Lo confieso. A pesar de mi gran interés por la literatura y la historia, nunca había leído La Ilíada ni La Odisea; únicamente conocía extensos resúmenes de estas epopeyas, poemas épicos compuestos en hexámetros dactílicos, el verso característico de la antigua Grecia.
Recuerdo que, en la clase de Literatura I, durante el segundo semestre de preparatoria en el Tec de Monterrey, el profesor nos narró la historia de Odiseo, aquel viaje que se prolongó durante diez años antes de regresar a Ítaca para reencontrarse con su amada Penélope. Con el reciente estreno de la película de Christopher Nolan decidí, por fin, escuchar La Odisea en un audiolibro. Quería disfrutar la película, pero también descubrir por qué esta obra sigue fascinando al mundo casi tres mil años después.
Muy pronto entendí que, detrás de los cíclopes, las sirenas, Circe y los dioses, existe otra historia que pocas veces se comenta: la de la comida como reflejo de la condición humana.
Quien busque en Homero recetas detalladas o refinados banquetes probablemente saldrá decepcionado. Sus mesas suelen ofrecer pan, carne asada y vino. Sin embargo, esa aparente sencillez esconde una profunda reflexión. Homero comprendió, casi tres milenios antes de que existieran la antropología o la sociología de la alimentación, que la manera en que una sociedad comparte el pan revela quién es. En La Odisea, la comida nunca es un simple placer; es un lenguaje moral.
Los feacios ofrecen el mejor ejemplo. Cuando Odiseo llega exhausto a su isla, nadie le pregunta quién es ni de dónde viene. Primero le ofrecen un asiento, pan, carne, vino y descanso. Solo después comienzan las preguntas. Para los griegos, la xenia, el deber sagrado de hospitalidad protegido por Zeus, era uno de los pilares de la civilización.
En el extremo opuesto están los pretendientes que ocupan el palacio de Ítaca. También celebran banquetes, pero lo hacen consumiendo la riqueza ajena. Homero describe una y otra vez los animales sacrificados y el vino que corre sin medida. No es una celebración de la abundancia, sino una denuncia del abuso y de la corrupción moral.
El episodio del cíclope Polifemo resulta todavía más revelador. Posee rebaños, ordeña a sus ovejas, cuaja la leche y almacena quesos en canastos de mimbre, una de las descripciones más antiguas que conservamos sobre la elaboración del queso en Europa. Sin embargo, todo ese conocimiento queda anulado cuando devora a sus huéspedes. Para Homero, dominar una técnica no basta para ser civilizado; el respeto al otro es lo que verdaderamente distingue a una comunidad.
La misma enseñanza aparece en el porquerizo Eumeo. Aunque vive con modestia, recibe al desconocido Odiseo —sin reconocer a su antiguo señor— con pan, carne y vino, compartiendo generosamente cuanto posee. La nobleza no depende de la abundancia de la mesa, sino de la disposición para compartirla.
Llama la atención lo que Homero decide omitir. Apenas habla de verduras, frutas o recetas complejas, aunque sabemos que formaban parte de la alimentación griega. Su interés no era describir la cocina, sino mostrar que alrededor de la mesa se ponen a prueba la generosidad, la justicia, el respeto y la piedad.
Más de 2,700 años después, esa mirada conserva plena vigencia. Seguimos juzgando a las personas por la forma en que reciben a un invitado, por cómo comparten el pan y por el respeto que muestran hacia los demás. Cambian los ingredientes, los utensilios y las recetas, pero la comida continúa siendo un lenguaje social.
El mayor legado culinario de Homero no fue enseñarnos qué comían los griegos, sino recordarnos que la forma en que una sociedad comparte sus alimentos dice tanto de ella como los propios alimentos.
Notas de sobremesa
La Odisea fue compuesta hacia finales del siglo VIII a. C. y, sin embargo, hay algo que permanece intacto desde entonces: el amor. La espera paciente de Penélope, la determinación de Odiseo por regresar a Ítaca y la fuerza de un vínculo capaz de resistir veinte años de separación nos recuerdan que, aunque cambien las épocas y las formas de vivir, el corazón humano sigue latiendo de la misma manera. Quizá esa sea la verdadera razón por la que Homero continúa emocionándonos casi tres siglos después: porque comprendió que hay sentimientos que el tiempo nunca consigue envejecer.