“¡Pepe el Toro es inocente!”
La frase forma parte de la memoria sentimental del cine mexicano. En la película Nosotros los pobres, Pedro Infante, convertido en Pepe el Toro, termina recluido en Lecumberri, aquel edificio de muros enormes y corredores interminables que durante décadas sería conocido como el Palacio Negro.
Cada vez que veo esas escenas me pregunto algo mucho menos dramático, pero quizá igualmente revelador: ¿qué se comía en el interior de aquel tenebroso lugar?
El pasado 27 de agosto se cumplieron 50 años del cierre de la prisión. Inaugurada el 29 de septiembre de 1900 con el nombre oficial de Penitenciaría de México, fue concebida como un símbolo de modernidad durante el Porfiriato. Con el tiempo, los habitantes de la capital comenzaron a llamarla Penitenciaría de Lecumberri y, más tarde, Palacio Negro, sobrenombre que terminaría por condensar la historia sombría del lugar.
Años después, el edificio se convertiría en sede del Archivo General de la Nación. Curiosamente, entre los documentos que hoy resguarda se encuentran algunos que permiten reconstruir cómo era la vida cotidiana de quienes alguna vez estuvieron encerrados ahí.
Y también qué comían.
El Reglamento de la Penitenciaría de México es una fuente extraordinaria. Porque no solamente establece qué alimentos debían recibir los presos y organiza la comida como parte del régimen disciplinario.
El día comenzaba alrededor de las siete de la mañana, con atole y pan. Al mediodía llegaba la comida principal: arroz, carne, frijoles —o alguna otra semilla— y pan. Por la tarde, aproximadamente a las cinco y media, se servían nuevamente frijoles y pan.
Una contabilidad de febrero de 1901 conservada en el Archivo General de la Nación confirma prácticamente el mismo menú. Tres comidas sencillas, repetitivas y calculadas para alimentar a cientos de personas. Incluso se contemplaba que algún día la carne pudiera sustituirse por verduras.
Conforme los presos avanzaban dentro del sistema penitenciario y demostraban buena conducta, podían acceder a mejores condiciones. La alimentación formaba parte de esos incentivos. Aparecen entonces alimentos mucho más apetecibles: bistec, huevos, queso y café.
También existía la posibilidad, bajo determinadas condiciones, de adquirir alimentos especiales e incluso de recibir comida del exterior.
La comida, por lo tanto, podía convertirse en una pequeña medida del privilegio dentro de la cárcel.
A la alimentación ordinaria de los presos se le conocía como “el rancho”.
La palabra no nació en Lecumberri. Procedía del lenguaje militar, donde rancho designaba la comida preparada colectivamente para soldados y grupos numerosos. Las cárceles heredaron el término y, con el tiempo, “comer el rancho” terminó significando recibir la ración común del penal.
En el papel, aquel rancho estaba perfectamente calculado.
La realidad fue otra.
Con los años, Lecumberri dejó de parecerse al proyecto penitenciario ordenado con el que había sido concebido. Llegaron la sobrepoblación, la corrupción, los privilegios y una enorme desigualdad entre quienes podían pagar y quienes dependían exclusivamente de la comida oficial.
Las memorias de antiguos presos describen un rancho cada vez más difícil de comer.
José Agustín, quien estuvo preso en Lecumberri, recordaría aquella comida como prácticamente incomible. Otros testimonios hablan de grandes calderos de los que podían salir pedazos de carne y vísceras difíciles de identificar.
Y entonces ocurrió algo que me parece extraordinario: los presos comenzaron a cocinar.
Después del movimiento estudiantil de 1968, varios de los jóvenes y dirigentes encarcelados en Lecumberri organizaron pequeñas cocinas colectivas.
Uno de ellos fue décadas después recordaría que la comida oficial era tan mala que tenían que “arreglarla”, es decir, agregar ingredientes, condimentarla, intentar convertir aquella ración en algo realmente comestible.
Cinco compañeros formaron una pequeña asociación culinaria. Cada semana uno se encargaba de cocinar para los demás.
Y aquí aparece otro ingrediente fundamental de la alimentación carcelaria: las familias.
Madres, hermanas, esposas, amigas y novias llevaban comida durante las visitas. Algunos recuerdan especialmente la cocina de las madres que enviaba alimentos preparados desde casa. Otros presos que no tenían familiares cerca recibían comida de amigas.
Así, dentro de uno de los espacios más duros de Lecumberri, alrededor de una olla improvisada comenzó a ocurrir algo profundamente humano.
La comida se compartía.
Durante 76 años, la historia alimentaria de Lecumberri recorrió un arco enorme: del atole y los frijoles cuidadosamente establecidos por el reglamento porfiriano al rancho de los grandes calderos; de los privilegios que permitían comer bistec, huevos o queso a las pequeñas cocinas colectivas de los presos políticos.
Quizá por eso la comida permite entender una cárcel de una manera que los planos y las estadísticas no consiguen.
Porque una prisión también puede contarse desde sus platos.
Quién comía.
Qué comía.
Quién podía comprar algo mejor.
Quién esperaba el día de visita para recibir un recipiente preparado en casa.
Y quién, frente a una ración imposible, decidió reunirse con otros, encender una pequeña estufa y volver a cocinar.