Nostalgia por los setenta
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Nostalgia por los setenta

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Nostalgia por los setenta

bulletDe alguna manera, sugiere 'Roma', en los 70 se cebaron las causas del desastre posterior: como la familia de la película, el régimen autoritario también se reconstituyó, pero sin cambiar en el fondo.

bulletPor eso, con todo y la armonía hogareña, los roles sociales y étnicos quedarían inalterados al final.

Carlos Illades
19/12/2018
'Roma'
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Todo el año hablamos de 1968. Cada quien lo significó como el origen de algo: la democracia, la revolución de las conciencias, la crisis terminal del régimen, el ocaso de los mitos, la última época que valió la pena vivir, etcétera. Cerramos 2018 rememorando los 70, con la imagen nostálgica, a ratos descorazonada, y al final medianamente optimista de Roma, la aclamada película de Alfonso Cuarón. ¿Qué se nos perdió en los 9 meses del embarazo de Cleo que empalman con el tránsito de 1970 a 1971, donde literalmente pasa y cabe todo?: el Jueves de Corpus, un temblor, “el increíble Profesor Zovek”, la migración del campo a la ciudad, el racismo paternalista de la clase media, los indígenas sometidos por los mestizos y las élites blanqueadas gozosas de rozarse con los estadounidenses, la ejemplar medicina social del milagro mexicano, Ensalada de locos en el Canal 2, un número de La pequeña Lulú en la mesa de centro, la vigencia de la cultura de la hacienda medio siglo después de la Revolución, la prensa amordazada, personas fumando hasta en los hospitales, una sucursal de Banca Serfín (el primer banco comercial que hubo en el país fundado en tiempos de Maximiliano), un perro que nada más sabe brincar y defecar, la demagogia cínica del priato. El tiempo comprimido en el espacio, tan ancho como los espectaculares planos abiertos de la cámara de Cuarón.

Mal que bien Gustavo Díaz Ordaz había cerrado exitosamente su mandato con la inauguración del Metro, y la clase media había vuelto a respirar con el restablecimiento del orden público a manos del Ejército. Ciertamente el desarrollo estabilizador, la paridad fija del dólar, un gasto público ordenado y el régimen autoritario habían sido generosos con ella. De acuerdo con Roma, el salario de un médico del IMSS, especialista en medicina nuclear, daba para mantener una casa de dos plantas en la Colonia Roma, dos empleadas domésticas mixtecas y un chofer, tres autos y la escuela presumiblemente particular de cuatro hijos. Y la esposa, también universitaria, únicamente se verá obligada a trabajar cuando el marido abandona a la familia, esto es, solo un ingreso bastaba para vivir con cierta holgura e ir de vez en vez a la playa. La recompensa diaria era ver entrar por la estrecha cochera el Galaxie del médico: “Papá llegó temprano hoy”.

Pero el acomodo con que concluyó la década del 60 fue insuficiente: en lugar de reformarse el régimen, el autoritarismo adoptó formas cada vez más demagógicas y la violencia se recrudeció en las administraciones de Luis Echeverría y José López Portillo, amén del dispendio, el crecimiento exponencial de la deuda externa, el cambio en la paridad cambiaria del peso con respecto del dólar y la fuga de capitales. Roma se instala en esa bisagra temporal, momento en que la familia feliz de clase media se quiebra y a la inmigrante mixteca la abandona el joven halcón (mestizo), por ningún motivo dispuesto a exponer el precario ascenso social recién conseguido al convertirse en paramilitar —triste oportunidad para las clases populares— y menos todavía a reconocer un hijo que le recordara cotidianamente sus raíces indígenas —“si no te vas te mato, pinche gata”, le dice a Cleo a manera de despedida—.

Un militar y un asesor acaso estadounidense supervisan la coreografía marcial de los halcones, mientras el Profesor Zovek ilustra a la audiencia sobre el inconmensurable poder de la mente. Al fondo de una inmensa explanada, entre las aguas inmundas, casas de lámina, basura por todos lados, perros callejeros y el polvo de un llano deforestado, aparece un cerro rotulado con las siglas LEA, candidato del PRI a la presidencia, y se escucha un discurso de Carlos Hank González prometiendo sacar del atraso a los mexiquenses menos afortunados. Mano dura, demagogia, negocios y más negocios al amparo de la obra pública, fórmula probada de los insaciables sucesores del profesor.

El acontecimiento traumático de la biografía familiar, y la historia nacional que la encuadra, es el Jueves de Corpus. Ese 10 de junio de 1971 la abuela —un personaje de morfología extraña que parce de otra película— acompaña a Cleo para comprar la cuna de la futura hija. Generosa, la madre de la patrona ese día le permite escoger a la indígena el mueble donde dormirá la bebé, si bien tiene estrictamente prohibido a la servidumbre que enciendan la luz de la recámara en la noche, pues había que ahorrar, aunque la electricidad estuviera subsidiada por la paraestatal del sector. Fermín, el halcón con pistola en mano, irrumpe en la tienda y asesina a uno de los jóvenes que huía de la barbarie gubernamental y, aquel día, marchaba en solidaridad con los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León —no en balde en Monterrey surgirían grupos guerrilleros en esos años—. Jóvenes matando a jóvenes, como en la Noche de Iguala del 26 de septiembre de 2014. Cleo lo reconoce y le estalla la membrana amniótica. Entre las balas, y un tráfico atroz por el Halconazo, trasladan a la sirvienta indígena a la clínica del Seguro Social —donde aparece fugazmente el padre de los niños que cuida en la Roma, comprobando al espectador que no estaba en Quebec como dijo la madre para ocultar a los hijos la separación de la pareja—. La niña nace muerta, lo cual sumirá a Cleo en una depresión profunda.

Abandonadas por los hombres —tópico recurrente en la narrativa y el ensayo mexicano—, a las mujeres corresponderá rehacer el tejido familiar. La mamá cambia de coche (el maltratado Ford del padre por un Renault compacto, a manera de metáfora de la recomposición del núcleo afectivo) y consigue trabajo de editora (sin experiencia alguna en el medio). La joven mixteca salva a tres de los niños de ahogarse en Tuxpan, con una prueba suprema de valor al meterse al mar sin saber nadar. Un abrazo funde a la familia reconstruida de la que Cleo a partir de entonces formará parte. La nueva “aventura” colectiva, según la mamá, suaviza a los hijos. Quizá quedarían atrás los fuertes regaños de la patrona a la sirvienta indígena: el desquite con el débil tras perder los estribos a causa del esposo infiel.

El relato histórico se interrumpe en la última parte de la cinta ocupada en la recomposición familiar en medio de la crisis nacional. Sin embargo, las líneas dibujadas del futuro no son nada alentadoras. Un régimen político que se resiste a cambiar e intolerante a cualquier oposición organizada. La demagogia como instrumento de gobierno en un Estado que pronto no tendrá más que migajas que ofrecer a las clases populares a cambio del voto. El cordón de miseria que rodea a la Ciudad de México multiplicado en los siguientes años con la migración masiva. El surgimiento de la guerrilla urbana como respuesta al autoritarismo estatal. Políticos venales que remplazan a políticos igual o más corruptos. De alguna manera, sugiere la película, en los 70 se cebaron las causas del desastre posterior. Como la familia de Roma, el régimen autoritario también se reconstituyó, pero sin cambiar en el fondo. Por eso, con todo y la armonía hogareña, los roles sociales (y étnicos) quedarían inalterados al final: la faena diaria de subir al lavadero de la azotea con el montón de ropa sucia sería algo que la indígena mixteca no compartirá con nadie.

Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 2018).