Sonya Santos

¿Murieron subiendo o bajando?

La historia de Mallory e Irvine en el Everest revive una pregunta: qué comieron los alpinistas en 1924 y cómo ha cambiado la alimentación en la montaña.

En el año 2000 leí Perdidos en el Everest. En busca de Mallory & Irvine, de Peter Firstbrook. Nunca he sido alpinista y sé que jamás habría podido intentar semejante hazaña, pero aquella historia me atrapó.

El cuerpo de George Mallory acababa de ser encontrado en el Everest, 75 años después de que desapareciera junto con Andrew “Sandy” Irvine mientras intentaban alcanzar la cima. La posición del cuerpo, sus lesiones, la cuerda, la ropa y los objetos hallados a su lado se convirtieron en pistas de una investigación detectivesca: ¿había muerto subiendo o bajando?, ¿alcanzaron la cima?, ¿qué ocurrió con Irvine? Estas preguntas salen a colación debido a que veintinueve años después el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay alcanzaron la cima del Everest el 29 de mayo de 1953. Fueron los primeros en llegar a la cumbre y regresar con vida, por lo que su ascenso es reconocido oficialmente como la primera conquista comprobada de la montaña más alta del mundo.

También me impresionaron las fotografías de Mallory e Irvine en el libro. Ver a aquellos hombres ascendiendo con prendas que hoy parecen inadecuadas —lana, gabardina y botas pesadas— resultaba increíble. Casi podía imaginar a alguno con saco, camino de una excursión particularmente fría y no hacia el punto más alto del planeta.

Ahora, más de 25 años después, The Everest Mystery, el nuevo libro de Julie Summers y Jochen Hemmleb, despertó nuevamente mi fascinación. Summers es sobrina nieta de Irvine; Hemmleb participó en la expedición de 1999 que encontró a Mallory.

Mientras leía sobre oxígeno, tormentas y temperaturas imposibles, pensé en algo menos heroico, pero inevitable para mí: ¿qué comían? Y, más aún, ¿qué se come hoy a 8,000 metros?

Las primeras expediciones británicas pertenecen a un mundo remoto. Llegar a la montaña exigía semanas de viaje con decenas de animales, porteadores, tiendas, oxígeno, combustible y provisiones.

Durante años se repitió una imagen irresistible: Mallory avanzando hacia el Everest acompañado de 60 latas de codorniz con foie gras y cajas de champaña Montebello. Sin embargo, los archivos de Fortnum & Mason, la casa londinense que abastecía expediciones británicas, sitúan esas provisiones en la expedición de 1922.

Mallory también participó en aquella expedición, pero algunas publicaciones trasladaron esos lujos a la de 1924. La escena era demasiado buena para desaparecer, con ingleses enfrentándose a la montaña más alta del mundo sin renunciar al champaña.

La comida no era únicamente combustible. También era consuelo, ánimo y una manera de transportar Inglaterra hasta el Himalaya. Pero el Everest va despojando al ser humano de lo superfluo; conforme se asciende, desaparece el lujo.

El 6 de junio de 1924, Mallory e Irvine se encontraban en el Campamento IV, en el Collado Norte. Noel Odell y John Hazard les prepararon un desayuno perfectamente documentado: sardinas fritas, biscuits —galletas— y abundante té y chocolate calientes.

Las sardinas fueron recibidas con entusiasmo, aunque ambos comieron con moderación. Después se colocaron los aparatos de oxígeno que Irvine había trabajado incansablemente para mejorar. Sus mochilas, con dos cilindros, algunas raciones y objetos personales, pesaban alrededor de 11 kilos.

El día 7 alcanzaron el Campamento VI. El 8 de junio, Odell los vio a lo lejos avanzando por la montaña. Después llegaron las nubes y desaparecieron.

No podemos asegurar que aquellas sardinas fueran su última comida, todavía pasaron dos noches en campamentos superiores y llevaban provisiones. Pero es uno de los últimos desayunos que podemos reconstruir con certeza.

Cien años después, en el campamento base nepalí, a 5,364 metros, algunas expediciones comerciales cuentan con cocineros y tiendas comedor. Hay huevos, avena, pan, verduras, sopas, pasta y dal bhat: arroz con lentejas y, generalmente, verduras. También pueden encontrarse momos (empanadas rellenas), fideos, papas, pollo, té, café y postres.

Todavía hay plato, mesa y algo parecido a una comida. Pero al subir, cada gramo importa. Aparecen sopas instantáneas, puré de papa, queso, frutos secos, chocolate y alimentos liofilizados, ligeros y duraderos, que normalmente sólo necesitan agua caliente. También se llevan barras energéticas, geles, caramelos y bebidas con electrolitos.

Por encima de los 8,000 metros comienza la llamada zona de la muerte. El oxígeno resulta insuficiente, respirar exige un esfuerzo extraordinario y el cuerpo empieza a deteriorarse. Entonces surge una paradoja, cuando más energía necesita, menos deseos tiene de comer.

Alimentarse puede significar obligarse a tragar un gel, un chocolate o unas cucharadas de comida liofilizada. Beber tampoco es sencillo, hay que encender un hornillo, gastar combustible y derretir nieve. Durante el ataque final, el alimento debe pesar poco, caber en un bolsillo, manipularse con guantes, no congelarse y aportar energía rápidamente.

El Everest es una especie de embudo gastronómico. Al pie de la montaña todavía existe la cocina. Conforme ascendemos desaparece primero el lujo, después la variedad y finalmente el apetito.

Por eso sigo pensando en aquella mañana de 1924: afuera frío, viento y una inmensidad blanca; adentro, alguien freía sardinas. Mallory e Irvine comieron poco, bebieron té y chocolate, se colocaron el oxígeno y comenzaron a subir.

Más de un siglo después seguimos sin saber hasta dónde llegaron. Pero sabemos qué desayunaron.

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