Sonya Santos

¿Capeado o sin capear?

El debate del chile en nogada no es si va capeado o no, sino lograr cómo lograr el equilibrio entre chile, relleno, nogada y una técnica que no oculte sabores.

Cada temporada vuelve la misma discusión: ¿el chile en nogada debe ir capeado o no? Hay quienes defienden la receta con capeado pasionalmente y quienes prefieren una versión más ligera. Durante años pensé que era una simple cuestión de gustos y posturas puristas, hasta que, después de comer cientos de chiles en nogada y observar con atención distintas preparaciones, entendí que la pregunta quizá está mal planteada.

El capeado es una gran técnica culinaria. Cuando está bien ejecutado, es ligero, delicado y apenas envuelve al chile. No busca ocultarlo ni hacerlo pesado; aporta una textura extraordinaria y forma parte de una larga tradición de la cocina poblana. El problema, entonces, no es el capeado en sí.

El verdadero reto está en el equilibrio del platillo. Un chile en nogada reúne tres protagonistas: el relleno, el chile y la nogada. Ninguno debería imponerse sobre los demás. La grandeza de esta receta radica precisamente en que cada elemento conserva su personalidad y, al encontrarse en el paladar, construyen una armonía que ha convertido a este platillo en uno de los mayores símbolos de la gastronomía mexicana.

Fue entonces cuando decidí explorar otras rutas y encontré una reflexión que me pareció reveladora. Un capeado excesivamente grueso puede convertirse en una barrera entre el chile y la nogada, modificando la manera en que percibimos la delicada salsa de nuez. La nogada deja de dialogar directamente con el chile y el relleno para hacerlo primero con una capa de huevo que cambia la experiencia.

Hay otra observación igualmente interesante. En ocasiones, un capeado voluminoso puede servir para disimular una nogada demasiado líquida. Al adherirse al huevo, la salsa parece más abundante y con mayor cuerpo, aunque en realidad contenga menos nuez de la que debería. Es decir, el capeado puede llegar a ocultar deficiencias de la preparación cuando su función tendría que ser exactamente la contraria: acompañar al platillo, no corregirlo.

Esto no significa que todo chile capeado sea inferior. Al contrario. Un capeado fino, uniforme y casi etéreo puede integrarse perfectamente al conjunto sin robar protagonismo. Como ocurre con cualquier gran técnica culinaria, el mérito está en la ejecución. Las mejores técnicas son aquellas que apenas se perciben porque permiten que los ingredientes brillen por sí mismos.

Quizá por eso la discusión nunca debió reducirse a capeado o sin capear. La verdadera pregunta es si cada uno de los elementos está elaborado con el cuidado que merece. Una buena nogada debe sostenerse por sí misma gracias a la calidad de la nuez, sin depender del huevo para adquirir consistencia. Un buen relleno debe expresar el delicado balance entre frutas, carne y especias. El chile debe aportar su sabor y carácter. Y el capeado, cuando existe, debe ser tan sutil que acompañe sin imponerse.

En el fondo, este debate trasciende al chile en nogada. Nos recuerda que la cocina tradicional no consiste únicamente en repetir recetas, sino en comprender el sentido de cada técnica.

Cuando una preparación necesita esconder sus defectos detrás de un exceso de ingredientes o artificios, algo se ha perdido en el camino. La excelencia culinaria, por el contrario, se reconoce porque no necesita disfraces.

Tal vez esa sea la verdadera enseñanza del chile en nogada. Más allá de las preferencias personales, el objetivo no debería ser defender una postura, sino reconocer el conocimiento técnico que hay detrás de un gran platillo. Porque las mejores recetas no necesitan esconder nada: cada ingrediente habla por sí mismo y, juntos, construyen el equilibrio perfecto.

Notas de sobremesa

Durante mucho tiempo se repitió que el chile en nogada nació en el convento de Santa Mónica para celebrar el cumpleaños de Agustín de Iturbide. Sin embargo, la historiografía actual pone en duda esa versión. Las investigaciones señalan que el banquete ofrecido al consumador de la Independencia ocurrió meses después de su entrada a Puebla y que el platillo difícilmente pudo surgir de un solo episodio. Como sucede con las grandes recetas de la cocina tradicional, el chile en nogada fue el resultado de una evolución culinaria: una salsa de nuez que se fue perfeccionando, chiles rellenos que ya formaban parte del repertorio novohispano y el aprovechamiento de los ingredientes de temporada. Fue en Puebla donde, en algún momento del siglo XIX, todos esos elementos encontraron el equilibrio que dio origen al chile en nogada tal como hoy lo conocemos. A veces, la historia es menos romántica que la leyenda, pero mucho más fascinante

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