Muchas y graves tragedias se dan en nuestro país. Para algunas, hay ocasión de mitigar y revertir, y por ello no hay que darse tregua, poner los recursos y el talento, porque entregarse a la fatalidad no es opción. Muchas veces en la historia de México hemos superado situaciones que nos herían.
La situación a la que me quiero referir es el abandono escolar. Es derecho humano, reconocido por las convenciones internacionales y por la Constitución, que cada niña y niño en el territorio mexicano esté, aprenda y participe en su educación. Es grave que no tengamos posibilidad de llevar escuela digna a cada una, a cada uno, en toda la geografía nacional, pero más grave es cuando perdemos a alguien que ya estuvo uno o varios años sentado en un salón de clase; el abandono -todavía hay quien usa la expresión, irreflexiva y denigrante, “deserción”- tiene consecuencias devastadoras sobre las oportunidades concretas en el presente y futuro de las personas, y de sus comunidades.
No sólo y no principalmente se pierden “conocimientos”; se pierde socialidad, resguardo, el aprendizaje de pares, juego; se violentan derechos y se crean condiciones crónicas para no poder gozar de ellos y exigirlos. Hay historias de excepción, pero que confirman la regla: fuera de la escuela alguien puede aprender mucho, ampliar su mundo y “triunfar”, pero por cada historia positiva hay cientos y miles de contraejemplos, un desangramiento de desarrollo personal, que queda herido, si no es que truncado.
Desde que inició la pandemia hemos insistido en la inexistencia o fragilidad de soluciones amplias para revertir el abandono. Ahora que se aprobó en lo general el Presupuesto 2023, es importante insistir en qué aspectos debe invertirse, con una adecuada comprensión del fenómeno y sin la justificación típica y recurrente.
Que no nos quiera confundir el presidente, funcionarios de la SEP y sus epígonos: las becas no resuelven el abandono. Son una excelente medida preventiva, y, además, a condición de que no sea la única: los estudiantes se arraigan si cuentan con ese apoyo, pero también si la infraestructura es, para empezar, segura y digna -pensemos en lo que implica para las muy jóvenes menstruantes que no haya baños adecuados; si hay suficientes docentes para atender a los grupos; si la dinámica de convivencia no es violenta y discriminatoria, si hay transporte accesible, si el entorno no es un peligro. Ojo: para las becas ni siquiera hay que asistir regularmente a la escuela, sino inscribirse y recoger el plástico en el que se deposita el apoyo, que no llega a 900 pesos mensuales.
Esas medidas de contención, que en realidad son condiciones generales de permanencia, NO son una solución cuando el abandono ya se produjo. Son elementos “centrípetos” para que lo que aleja no sea más fuerte que lo que permite quedarse. Lo que se requiere, como reiteramos hasta el vértigo en meses anteriores, es una estrategia nacional de búsqueda y reconexión de los ausentes. Si alguien no volvió tras la reapertura de las aulas, se requieren varios pasos en una secuencia lógica: 1) que no se genere una barrera formal, es decir, que si alguien regresa por su propio pie los requisitos formales no hagan el “centrifugado” de nuevo, y alejen a niñas y niños del centro escolar. Esto sí lo entiende el correspondiente equipo de la SEP. Y aunque haya que lidiar con el prejuicio clasista y capacitista, las reglas de admisión, no reprobación y certificación ampliada de los grados escolares es una buena política pública. Justo la dificultad es que nos quedamos sólo en el paso 1 a nivel nacional.
El paso 2 es la búsqueda. Ella requiere tácticas, calendario, coordinación y dinero. La autoridad educativa se recarga abusivamente sobre directivos y docentes cuando les manda a buscar a los perdidos. Además de la importancia de que cada escuela pueda gestionar con solidez y cuidado los datos personales de los alumnos, se requiere del apoyo de las autoridades de Salud, del DIF local, de la Procuraduría de Infancia, de los agentes de seguridad de la localidad, de las demás familias y organizaciones comunitarias. Por ejemplo, para el nivel Inicial hay un esquema nacional de visitas domiciliarias: la SEP ya tiene la metodología y la experticia para ir a buscar a un niño en territorio nacional; sabe cómo se costea y cómo se supervisa. Pero la SEP ya se acostumbró a que no aprende de otros, porque ni siquiera aprende de sí misma.
Una vez localizado la o el ausente, bien lo realmente complejo, paso 3: se requiere un análisis de qué es lo que mantiene al estudiante alejado. ¿Es realmente el costo de oportunidad, y ya con la beca, como si fuera una “mordida”, lo convencemos y a su familia de regresar? Esa es una visión profundamente equivocada. En general, si alguien no regresa a la escuela, es porque ha sido reclutado -embarazo, cuidado de hermanos menores, enfermos o adultos mayores, trata, crimen, trabajo informal, quedarse en bandas de amigos- o bien porque perdió ánimo y confianza (lo que se registra en las encuestas como indicios de depresión y ansiedad, “ya no quiere estudiar”, etc), porque se recrudecieron barreras de hostilidad -el peligro del camino, el control del narco, más discriminación o buleo en la escuela. Todo ello requiere un trato cuidadoso, personalizado y respetuoso, aún antes del diagnóstico de aprendizajes perdidos. Hay multitud de partidas de las cuales echar mano; si el dinero no se lo traga el cemento, se puede hacer algo para ir por ellas y por ellos. Para buscarles, hay que invertir dinero e inteligencia. Dinero hay desbordante, hasta 24 mil mdp en La Escuela es Nuestra. Sería una macabra broma que sea “nuestra”, pero de “los que se fueron”.