Hoy vuelve a jugar Argentina, la campeona del mundo. Basta escuchar su nombre para que aparezcan de inmediato las imágenes de Lionel Messi, las camisetas albicelestes, los estadios repletos y una tradición futbolística que ha dado algunos de los jugadores más admirados del planeta.
Pero en Argentina, ver jugar a la selección no suele ser solo un asunto de cancha. También es una escena doméstica, familiar, de amigos reunidos frente al televisor, de sobremesa larga y, muchas veces, de brasas encendidas. Porque si el futbol es una de las grandes pasiones argentinas, el asado es una de sus formas más profundas de convivencia.
La historia de esa relación con la carne comenzó mucho antes de que el futbol conquistara al país. Los primeros bovinos llegaron al actual territorio argentino a mediados del siglo XVI, procedentes de Brasil y descendientes de animales introducidos antes desde Panamá y Venezuela. Para cuando Buenos Aires fue refundada en 1580, el ganado ya se había adaptado con enorme éxito.
Las pampas, con sus extensos pastizales y su clima favorable, permitieron que los rebaños crecieran de manera extraordinaria. Para el siglo XVIII, millones de reses pastaban casi en libertad. Más tarde llegarían razas británicas como Angus, Hereford y Shorthorn, que elevaron la calidad de la carne y consolidaron la ganadería como una de las grandes riquezas nacionales.
Esa abundancia hizo que la carne dejara de ser un lujo para convertirse en alimento cotidiano. Los gauchos, protagonistas de la vida en las pampas, encendían el fuego durante sus jornadas y asaban cortes directamente sobre las brasas. Era una comida sencilla, sin grandes artificios, pero profundamente ligada al campo, al trabajo y a la pausa compartida.
De esa práctica nació una de las tradiciones más emblemáticas de Argentina: reunirse alrededor del fuego. El asado no es solo una técnica de cocción; es una ceremonia. Tiene tiempos, silencios, conversaciones, jerarquías y paciencia. Mientras las brasas hacen su trabajo, la mesa se va llenando de historias.
Sorprendentemente, durante mucho tiempo el gran negocio no estuvo en la carne fresca, sino en el cuero, el sebo y la lengua (empacada en barriles con salmuera), productos que se exportaban a Europa. Para aprovechar mejor el animal surgió el tasajo: tiras de carne saladas y secadas al sol que podían conservarse durante meses y que se convirtieron en un importante producto de exportación del Río de la Plata, incluso hacia las plantaciones del Caribe y Brasil.
Con los años, aquella carne cocinada por necesidad se transformó en símbolo nacional. Hoy el asado representa familia, amistad, domingo, celebración y pertenencia. Y quizá por eso resulta tan natural imaginar a millones de argentinos viendo jugar a su selección mientras una parrilla arde cerca.
Esta vez, el partido tendrá además un ingrediente especial. No solo se enfrentarán dos países en la cancha, sino también una leyenda viviente frente a una de las grandes revelaciones de este Mundial. Se trata del arquero de Cabo Verde, Josimar José Évora Dias, conocido como Vozinha, de 40 años, quien hasta hace poco defendía la portería de un modesto club de la segunda división de Portugal y era prácticamente un desconocido. Con sus atajadas ha llevado al archipiélago africano a una instancia histórica.
La pregunta queda servida, casi como el plato principal de la jornada: ¿podrá detener los disparos de Lionel Messi?
Eso lo sabremos cuando ruede el balón
Notas de sobremesa
El dato más citado es que el vapor francés Le Frigorifique, en 1877, zarpó desde el Río de la Plata con carne congelada rumbo a Europa, en una de las primeras pruebas para demostrar que la carne argentina podía cruzar el océano sin echarse a perder. Su destino fue Francia, especialmente el puerto de Ruan. Poco después, Le Paraguay perfeccionaría la hazaña llevando carne congelada hacia Le Havre. Desde entonces, el frío cambió la historia; la pampa dejó de alimentar solo a su territorio y comenzó a sentarse en las mesas europeas.