economía hacia una caída más profunda.

Lo que hace singular esta coyuntura es que ese dilema ha desbordado el viejo debate entre halcones y palomas, e incluso la distinción entre mandatos únicos y duales. Frente a un choque de oferta, todos los bancos centrales terminan haciendo lo mismo: esperar, calibrar, y confesar que sus instrumentos no fueron diseñados para este tipo de perturbación.

La Reserva Federal de Estados Unidos fue explícita al respecto. El 18 de marzo dejó sin cambio la tasa de fondos federales en un rango de 3.50 a 3.75 por ciento. Jerome Powell fue claro: la Fed puede darse el lujo de esperar antes de reaccionar al choque petrolero, justamente porque la autoridad monetaria no produce petróleo ni puede arreglar una disrupción geopolítica con un movimiento de tasas. Pero al mismo tiempo reconoció que el banco central está atrapado entre riesgos opuestos: más inflación por energía y más debilidad en el empleo y la demanda.

La lógica tiene sentido. Subir tasas ante un choque de oferta puede servir para evitar efectos de segundo orden –que el alza de energía se traslade a salarios y a otros precios–, pero no para bajar el precio del crudo. El riesgo contrario también existe: si la Fed se muestra demasiado paciente y las expectativas de inflación dejan de estar ancladas, después tendrá que apretar más y por más tiempo.


El Banco de Inglaterra articuló ese dilema con especial precisión. El 19 de marzo dejó su tasa en 3.75 por ciento y, en su minuta, evitó caer en el simplismo del halcón o de la paloma: admitió que la política monetaria no puede influir sobre los precios globales de la energía, pero sí debe impedir que el ajuste derive en efectos de segundo orden sobre salarios y otros precios. A la vez, reconoció que el alza de los costos energéticos debilitará la actividad.

El BCE, que mantuvo sus tasas el mismo 19 de marzo, añadió números concretos al malestar: sus nuevas proyecciones elevaron la inflación general de la zona euro para 2026 a 2.6 por ciento, con la subyacente en 2.3 por ciento. Christine Lagarde y sus colegas saben que el mandato formal es la estabilidad de precios, pero en la práctica no pueden ignorar un entorno de crecimiento debilitado.

Hasta el Banco de Japón –la economía que durante décadas simbolizó la insuficiencia inflacionaria– debate cómo convivir con un mundo más caro: en su reunión de marzo, una voz del comité propuso subir tasas más rápido por el riesgo de efectos de segundo orden. Brasil añade otra lección desde el otro lado: pese a ser exportador de petróleo y contar con más colchones que muchos importadores, su banco central optó también por la cautela. Incluso la protección externa tiene límites cuando el entorno global se deteriora.

Todo esto devuelve al centro una discusión que parecía resuelta. ¿Qué debe hacer un banco central cuando enfrenta males incompatibles? La respuesta fácil sería: cumplir su mandato y punto. Pero los mandatos no operan en el vacío. Operan en economías vivas, llenas de rezagos, errores de medición, cadenas logísticas rotas y expectativas que cambian con velocidad. Un banco central no decide entre el bien y el mal. Decide entre costos distintos, repartidos en el tiempo de manera desigual.

Por eso parece pobre la discusión que a veces se instala en México. Se habla de la tasa de interés como si fuera una llave universal. No lo es. Una tasa más alta no produce gas natural, no abre el estrecho de Ormuz y no reduce por decreto el precio de los alimentos. Pero una tasa demasiado baja sí puede terminar validando un brote inflacionario si el banco central pierde credibilidad. El oficio consiste justamente en discernir cuándo un choque debe mirarse de largo y cuándo amenaza con contaminar el proceso general de formación de precios.

En ese contexto hay que leer la decisión del Banco de México. El 26 de marzo redujo su tasa objetivo en 25 puntos base, a 6.75 por ciento, en una votación dividida de 3 a 2. La decisión fue polémica porque llegó poco después de que la inflación anual de la primera quincena de marzo subiera a 4.63 por ciento, muy por arriba del rango de variabilidad. Y, sin embargo, la gobernadora Victoria Rodríguez señaló que el ciclo de recortes está cerca de concluir. La señal no fue la de una relajación despreocupada, sino la de una calibración fina en medio de una economía débil.

¿Fue acertado? Todavía no lo sabemos, y conviene ser honestos al respecto. Las respuestas empezarán a dibujarse en los próximos meses: en si las expectativas de inflación de mediano plazo se mantienen ancladas, en si la brecha del producto sigue ampliándose, y en si las próximas lecturas del INPC muestran que el choque de oferta no está contaminando la inflación subyacente. Quienes ven la decisión como una traición automática al mandato de estabilidad de precios simplifican en exceso. Quienes la celebran como si la inflación ya estuviera domesticada también.

En el fondo, esa es la gran tarea de los bancos centrales en 2026: no aparentar omnipotencia, sino ejercer prudencia bajo incertidumbre.

Durante años, la política monetaria se acostumbró a combatir choques de demanda, donde la lógica era más limpia. Hoy ha vuelto el mundo incómodo de la oferta: energía, guerras, geopolítica, cadenas fragmentadas.

Allí el banquero central ya no es un cirujano con bisturí preciso.

Es más bien un piloto en niebla espesa, obligado a decidir con instrumentos imperfectos y con la certeza de que cualquier error tendrá costos.

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