Día 2: Bienestar, golf y más delicias
Desayuno al ritmo del océano
Desperté temprano. A pesar del confort de la cama, la promesa del día me llamó antes de que el sol llegara al cenit. En el restaurante Blend, dentro del resort, me esperaban chilaquiles verdes con crema, tocino crujiente, huevos al gusto y pan francés. Todo servido con una sonrisa, en una terraza donde el mar parecía quedarse para siempre.
El arte de detenerse: Mélange Spa
Después del desayuno, me entregué a un masaje relajante en Mélange World Spa, un lugar que honra tradiciones de bienestar del mundo entero. Elegí el tratamiento inspirado en México, con agave y técnicas de presión profunda. Salí liviano, como si algo que pesaba en el cuerpo se hubiera disuelto entre aceites y manos sabias.
Recomendación: agenda tu masaje desde que haces check-in. Algunos tratamientos se agotan con rapidez.
18 hoyos con vista: Campo de golf Del Pacifico
Por la tarde, cambié el pareo por guantes de golf. En el campo Del Pacifico, cada hoyo es un nuevo paisaje. Algunos tramos cruzan pequeños manglares; otros te regalan vistas al océano. No hace falta ser profesional para disfrutarlo, pero sí hay que tener paciencia y buen humor cuando el swing no coopera.
Jugué en el mitico hoyo 3B un hoyo enclavado en un islote junto a la costa, algo que lo hace único en el mundo, ahí eleva tu experiencia como jugador.
Tip: lleva gorra, bloqueador y reserva con tiempo; el clima es húmedo pero soportable si vas en la tarde.
ParrotFish Japanese Fusion
Antes de despedirme de esta pequeña odisea, volví a Punta de Mita para probar un lugar que me habían recomendado mucho: ParrotFish, cocina japonesa con alma mexicana. Allí me esperaban unos esquites estilo fusión, un salmón sellado con glaseado de tamarindo y carne cocinada sobre piedra caliente, al estilo tradicional coreano. Innovador, sorprendente, balanceado.
Recomendación: pide sugerencia del chef; suelen tener especiales fuera de menú.
Playa Virgen Las Cuevas
El recorrido cerró en Playa Las Cuevas, en chacala, donde la arena dorada se esconde entre paredes de roca y pequeñas cavernas que parecen hechas a mano por el tiempo. Es un lugar que invita al snorkel, a flotar mirando el cielo y a sentir el mar como si fuera solo para uno.
El agua era cristalina en cada parada. A ratos simplemente me dejaba llevar por la corriente, recordando que no hay música que acompañe mejor al alma que el sonido de las olas sobre una playa vacía.
Conclusión: un viaje que respira calma
No todos los viajes son de fotos; algunos son de pausas. Este fue uno de ellos. Un recorrido que empezó en un mar en calma, pasó por sabores auténticos y terminó en la contemplación de lo esencial: el tiempo, el cuerpo, la tierra. Bahía de Banderas me enseñó que el lujo no siempre está en lo ostentoso, sino en lo bien cuidado, lo auténtico, lo que se siente.




