David Calderon

Regreso sin equidad

Ha resultado contradictoria, decepcionante y lamentable la confusión ligada a planes y programas de estudio cocinados en microondas.

La irrupción que trajo en la vida de niñas, niños y adolescentes el encierro por la pandemia de Covid-19 no ha terminado y además es diferenciada. A prácticamente todo el mundo –nunca mejor dicho– llegó esta especie de inundación que nos aislaba, pero no a todos nos fue igual. Las situaciones de desventaja, en todos los campos, incluida la desventaja para el aprendizaje, se ahondaron y agravaron.

Hubo cambios profundos en las prácticas cotidianas (por ejemplo, en la rutina de sueño y ejercicio, la alimentación, la distribución de tareas domésticas, el uso del tiempo), y se produjeron ajustes importantes en las relaciones familiares que, ante la convivencia intensa, recorrieron una gama que va del afecto y el fortalecimiento mutuo, la charla y el juego ampliados a la exacerbación de la tensión y la violencia de puertas adentro. La condición de reto socioemocional –desde el obvio y bien fundado temor al contagio hasta la tentación de la pasividad, la resignación y la melancólica y egocéntrica autocomplacencia– van a estar flotando en el ambiente por más tiempo que la duración de la ola viral en la que se desataron.

Es todavía muy pronto para decir si esta etapa se va a estabilizar como una época de cambios, o si en verdad resultará en un cambio de época, algo así como la peste negra que antecedió al Renacimiento en Europa, o la devastación que trajo a nuestro continente el hueyzáhuatl, la viruela que desarticuló a casi todas las sociedades de las islas y los asentamientos urbanos de nuestro continente en las invasiones europeas del siglo XVI.

Si los efectos de la emergencia nos van a acompañar por muchos años, desde los personalísimos duelos y maduraciones hasta los impactos en la socialización y los aprendizajes ligados a la escuela, es crucial examinar con evidencia y honestidad los saldos; si entendemos qué nos pasó, podemos trazar una ruta sólida para reforzar, recuperar y nivelar, especialmente en la dimensión socioemocional y en los aprendizajes fundamentales de lectura de comprensión y de resolución matemática.

Los reportes internacionales ayudan a ubicarnos con respecto de la situación de México, pues la actuación de las autoridades federales ha sido contradictoria, errática e insuficiente. Sigue sin haber un esfuerzo sistemático de ubicar con evidencia en qué punto estamos. UNICEF diseñó y entregó a la SEP, que no lo ha hecho público, un sistema de monitoreo de asistencia para detectar la velocidad y amplitud de las reaperturas, y mapear dónde se están dando las situaciones en las que no se recupera la presencia de todos los estudiantes antes matriculados. No se han devuelto los resultados a las propias escuelas, no se conocen los datos, para los docentes y directivos se experimentó como una carga más y, sobre todo, de la detección no resultó ninguna intervención significativa. Aquí y allá algunas autoridades estatales sí impulsaron la reconexión, pero aunque desde meses atrás se propuso, la SEP no encabezó un esfuerzo social.

Apenas en la reunión de autoridades educativas del fin de semana pasado la secretaria Gómez volvió a anunciar que se hará un gran esfuerzo nacional para revertir el abandono. Los ‘cómo’, los ‘cuándo’ y los ‘quién’ y los ‘con qué' siguen siendo un misterio, y continúan haciendo anuncios que no proponen una actuación conjunta, intersectorial, ni un esfuerzo comunicativo a las familias y la sociedad civil, ninguna convocatoria a asociaciones comunitarias y civiles… todo endogámico, opaco y sin rendición de cuentas.

Si por un lado resultó esperanzador la publicación por parte de la SEP, en abril de este año, del texto Estrategia Nacional para Promover Trayectorias Educativas y Mejorar los Aprendizajes de los Estudiantes de Educación Básica, en el que se asume que hay pérdida importante de aprendizajes en las y los estudiantes del país, ha resultado contradictoria, decepcionante y lamentable la confusión ligada a planes y programas de estudio cocinados en microondas, llenos de declaraciones retóricas pero confusos, imprácticos y llenos de mezcolanza pedagógica, impertinentes y sin consulta –como marca la ley– a niñas y niños, familias, personas con discapacidad, pueblos y comunidades indígenas. Por su lado, MEJOREDU presenta cifras viejas, no retoma las evaluaciones y estorba las que puede, y se empeña en un road show por los estados en los que las propuestas de solución brillan por su ausencia.

Para tener datos sólidos e independientes de los registros administrativos, hay que recurrir a reportes internacionales que la autoridad federal se empeña en desconocer. El más reciente para nuestra región, ‘Dos años después. Salvando a una generación’, publicado hace unos días por UNESCO, UNICEF y Banco Mundial tiene las cifras para México del estudio conducido por nosotros, con respecto del cual la SEP no se ha dignado acordar una reunión para exponerle los hallazgos.

Hay esperanza, pero estamos en una etapa de ‘hágalo usted mismo’. El regreso a clases ha sido irregular, excesivamente gravoso para los docentes y las familias, y sin verdadera coordinación por la autoridad. Hay que intensificar la exigencia, en contexto de monólogo federal, y sobre todo, ampliar la colaboración y el reconocimiento mutuo de quienes, en multitud de puntos y funciones en el país, buscan equidad, justicia y proyecto para ofrecer algo mejor a la generación joven.

El autor es presidente ejecutivo de Mexicanos Primero.

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