David Calderon

Los libros y las prisas

La generación de libros de texto comienza por una revisión del plan y programa de estudios; sin ello, el cambio entonces no es tan radical, sino una ‘enchulada’ revisionista.

Los libros de texto gratuitos son un legítimo orgullo para México y a la vez implican un enorme reto de equilibrio. Prácticamente ningún país hace un esfuerzo tan intenso para dotar de una colección, al menos siete libros para cada niña y niño de primero a sexto grado. Un tiraje anual cercano a 143 millones de ejemplares. Una estrategia de equidad que apunta a que no sea el poder de compra de madres y padres lo que permita a cada niña tener un recurso educativo de la máxima actualidad, desde la visión de la educación como un bien público y un derecho fundamental; un recurso que invita a la ciudadanía compartida; una pieza de arte pedagógico; un referente atractivo y sólido que sirva no para agotar la curiosidad, sino para acrecentarla y hacer de ella la compañera de toda la trayectoria de desarrollo infantil.

Tiene su complejidad usarlo en su justa proporción: si se le otorga un papel excesivo, se convierte en la única versión ‘oficial’ de la realidad y empobrece el aprendizaje; se corre el riesgo de que maestras y maestros ya no investiguen ni indaguen, ya no escriban ni generen sus propios materiales, o –en el peor de los casos– sientan y asuman que son los servidores del libro, como si del Corán o del Libro del Mormón se tratase, y no –como corresponde– que el libro sea un recurso dependiente de la decisión docente para ser interpretado, contextualizado o puesto en cuestión.

Error, veleidad o desatino en sus textos amerita al menos dos millones de correcciones, una por cada niña o niño que es su destinatario. Su misma trascendencia en la experiencia escolar conlleva una responsabilidad de gran pulcritud en la edición; cuidado, sobriedad y balance en la escritura; seriedad en su factura; múltiples revisiones. Y por ello hay razón en reprocharle a la SEP la falta de claridad y el chocante desenfado con el que se ha abordado en estos días la evaluación, revisión y/o generación de 18 libros de texto, a concluirse en apenas semanas. Lo primero a reprochar es la cochambrosa ambigüedad de la empresa misma: ¿es evaluación de textos ya escritos, o generación desde cero de secuencias didácticas que se incorporarán al cuerpo del libro, o que más bien quedarán como alternativas de actividades en un respaldo digital? ¿Cómo es que se están haciendo en paralelo las ilustraciones, si no hay texto ya fijado? ¿La convergencia de lo escrito desde cero y lo dibujado/pintado/diseñado se dará sólo porque los títulos son los mismos?

Lo segundo que preocupa es la fragilidad pedagógica. La generación de libros de texto comienza por una revisión del plan y programa de estudios (que corresponde en la SEP a la Dirección de Desarrollo Curricular, y no a la Dirección de Materiales Educativos, que es la que encabeza Marx Arriaga); sin ello, el cambio entonces no es tan radical, sino una ‘enchulada’ revisionista, una pintada y pulida de carrocería, y no el fin de 62 años de extravío, como lo planteó el ahora notorio funcionario. Incluso si es mero ajuste, requiere un diagnóstico de las limitaciones del libro anterior, con elementos no de la subjetividad y tanteómetro de los nuevos autores, sino desde la evidencia de las evaluaciones y en la retroalimentación recabada de los docentes frente a grupo.

El tercer reproche se puede colocar en la premura y la impertinencia. ¿Por qué la prisa? Si tuviera que ver con de verdad apuntalar el derecho de niñas y niños, entonces no se tendría un proceso de apenas semanas, multiplicando los riesgos del error y el desajuste. ¿Cómo unificar los aportes de más de dos mil coautores? ¿No será que ya están escritos, y todo el numerito es fingir la participación en algo que ya está decidido? O, si no es así, ¿cómo asegurarse que no tendremos una variopinta colcha con parches de varios tamaños y consistencias? ¿No es terriblemente adultocéntrico plantear como logro que se hizo rápido, y no el rigor de que se hará bien? ¿Por qué, si se quiere algo mejor que lo que hicieron las ‘élites desplazadas’, como es la narrativa de Arriaga, y se trata de que exprese al colectivo, que sea fruto del trabajo colegiado, no está contemplado ningún proceso de consulta a las familias, o bien a las niñas y niños mismos? ¿Es razonable dedicar tanta energía, retórica y prisa a hacer libros nuevos, cuando lo que menos necesita el magisterio es prepararse para nuevos materiales, hasta ahora desconocidos, cuando se requiere la máxima concentración para reducir el currículo a aprendizajes esenciales? ¿Por qué no poner el acento en apuntalar el bienestar emocional, y en cambio recaer en más y más contenidos?

Lo peor es que se anticipa la Santa Cruzada de quienes se rasgarán las vestiduras porque en tal o cual página aparecerá el Che o personaje semejante, porque se hablará de sexo y género, o se cuestionará el neoliberalismo. Terrible que no se indignen con cinco millones de vidas en riesgo de pobreza y sometimiento por estar fuera de la escuela. Resolver eso debiera ser nuestro trabajo colegiado, no caprichos.

El autor es presidente ejecutivo de Mexicanos Primero.

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