Esta semana el fabricante chino de robots humanoides Unitree abrió la suscripción de su salida a bolsa en Shanghái. La parte minorista de la oferta quedó sobresuscrita 5,526 veces, con inversionistas individuales presentando 9.8 millones de órdenes por unos 8.1 billones de yuanes (1.2 billones de dólares) en acciones, según cálculos de Bloomberg basados en un filing de la bolsa.
La probabilidad de que a un pequeño ahorrador le tocara siquiera un lote fue mínima: las estimaciones de las casas de bolsa situaban la tasa de asignación en línea en torno a 0.02% a 0.03%. La empresa se valoró en cerca de 61,000 millones de yuanes, unos 9,000 millones de dólares, una cifra que, según su estado de resultados de 2025, representa más de 200 veces sus ganancias.
Son números que ciertamente provocan un poco de vértigo a cualquiera que intente entenderlos. Pero, más allá del espectáculo, el caso Unitree puede funcionar como un espejo. Colóquelo frente a las bolsas de China, Estados Unidos, México y Europa, y cada una devuelve un reflejo distinto de cómo se entiende el riesgo, quién manda en el mercado y para qué sirve, en el fondo, una bolsa de valores.
La escena de Unitree solo puede ocurrir en China. Millones de inversionistas individuales compitiendo por una lotería de acciones no es una anomalía, sino el diseño del sistema. El mercado bursátil chino está dominado por el minorista de una forma que no tiene paralelo en Occidente: son ellos, y no los grandes fondos, quienes fijan el pulso del día a día. La magnitud del apetito lo confirma: el libro de órdenes minoristas de Unitree superó los 7.1 billones de yuanes que había reunido el fabricante de chips de memoria CXMT el mes anterior, en el segundo mayor debut de la historia de China.
A ese ingrediente cultural se suma uno político. Beijing extendió las reglas del STAR Market, el “Nasdaq chino”, para permitir que empresas de inteligencia artificial, cómputo cuántico e “IA embebida” , los robots, precisamente, coticen incluso sin utilidades consolidadas, siempre que su tecnología sea considerada estratégica por el Estado. No es casual el respaldo oficial: el presidente Xi Jinping escribió en junio, en la revista Qiushi, que cultivar y desarrollar las industrias del futuro es de gran importancia para tomar la iniciativa del desarrollo y para las nuevas fuerzas productivas de calidad. De hecho, la embodied intelligence, la energía del futuro, la tecnología cuántica, las interfaces cerebro-computadora y el 6G figuran como áreas clave del 15º Plan Quinquenal de China (2026-30).
La bolsa, en esta lógica, no es solo el lugar donde se descubre el precio de una empresa: es además una herramienta de política industrial que canaliza el ahorro doméstico hacia las tecnologías chinas a las que Washington intenta negarle su acceso con controles de exportación. De ahí una valoración que descuenta lo que consideramos como el mañana, antes que el hoy.
Al fin y al cabo, más del 70% de los humanoides que la empresa vendió el año pasado fueron para fines de investigación y educación, no para líneas de producción: el mercado industrial masivo que justificaría su precio todavía no existe. El riesgo es evidente: cuando el precio descuenta un futuro perfecto, cualquier decepción se paga caro. Y la propia empresa lo advierte: en su propio prospecto señala que, a medida que la base de ingresos se amplíe y la competencia se intensifique, las tasas de crecimiento futuras podrían desacelerarse.
Traslade el mismo caso a Nueva York y casi todo cambia. Estados Unidos tiene el mercado de capitales más grande, líquido y profundo del planeta, y una industria robusta de salidas a bolsa tecnológicas. Una empresa como Unitree, deficitaria en términos prácticos, pero con una narrativa poderosa, tendría ahí un hogar natural: el Nasdaq lleva décadas financiando compañías que prometen mucho antes de ganar dinero.
La diferencia está en quién pone el precio. En Estados Unidos, el proceso lo dominan los inversionistas institucionales a través del bookbuilding: fondos, aseguradoras y bancos que negocian la valuación antes del debut. El minorista participa, pero rara vez mueve la aguja en una oferta pública inicial en bolsa. El resultado suele ser un descubrimiento de precios más ordenado, aunque no inmune a las burbujas: Estados Unidos inventó tanto la disciplina institucional como la exuberancia de las puntocom.
Hay además una dimensión geopolítica que el propio prospecto de Unitree reconoce. Las ventas en Estados Unidos representaron 13.3% de los ingresos de Unitree el año pasado, pero ese mismo mercado es la fuente de las restricciones que amenazan su negocio: Washington ha impuesto nuevas restricciones a los robots humanoides y cuadrúpedos fabricados en el extranjero, y aunque Unitree afirma que sus modelos actuales cuentan con aprobaciones estadounidenses, los futuros podrían quedar vetados. La misma bolsa que podría celebrarla pertenece a la jurisdicción que podría vetarla.
Si China sufre de exceso, México padece lo contrario. Mientras millones de chinos peleaban por acciones de un robot, la Bolsa Mexicana de Valores cerró 2025 con apenas 128 empresas nacionales listadas, el número más bajo en casi dos décadas. Para dimensionarlo: la economía mexicana es la segunda de América Latina, pero su mercado accionario tiene menos emisoras que hace veinte años.
El contraste es aleccionador. En Shanghái el problema es una fiebre especulativa; en México, la ausencia casi total de temperatura. Tras ocho años de sequía de ofertas públicas iniciales, apenas empieza una tímida reactivación, la BMV dice tener cuatro colocaciones confidenciales en cartera, y buena parte de la liquidez del mercado depende ya no del ahorrador local sino de grandes gestores globales como BlackRock y Vanguard, que sostienen la operación de un puñado de emisoras.
Las causas son estructurales: empresas familiares reacias a abrir su capital, competencia de la deuda como fuente de financiamiento y el imán de Wall Street, donde compañías mexicanas como Tiendas 3B (operada por BBB Foods) prefieren listarse porque el acceso es más profundo y profesional. Un profesor del IPADE lo resume en términos prácticos: una acción listada en Nueva York o Nasdaq funciona mucho mejor como garantía que una en la BMV, lo que permite obtener préstamos con tasas hasta 3 o 4% más bajas. La reforma a la Ley del Mercado de Valores, con su figura de “emisiones simplificadas” para pymes, intenta corregir el rumbo.
Pero el caso Unitree recuerda lo que México no tiene: ni la base minorista masiva de China, ni una narrativa tecnológica capaz de encender al mercado, ni por ahora tampoco, a las empresas dispuestas a probarlo.
Europa ofrece un cuarto temperamento. Sus mercados - Londres, Fráncfort, París, Ámsterdam - son maduros, institucionales y regulados con mano firme. No se verían escenas de lotería minorista al estilo chino: la cultura del inversionista europeo es más conservadora, más volcada al ahorro de largo plazo a través de fondos que a la apuesta individual de alto voltaje.
El desafío europeo es otro, y en cierto sentido más melancólico: la fuga de sus empresas hacia Nueva York. Compañías tecnológicas europeas de alto crecimiento eligen cotizar en Estados Unidos buscando valoraciones más altas y mayor liquidez, dejando a las bolsas del continente con una oferta envejecida de bancos, industriales y energéticas. Una Unitree europea - si existiera - probablemente miraría a Wall Street antes que a su plaza local, un dilema que Bruselas discute desde hace años sin resolver.
La virtud europea es la prudencia; su costo, quedarse al margen de las historias de crecimiento más ruidosas. Frente a las más de 200 veces utilidades de Shanghái, el inversionista europeo típico haría una mueca de incredulidad.
Lo revelador de Unitree no es la empresa, sino lo que su salida a bolsa provoca según dónde ocurra. En China, delirio minorista y política industrial. En Estados Unidos, profundidad institucional y contradicción geopolítica. En México, el silencio de un mercado en el que los capitales tiemblan. En Europa, la cautela de quien ve pasar el tren hacia otra estación.
Ninguno de los cuatro modelos es del todo virtuoso. El chino confunde con facilidad lo que es inversión con fervor; el estadounidense concentra poder en pocas manos; el mexicano se ha vuelto demasiado pequeño para su economía; el europeo, demasiado tímido para retener a sus estrellas. Pero juntos dibujan un mapa útil: una bolsa nunca es solo un mecanismo neutral de compra y venta. Es el retrato de una sociedad, de cuánto riesgo tolera, en quién confía y qué futuro está dispuesta a financiar.
Que un robot humanoide bailarín de Hangzhou haya puesto a bailar a los mercados de formas tan diversas es lo más elocuente, hasta ahorita, de la historia.