La paz no es sólo la ausencia de la guerra, en algunos periodos de la historia del siglo XXI las cifras de violencia en las calles de Nuevo León –violencia social- arrojaron más muertes que en los países en situación bélica. En el territorio nacional las cifras empeoran, y estos números no incluyen a los sobrevivientes, ni el efecto de las heridas físicas y emocionales de la violencia doméstica, la intolerancia, el hambre o el limitado –nulo- acceso a servicios de salud; sobrevivimos en una cruel normalización de la violencia social.
El concepto de paz aprendido por un continente históricamente guerrista, Europa, ha generado sociedades más cercanas al ideal de justicia social y Estado de Derecho. Al menos en sus territorios han garantizado educación y salud. Una salud que no se limita a la atención de enfermedades o lesiones, sino que educa: promueve hábitos sanos - alimentación, ejercicio físico, sueño -, regula sobre la calidad de aire, tierra y aguas, todos reciclan, y premia o sanciona a personas y empresas. Una educación que trasciende la memorización datos, cultiva y fortalece la curiosidad, desarrolla las habilidades para usar y generar información y premia la producción de conocimiento.
Es cierto que la política exterior europea sigue siendo más económica que social, la ONU y sus objetivos del milenio funcionan a veces como lavaderos de conciencias. Buena parte del descontento público europeo tiene que ver con las injusticias sociales y ambientales que sus gobiernos toleran fuera del continente. Y es que los países ricos con economías pobres siguen siendo rentables para el sostenimiento del bloque del primer mundo.
México como economía emergente y Nuevo León como el estado pujante, tienen oportunidades de sortear la crisis. Es cosa de voluntad y responsabilidad ética de quienes toman las decisiones, no sólo de quienes gobiernan. Se requieren acciones afirmativas, estímulos y sanciones para abandonar la dependencia del subsidio. Urge el compromiso de líderes para que las organizaciones públicas y privadas transiten de una voluntad política a una institucionalidad sana. La ruta es la educación, ésa cuya meta es el desarrollo personal, autogestivo y permanente. Esto es, habituar a cada persona a satisfacer la curiosidad innata a través la cual se descubre la vocación; una vocación que nutre al hacer y satisface al compartir; un hacer satisfactorio que enriquece el espacio privado y contagia a lo público. Hay que regresar a los griegos, al ethos político de cada persona.
No encuentro otra solución: las prioridades de educación deben atenderse y redefinirse con miras a lograr la paz social, sólo así se podrá detener la matanza por pobreza y por ignorancia; esta silenciosa guerra civil que permea en nuestro estado y nuestro país.
La autora es Consejera Electoral en el estado de Nuevo León y promotora del cambio cultura a través de la Educación Cívica y la Participación Ciudadana.
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