Ayer, mientras revisaba el calendario del Mundial, me llamó la atención que jugaba Turquía. Al pensar en los turcos dentro de la cancha, regresó a mi memoria una imagen de la infancia: aquellos migrantes a quienes todos llamaban “turcos”. Con el tiempo descubrí que, en realidad, no provenían de Turquía. Pero antes de llegar a eso, déjenme explicarme.
Hoy Turquía es una república moderna situada entre Europa y Asia. Sin embargo, durante siglos fue el corazón de una de las grandes potencias de la historia: el Imperio Otomano. Fundado a finales del siglo XIII, llegó a extenderse por tres continentes y gobernó un vasto territorio que abarcaba desde los Balcanes hasta el norte de África y la Península Arábiga. Más que un país, fue un mosaico de pueblos, lenguas y religiones unidos bajo una misma administración.
En muchas ciudades de América Latina existe una curiosidad histórica que suele pasar inadvertida. Durante buena parte del siglo XX, millones de personas llamaron “turcos” a hombres y mujeres que en realidad provenían del Levante mediterráneo. Muchos de ellos nunca habían pisado la actual Turquía ni hablaban turco. Entonces, ¿por qué recibieron ese nombre?
La respuesta se encuentra precisamente en el Imperio Otomano. A finales del siglo XIX, miles de habitantes de sus provincias árabes comenzaron a emigrar hacia América en busca de oportunidades económicas y de mayores libertades políticas y religiosas. Cuando desembarcaban en Veracruz, Buenos Aires, Santos o Nueva York, sus documentos habían sido emitidos por las autoridades otomanas. Para los funcionarios migratorios y para la población local, eran simplemente “turcos”.
Entre aproximadamente 1880 y el inicio de la Primera Guerra Mundial, cientos de miles de personas cruzaron el Atlántico. Muchos llegaron con poco más que una maleta, conocimientos comerciales y una extraordinaria capacidad de adaptación. Comenzaron como vendedores ambulantes recorriendo pueblos y rancherías, ofreciendo telas, botones, agujas y pequeños artículos de uso cotidiano. Con el tiempo abrieron tiendas, almacenes y empresas que transformaron el paisaje comercial de numerosos países latinoamericanos.
La huella de aquellas migraciones sigue presente hasta nuestros días. Apellidos como Harp, Nader, Slim, Abed, Mansur, Chedraui, Helú, Canavati, Bichara o Mouriño recuerdan ese origen levantino que se integró profundamente a las sociedades americanas sin perder del todo su memoria familiar.
México conserva además un símbolo extraordinario de aquella historia. En 1910, durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, la comunidad otomana residente en el país obsequió a la ciudad un elegante reloj monumental que todavía puede admirarse en la esquina de Venustiano Carranza y Bolivar, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Aunque popularmente se le conoce como el “Reloj Otomano”, en realidad también es un monumento a las comunidades que encontraron un nuevo hogar al otro lado del océano, especialmente la libanesa.
Sin embargo, quizá ninguna herencia haya resultado tan visible y cotidiana como la gastronómica.
Pocos movimientos migratorios han dejado una huella culinaria tan profunda en América Latina. Platillos como el kibbeh o kipe, el tabule, las hojas de parra rellenas, el jocoque, el falafel y el hummus comenzaron a formar parte de la vida cotidiana mucho antes de que la cocina mediterránea se pusiera de moda.
En distintos países del continente, estas tradiciones culinarias se adaptaron a ingredientes locales y generaron expresiones propias. El ejemplo más conocido es quizá el taco al pastor. Aunque hoy se percibe como uno de los grandes símbolos de la gastronomía mexicana, su origen está ligado a los inmigrantes que trajeron la técnica del shawarma, la carne cocinada en un asador vertical, que con el tiempo incorporó cerdo, chiles y achiote mexicanos.
Quizá por eso la historia de los llamados “turcos” resulta tan fascinante. Porque en realidad nunca fue solamente una historia de migración. Fue también una historia de comercio, identidad, adaptación y gastronomía. Una historia en la que un pasaporte emitido por el Imperio Otomano terminó conectando pueblos separados por océanos y culturas distintas. Una historia que aún puede leerse en los apellidos de muchas familias, en un reloj centenario del Centro Histórico y, sobre todo, en los sabores que llegaron de un lado del mundo para convertirse en parte del otro.
NOTAS DE SOBREMESA
Hoy, a las 9 de la noche, hora de la Ciudad de México, sí juegan en el Mundial los verdaderos turcos. Su selección enfrentará a Paraguay. Curiosamente, mientras once futbolistas representan a la Turquía moderna sobre la cancha, millones de latinoamericanos seguimos utilizando una palabra heredada de un imperio desaparecido hace más de un siglo.