A principios de año, el consenso daba por descontados dos o tres recortes de la Reserva Federal (la Fed) en 2026. Hoy los mercados no sólo han eliminado la posibilidad de esas bajadas: esperan una subida. El viraje se consolidó tras la primera conferencia de prensa del nuevo presidente, Kevin Warsh. Conviene entender qué cambió en tan pocos meses, porque el episodio ilustra la manera en que un shock geopolítico puede cambiar por completo la perspectiva de la política monetaria.
La respuesta es la guerra en Irán. El conflicto golpeó los precios de la energía con una fuerza que se trasladó rápidamente a la inflación general, que hoy se ubica en 4.2%, muy por encima del objetivo. El componente que explica buena parte de esa aceleración es el precio de las gasolinas: su inflación mensual en mayo fue de 7%, y la inflación acumulada de gasolinas desde que inició el conflicto asciende a 40%. Un aumento de esa magnitud no sólo presiona al índice general, sino que también amenaza con contaminar las expectativas y abrir la puerta a efectos de segunda vuelta, precisamente lo que más preocupa a los miembros más restrictivos del Comité de la Fed.
A ese choque de oferta se suma un contexto de demanda agregada robusta. La economía estadounidense mantiene un dinamismo notable, explicado en gran medida por el boom de inversión en inteligencia artificial (IA), y el mercado laboral sigue siendo potente, con una tasa de desempleo cercana a su nivel natural. Es cierto que eventualmente la IA puede resultar en ganancias de productividad que fortalecerían la oferta agregada y resultarían en menores presiones inflacionarias, pero por ahora lo que domina es el efecto de la inversión en la demanda agregada. En otras palabras, no hay holgura que absorba el impulso inflacionario: la Fed no enfrenta una inflación elevada sobre una economía débil, sino sobre una que opera cerca de su capacidad. Esa combinación es la que vuelve creíble y realista la amenaza de un endurecimiento adicional de la postura monetaria.
El giro se hizo evidente en la reunión de la semana pasada. La Fed mantuvo la tasa sin cambios en 3.50-3.75% y retiró no sólo el sesgo de relajamiento, como se anticipaba, sino también toda guía prospectiva explícita. La ausencia de orientación en el comunicado fue sustituida, en los hechos, por las proyecciones económicas actualizadas: la inflación general, medida con el PCE general para 2026 se revisó al alza a 3.6% desde 2.7%, mientras que la subyacente saltó a 3.3%, seis décimas por encima de la proyección de marzo.
El dot plot se tornó claramente más restrictivo. Ocho participantes ya no proyectan cambio alguno en la tasa este año y sólo uno mantiene la expectativa de un recorte. De los nueve restantes, tres anticipan un alza, cinco proyectan dos y uno contempla tres. La tasa mediana inferida del dot plot se elevó a 3.8%, prácticamente el punto medio exacto entre mantener la tasa estable y entregar un incremento. El umbral para un relajamiento adicional es hoy considerablemente más alto que a inicios de año, y las alzas ya no pueden descartarse si la inflación no retoma su trayectoria hacia el objetivo.
¿De aquí a dónde? Aunque el balance de riesgos se ha desplazado al alza, nuestro escenario base sigue siendo que la Fed permanezca en pausa el resto del año. La clave está en Ormuz. Si el acuerdo de paz resulta duradero y el estrecho se reabre de manera sostenida, los precios del petróleo seguirían cediendo, lo que aliviaría las presiones inflacionarias y reduciría la inquietud por efectos de segunda vuelta. En ese escenario, una pausa que se extienda todo el año luce como el desenlace natural: ni los recortes que se esperaban en enero, ni las alzas que hoy descuenta el mercado.
La lección de fondo trasciende la coyuntura. En cuestión de meses, un conflicto en Medio Oriente transformó la conversación monetaria de un debate sobre la magnitud de los recortes a uno sobre la posibilidad de nuevas alzas. Es un recordatorio de que, en un entorno donde la inflación apenas comienza a converger y las memorias de inflación elevada persisten, los bancos centrales tienen poco margen frente a shocks de oferta, ya que estos pueden tener efectos de segundo orden, y de que la geopolítica se ha vuelto una variable de primer orden en la conducción de la política monetaria.