Hace unos días, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, declaró que uno de sus objetivos en el proceso de revisión del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) es reducir el déficit comercial que su país tiene con sus dos socios de América del Norte, y aseveró que está dispuesto a utilizar aranceles para conseguirlo.
En estas declaraciones subyacen al menos dos errores en materia económica. El primero es la noción de que un déficit comercial es algo negativo. Que un país adquiera más bienes y servicios de otro no es signo de debilidad ni de desventaja. Si yo le compro más al supermercado de la esquina de lo que le vendo, no quiere decir que esté en una situación de desventaja o que esté siendo víctima de un abuso. El que dos países comercien les permite explotar sus ventajas comparativas, con beneficios para ambos. Esto lo demostró el economista británico David Ricardo hace dos siglos. Es de los conceptos en los que la abrumadora mayoría de los economistas está de acuerdo, pero que a los políticos, una y otra vez, les cuesta trabajo entender. Recurrir a una mentalidad mercantilista es tan fácil como erróneo.
El segundo problema es asumir que los déficits desaparecerán con el uso de aranceles. El desequilibrio comercial de Estados Unidos se explica por el hecho de que es un país que invierte más de lo que ahorra. Si Estados Unidos quisiera reducir su déficit comercial, debería disminuir su déficit fiscal en lugar de aumentar los aranceles al resto del mundo. Esto no es una teoría ni una opinión: ya ocurrió. El año pasado Estados Unidos impuso aranceles a prácticamente todo el mundo y su déficit comercial no se redujo en nada. Los aranceles podrán resultar en una recomposición del déficit comercial —de un país a otro— pero no podrán desaparecer el déficit total de la economía, y lo único que lograrán será generar ineficiencias, minar la competitividad y encarecer algunos productos para los consumidores estadounidenses.
El argumento, además, olvida que importar más de lo que se exporta no significa ganar menos dinero. Se pueden exportar bienes de mayor valor agregado, en los que se tenga una menor estructura de costos, ganando más, mientras se importan bienes de menor valor agregado en mayor volumen. El balance comercial, por sí solo, no dice nada sobre las utilidades en el intercambio, además de ignorar que el comercio no es un juego de suma cero: todos ganan (unos más que otros) del intercambio.
Estados Unidos ha tenido déficit comercial durante los últimos 20 años y, sin embargo, ha sido la economía avanzada grande que más ha crecido en ese periodo. Esto no parece sostener la afirmación de que un déficit comercial es algo negativo, y de que el país que lo tiene está siendo perjudicado por los demás. Si el argumento mercantilista fuera correcto, Estados Unidos debería mostrar signos de deterioro económico relativo frente a economías con superávit comercial persistente (que por cierto, ahorran más de lo que invierten), como Alemania o Japón. En realidad, ocurre exactamente lo contrario.
Lo preocupante de este episodio no es solo el diagnóstico económico equivocado, sino lo que implica para la revisión del T-MEC. Si Washington entra a la negociación con la premisa de que el déficit comercial es en sí mismo el problema a resolver, cualquier solución que proponga —cuotas, aranceles, reglas de origen más restrictivas— habiendo partido de un diagnóstico errado, será una solución también errada. Peor aún, se corre el riesgo de sacrificar los beneficios reales que el tratado ha traído a la región —inversión, integración productiva, creación de empleo— en aras de corregir un desequilibrio que no requiere corrección.
La buena noticia es que estos errores económicos ya han sido documentados extensamente, y no es la primera vez que Estados Unidos coquetea con el mercantilismo sin que ello derive en una ruptura del orden comercial. Pero la retórica importa, sobre todo cuando se traduce en postura negociadora. México haría bien en llevar a la mesa, con claridad, la evidencia de que los déficits comerciales no son el problema que Washington cree que son, y que los aranceles no son la solución que Washington cree que ofrecen. Al contrario, México contribuye, a través de sofisticadas cadenas de valor, a que la economía de Estados Unidos sea más productiva.