David Calderon

Sociedad civil como tarea

Cuando el caudillo es el cambio, entonces realmente no habrá cambio; sólo de caudillo, cuando se agote, se vaya o lo suplanten.

La aprobación de restricciones al funcionamiento de los donativos deducibles de impuestos es el más reciente episodio de una nueva oleada de reacciones contra la sociedad civil desde el gobierno.

No es la primera, no parece que vaya a ser la última, no es exclusiva de este gobierno federal. Soy de la idea que no hay una conjura única y planificada al detalle para desmantelar a las asociaciones; me parece, en cambio, que estamos delante de dos líneas con motivaciones diversas: una primera, la reacción muy básica, airada y resentida, en contra las actuaciones de contrapeso democrático que acotan los planes de la autoridad. Una segunda, en cambio, viene de un atribulado manejo de las finanzas públicas que quiere concretar obra tangible para el bienestar, pero no se decide a recaudar en forma más agresiva a las grandes fortunas. El equipo de luchadores que se abalanza contra las organizaciones es mitad rudo y mitad técnico.

El primer ángulo es una reacción típica del talante autoritario y va más o menos como sigue: “Si ustedes me eligieron, ahora se aguantan mis decisiones. No me estén pidiendo razones, no me estén presionando para resultados, no se opongan a mis proyectos favoritos. Déjenme trabajar. Si anuncié acciones y metas, no se atraviesen a cuestionar los medios. Sobre todo, no se atrevan a hacerme sentir que ustedes lo tienen más claro que yo”.

Esa reacción es caprichosa, es visceral, es universal; es la típica de los proyectos caudillistas que no se transformaron en auténticas propuestas de cambio social. Cuando el caudillo es el cambio, entonces realmente no habrá cambio; sólo de caudillo, cuando se agote, se vaya o lo suplanten.

El contrapeso al caudillo viene de una multitud de actores del espacio no gubernamental: las organizaciones comunitarias que no quieren que se hagan obras en su entorno; los estudiantes que creen que se están restringiendo sus expresiones; las asociaciones profesionales que prevén afectaciones; las OSC que hacen estudios y demuestran que los números presentados están mal, o que el efecto anunciado como logro no es tal.

Desde una marcha, pinta o plantón, pasando por una entrevista ingeniosa, un artículo irónico o un estudio profundo, hasta llegar a una canción sarcástica, un documental de denuncia, una demanda de amparo o un caso en la Corte Interamericana, los críticos del gobierno son candidatos para la ira del prócer, y por lo tanto objeto favorito de adjetivación y denostación; en forma real o ficticia hay que mostrar que a) no son auténticos, porque trabajan para mis oponentes políticos; b) tienen errores o limitaciones que los descalifican; c) algo les podemos descubrir, que muestre que no son tan honestos, o bienintencionados como pretenden; d) mejor todas las anteriores, sumadas y revueltas. Hay que ponerlos en listas para exhibirlos en cadena nacional, hacerles contraperiodicazos; echarles encima una auditoría del SAT; halagarlos para que le bajen, sumarlos a que colaboren, pero calladitos; o amenazarlos para que se inhiban, hablarles a sus amigos, apoyadores o donantes privilegiados para que ya no les hagan segunda. Hay que desacreditarlos, en los dos sentidos: que no tengan credibilidad y que tampoco tengan moneda para ejecutar su actuación, sus estudios, sus ruedas de prensa o sus plantones; hay que pegarle a su base financiera.

Los del bando técnico, por su parte, piensan que toda deducción es pérdida fiscal. Obligan entonces al receptor de donativos para que actúe como espía para el gobierno: un control adicional de antilavado, una instancia de preauditoría, la ocasión de cachar a alguien con errores en sus reportes, o su dirección fiscal, o en su acta constitutiva. Más y más normativa estrangula la voluntad de donar y deducir, y pospone un poco el cobro más severo de impuestos. A todo gobierno le encanta ser el que inaugura y dispensa bienes, y la diversidad de la sociedad civil le disgusta. Hay que azuzar a los sectores populares para que les tengan desconfianza y resentimiento. Como la sociedad civil es una tarea, hay que presentarla como privilegio: como conseguimos medios para vocear estas causas, no somos auténticos; tenemos que hacernos a un lado y dejar a los funcionarios hacer todo, y a la gran masa ampliar su paquete como derechohabientes, y unas decenas de pesos más a sus becas. En el fondo, los enemigos de la sociedad civil no son tan distintos entre sí.

El autor es presidente ejecutivo de Mexicanos Primero.

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