‘Roma’ en Los Pinos, un episodio emblemático de la Cuarta Transformación
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‘Roma’ en Los Pinos, un episodio emblemático de la Cuarta Transformación

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‘Roma’ en Los Pinos, un episodio emblemático de la Cuarta Transformación

bulletAllí donde cientos de veces aterrizó Enrique Peña Nieto en su helicóptero, el pueblo se sentó, acomodó su petate, sacó el ponche y se dispuso a ver Roma.

Eduardo Bautista
17/12/2018
Roma, esa denuncia del racismo mexicano y los conflictos de clase, fue proyectada ante una audiencia de risas incómodas.
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Los libros de historia bien podrían nombrar la noche del 13 de diciembre de 2018 como la Toma de Los Pinos. Un episodio emblemático de la Cuarta Transformación de Andrés Manuel López Obrador, que comenzó con la apertura del palacete: fuera los ricos, bienvenidos los pobres. Allí donde cientos de veces aterrizó Enrique Peña Nieto en su helicóptero, el pueblo se sentó, acomodó su petate, sacó el ponche y se dispuso a ver Roma, la película de un México que no se ha transformado del todo.

Dijo Carlos Monsiváis que México es la ciudad en donde lo insólito sería que un acto, el que fuera, fracasase por inasistencia. La convocatoria que lanzó el gobierno para ver la nueva cinta de Alfonso Cuarón no requirió de tanto tiempo de anticipación para conseguir que la gente se congregara en una liturgia popular que sólo puede verse en la estación del Metro o la algarabía del tianguis.

En la puerta de entrada, el caos comenzó a las 6 de la tarde, cuando Mariana, estudiante de la Ibero, recibió un empujón por la espalda. “¡Pinche güerita!”, se escuchó entre la multitud que segundos antes era una fila. Al propagarse el rumor de que ya no había boletos para ingresar a la función, los asistentes —que ya eran mucho más de los 3 mil que esperaba la Secretaría de Cultura— rompieron el orden de la formación para hacerse de una entrada a como diera lugar. Mariana, algo asustada, pidió con la voz entrecortada que no empujaran. “Si no te gusta, no vengas, mamacita”, le gritó alguien.

La película es coprotagonizada por otra “güerita”: Marina de Tavira. Su personaje es, por llamarlo de alguna manera, una señora fifí: vive en la colonia Roma, está casada con un médico, tiene un Ford Galaxie, amigos gringos y dos muchachas que la ayudan en las labores del hogar. Todo lo que Juana Roque Díaz alguna vez deseó para su vida. Ella no pudo quedarse hasta el final de la función porque su casa está a dos horas de Los Pinos, en Xochimilco, donde vive con sus dos pequeñas hijas. Confiesa que no le gustó la película: “no le encontré chiste”. Considera innecesarias las escenas en las que Cleo (Yalitza Aparicio), del servicio doméstico, levanta las heces del perro o lava los trastes.

Es difícil sorprenderse de lo que se vive a diario.

Roma, esa denuncia del racismo mexicano y los conflictos de clase, fue proyectada ante una audiencia de risas incómodas. Risillas cuando Cleo habla sobre su vida sexual en el IMSS, risillas cuando es ofendida por su violento novio —“¡Pinche gata!”—, risillas cuando es abandonada en el cine por estar embarazada. México —el hijo bastardo de la Malinche y Hernán Cortés, como lo llamó Enrique Krauze— a veces sabe reírse de sus propias tragedias.

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Pocos silencios tan demoledores como los que generó la escena en la que Cleo recibe en brazos a su bebé fallecido. México aún se conmueve ante la muerte. Aunque a cuestas haya 200 mil muertos frivolizados en estadísticas y notas periodísticas. México, el de las 2 mil fosas, aún tiene esperanza. O al menos eso fue lo que dijo Susana Mejía. “Tengo 50 años y nunca creí que esto pasaría: abrirle Los Pinos a la gente”. Ella considera que lo que aquí ocurre es una apropiación, la toma de algo muy importante. Pacífica, pero no exenta de tensión.

Taina Campos, diseñadora industrial de 32 años, dijo que es obradorista y morenista. “Sí, sí creo en la Cuarta Transformación. ¿Qué no es evidente que el país ya está cambiando?”, pregunta como retando al contrario. “Esto es un acto democrático, ni más ni menos”, insiste enérgicamente mientras camina sin rumbo definido, porque hay muchas salidas y muchos letreros.

Y es que aquí adentro todo es nuevo y un tanto caótico. Aquí ya no es Los Pinos, la residencia en donde López Obrador prometió jamás vivir. Los Pinos es ahora el nuevo epicentro del pueblo.

Alejandro Márquez, plomero y comerciante del Mercado Sonora, también vaga confuso por el Parque Hormiga. Nadie sabe decirle dónde queda nada, ni la salida. Ni siquiera los soldados de la Policía Militar. A ellos los prepararon para cuidar la otrora casa presidencial, no para dar instrucciones sobre cómo llegar al Metro Constituyentes.

¿Todavía huele a azufre o ya se aireó?”, preguntó Alfonso desde la pantalla de 120 metros cuadrados instalada cerca de la casa desde donde 14 hombres han comandado el rumbo de millones de personas. El cineasta, quien lleva décadas viviendo fuera del país, también da muestra de que la proyección de su película en este lugar es, más que un divertimento, un acto de un simbolismo poderoso; una línea divisoria entre el pasado y el presente. Y el futuro.

La pregunta de Cuarón desató risas, pero también mentadas de madre entre una multitud ávida de ver Roma, pero sobre todo, de ver el inicio de una verdadera transformación.

Es claro que el director no es el único que asocia la vieja casa presidencial con el inframundo político. El mismo que aún provoca el encono de la gente, que se asoma de pronto entre la calma: allí, donde Felipe Calderón caminó orondo con su vestimenta militar, un muchacho de no más de 15 años extiende su dedo medio y señala al Escudo Nacional, como profanando a la patria de los libros de texto y las ceremonias escolares. Seña obscena que en segundos se convierte en foto y en minutos en historia de Instagram. Al fondo, los soldados serios, permanecen estoicos, fuera del drama polarizador que ha generado la Cuarta Transformación. No muestran reacción alguna ante el insulto del muchacho que, con su gesto, se ufana de violar a la patria. Esa tierra de falsos simbólicos en la que el hombre abandona y la mujer, al final, permanece.

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