Algarabía

La muerte en el arte: así lo refleja la pintura

La pintura ha proyectado a detalle el papel de la muerte en la cosmovisión de la humanidad. Algunos artistas han tomado el pincel para capturar esa aflicción.

Desde hace siglos la muerte y el arte se han vinculado al servir éste como un último homenaje que expresa amor, desesperación, admiración, entrega y fidelidad, entre otras cosas. El resultado es un universo de manifestaciones que bien podríamos denominar «el arte de la muerte», como enterramientos, mausoleos, máscaras mortuorias, esculturas, odas, elegías, réquiems, oratorios y marchas fúnebres. Asimismo, la pintura ha proyectado a detalle el papel de la Muerte en la cosmovisión de la humanidad.

«Llévame a mí» Pocas veces las escenas de las pinturas se centran en los personajes que sufren la pérdida, los que lloran al muerto, los que se quedan furiosos con la vida por la afrenta de continuar solos, por la mala jugada de tomarlos desprevenidos, por perder lo que creían suyo —«Nadie cuenta con ella», dice Octavio Paz sobre la llegada de la muerte—. El deudo pocas veces es protagonista, acaso sus sentimientos parezcan demasiado comunes o egoístas como para ser plasmados en composiciones y colores que irremediablemente nos remitirían a nuestras propias pérdidas y dolores.

A pesar de ello, algunos artistas han tomado el pincel para capturar esa aflicción y pintarlos en el momento justo en que velan a su muerto; han retratado al luto, al llanto, al recuerdo y al lamento, casi siempre a través de un arte figurativo totalmente reconocible, realista, costumbrista: la muerte y su duelo no pertenecen al arte abstracto.


El recurso del color tiende a la oscuridad, pero la teatralidad de la iluminación es precisa para representar el momento en que todo se detiene; los autores fijan su atención en los rostros de los dolientes: unos gritan, otros tienen la mirada perdida, muchos se cubren el rostro con las manos, otros —pocos— están bañados en lágrimas. Son también una constante los cuerpos estáticos —inclinados o recogidos— que revelan su fragilidad, su total abatimiento, su estupor y su duelo.

«Cómo lloró por ella…»

Durante el Renacimiento —siglos XV y XVI— el ser humano se convierte en el centro de la cosmovisión: el individuo ya no sólo sirve a Dios, sino que goza de libertad y tiene valor por sí mismo. En este periodo surgen las primeras representaciones —aún con temáticas religiosas— de individuos totalmente humanizados que sufren ante la muerte. Ejemplo de ello es La Piedad, de Miguel Ángel Buonarroti, en la que la Virgen recibe en sus brazos el cuerpo inerte de Jesús y que, a pesar de su propósito proselitista —«Dios hecho hombre se sacrifica por la humanidad»—, no deja de ser dramática y profundamente empática, ya que plasma el sentimiento de una madre que ha perdido a su hijo.

El arte de la muerte

Con el paso del tiempo cambian el interés, la motivación y la inspiración de los artistas: van de lo religioso a lo mitológico, y de ahí al costumbrismo hasta llegar a la vivencia personal. Con base en lo anterior, presento y describo en estricto orden cronológico algunas pinturas que han ilustrado el lamento y la aflicción de los dolientes:

1. Rogier van der Weyden, Descendimiento de la cruz —detalle—; Bélgica, ca. 1435.

El rostro de la que se presume es María Salomé se presenta en toda su aflicción. El llanto le deforma el rostro, las lágrimas le ruedan por la cara, su cofia le sirve de pañuelo y la tribulación acaba por completo con su compostura.

2. Piero di Cosimo, La muerte de Procris; Italia, ca. 1500.

Una historia de celos que termina en tragedia: Procris, quien dudaba de la fidelidad de su esposo, Céfalo, lo siguió a escondidas cuando salió de cacería. Él escuchó ruidos entre los matorrales, y por error atravesó con su lanza el cuello de su mujer. En la escena, un sátiro —que había vivido enamorado de Procris— la asiste durante su agonía, su mirada triste parece estar grabando en su memoria aquella última imagen, consciente de que nunca más volverá a verla. El perro Laelaps se sienta a sus pies como símbolo de fidelidad.

3. Jan Gossaert, Los tres hijos de Christian II de Dinamarca; Francia, 1526.

El rey encargó este triple retrato de sus hijos —Juan (1518-1532), Dorotea (1520-1562) y Cristina (1522-1590)— in memoriam de la defunción de su esposa Isabel de Austria —hermana del emperador Carlos v—. Los príncipes, estáticos y enlutados, aparecen apretujados en una composición cuya fuerza visual es tan conmovedora como ver a un niño perder la alegría y abrazar el duelo.

4. Caravaggio, La muerte de la Virgen —detalle—; Italia, 1602-1606.

Encargada por Laerzio Cherubini, la obra causó tremendo escándalo: la Virgen no sólo tiene las piernas expuestas, sino que se descubrió que la modelo que posó para interpretarla era una prostituta a la que Caravaggio amaba. La joven que oculta su rostro y llora junto a la Virgen es María Magdalena, quien recibe sobre su espalda una luz que imprime al cuadro drama y solemnidad. La escena no es una idealización divina, sino que representa una muerte real.

5. Joseph Wright, La india viuda; Reino Unido 1785.

El pintor jamás visitó América pero, inspirado por los textos de James Adair —que describen la estoica vigilia mantenida por la viuda de un bravo guerrero—, al alejar el punto de vista del observador, logró comunicar la soledad, el silencio, control e introspección de la mujer.

6. Jean Broc, La muerte de Jacinto; Francia, 1801. Jacinto, hijo de Clío, fue un héroe divino cuya belleza fue deseada por Céfiro y Apolo, quienes lucharon por su amor. El joven se entregó a Apolo, así que Céfiro, consumido por los celos, desvió un disco que había lanzado su rival, golpeando a Jacinto, quien cayó muerto. Cuenta la leyenda que Apolo derramó tantas lágrimas sobre la sangre de su amado que hizo brotar una flor: el jacinto que, desde entonces, es señal de luto.

7. Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson, El entierro de Atala; Francia, 1808. Los temasde esta imagen son el desconsuelo y el sacrificio. Se trata de una escena de Atala (1801), novela de Chateaubriand, en la que el joven indio Chactas se aferra al cuerpo inerte de su amada Atala, una india convertida al cristianismo que se suicida porque no puede casarse con él —su madre había prometido mantenerla virgen—. La sección iluminada resalta la virtud de Atala, mientras que la parte terrenal y carnal del amor es bañada de oscuridad.

8. François-Joseph Kinsoen, La muerte de la mujer de Belisario; Bélgica, ca. 1817. Belisario (505-565) fue un general de Constantinopla que se avergonzaba de su mujer, Antonina —prostituta de soltera y libertina de casada—. Ésta consiguió que la emperatriz Teodora lo acusara de traición, y que luego lo perdonara. La emperatriz le aseguró que a la única que debía la vida era a Antonina; desde ese momento Belisario fue casi un esclavo para su mujer. Se desconoce cuándo murió Antonina, por lo que es probable que Kinsoen pintara esta escena de ánimo sereno y al más puro estilo neoclásico, basado en la imaginación.

9. Peter Fendi, El mensaje fatal; Austria, 1838. Para esta escena fatal sobran las explicaciones, cada personaje y su actitud revelan la historia. Un militar se presenta a entregar el uniforme de un soldado muerto en batalla durante las guerras de liberación contra el Imperio Francés de Napoleón. El efecto emotivo sobre el público es instantáneo al ver a la viuda devastada y a los pequeños huérfanos, a quienes les espera un futuro desolador.

Tres visiones del dolor Estas tres esculturas muestran la visión del dolor de sus autores, yendo de lo más extrovertido a lo más introvertido de la expresión: la primera es de Niccolò Dell’Arca, se trata de una de las cinco figuras que componen Dolor de las Marías sobre el cuerpo de Cristo muerto (1462-1463), la cara y el cuerpo están desfigurados por una inmensa tristeza. La segunda es Nydia (1856), de Randolph Rogers: representa a una víctima de la erupción del Vesubio que sufre la muerte de todos los que la rodean con miedo y cierta resignación. La última es un detalle de la Tumba de Felipe ii, Duque de Borgoña (1390-1406), de Claus Sluter: un doliente ensimismado en su dolor, con la cabeza gacha, el rostro oculto y las ropas que, como escudo, lo aíslan del exterior.

10. Edgar Degas, La familia Bellelli; Francia, 1860-1862. Esta pintura fue motivada por la visita que Degas hizo a su familia —exiliada en Florencia— en 1856. Tardó tanto en terminarla que para entonces —1858— su abuelo Hilaire había muerto —su retrato se aprecia en la pared de la sala—. El drama por la muerte del abuelo y el exilio contrasta con la imagen de Genaro, esposo de Laura —prima de Degas—, un hombre iracundo y de muy mal carácter a quien se le representa desafiante y ajeno al duelo de las otras tres figuras.

11. Vincent van Gogh, Hombre viejo triste —en las Puertas de la Eternidad; Países Bajos, 1890. Se trata de uno de los últimos cuadros que ejecutó el pintor, ya recluido en el manicomio de Saint-Rémy, unas semanas antes de quitarse la vida. Vincent retomó un grabado que había realizado en 1882: un hombre solo y abatido—como él mismo— esconde su pesar con las manos, sentado junto a los restos de un terrible incendio; la muerte se hace presente por la asociación de eventos: incendio-tristeza.

12. Edvard Munch, Junto al lecho de muerte; Noruega, 1893. La tuberculosis fue un mal frecuente entre las familias más pobres de Europa durante el siglo xix, y la de Munch no fue la excepción. Esta imagen permite asistir a la muerte de su hermana Sofie, de 15 años, quien falleció en 1877. Junto a su lecho de muerte están presentes todos sus hermanos, su padre e incluso su madre—que había muerto en 1868—, pero no él: su papel es el de espectador. La escena, apenas iluminada por una vela, proyecta sordidez; los cuerpos no transmiten otra cosa que el dolor y la tristeza que acompañaron a Munch a lo largo de su vida.

13. Francisco Goitia, Tata Jesucristo; México, 1926-1927. En 1925 el autor de este cuadro fue enviado a Oaxaca a realizar estudios sobre los indios zapotecos; Goitia se instaló en un pueblo llamado San Andrés Huayapam en donde, cuenta, fue inspirado por el llanto de una mujer que escuchaba todas las noches desde su choza. Eligió a dos mujeres para que posaran, él les pedía que lloraran, pero no lo hacían; así que empezó pintar los cuerpos. Espontáneamente lloraron el Día de Muertos. Entonces le tomó entre 10 y 20 minutos terminar los rostros, cuyo conmovedor aspecto está logrado a partir de un encuadre hermético, gruesas texturas y un dolor real.

14. Evelyn Williams, Penar; EE.UU., 1996. El duelo se ha transformado, se ha manipulado de tal manera que en nuestros tiempos no se experimenta en soledad: hoy existen la tanatología, los servicios funerarios, los grupos de ayuda, la terapia, etcétera. La vida y obra de la autora refleja esta conciencia de grupo, de dar y compartir; este abrazo de tonos simples y perfectos toca al público contemporáneo porque es tema y sentimiento «de hoy».

15. Shorra, La muerte de un cyborg; Canadá, 2010. Worth1000, un popular sitio web de concursos de foto-manipulación, lanzó en ese año la convocatoria RoboRen para artistas e ilustradores. El objetivo era tomar una obra de arte y «robotizarla» mediante procesos digitales. Shorra obtuvo el primer lugar con su reinterpretación de El primer lamento (1888), del pintor francés William-Adolphe Bouguereau. Con detalles precisos, cables y raspaduras en una piel que luce artificial, logra que el público sienta pena por la muerte de aquel organismo artificial.