Un sabio empresario familiar me dijo un día, “gracias a que he quebrado 6 veces, he logrado tener éxito”. Las equivocaciones—en los negocios, las relaciones personales o con los hijos—nos dan una ocasión de corregir (cuando es posible), de recomenzar (cuando es preciso) o de aceptar la verdadera realidad.
Y, aunque investigadores del MIT han demostrado que el cerebro aprende más de los éxitos que de los fracasos, lo cierto es que, cuando capitalizamos adecuadamente nuestras equivocaciones, estas nos ayudan a madurar, a lidiar con la pérdida, y a poner en orden nuestros valores y prioridades. En la vida, se sale adelante superando fracasos, no celebrando éxitos.
Además, la evidencia en el área de la neurociencia demuestra que fallar es importante para el cerebro porque, si mejoramos después del fracaso—es decir, si logramos enfrentar la frustración y alcanzar el éxito como consecuencia de haber fallado—el tipo de aprendizaje que resultará será más significativo y duradero.
El problema es que, para poder mejorar, hay que aceptar a tiempo que nos equivocamos. Lamentablemente, la mayoría de nosotros admitimos nuestro error cuando ya es tarde—i.e., el proyecto empresarial ha absorbido demasiado patrimonio; la familia está desunida y conflictuada; la relación de pareja o de socios es de total indiferencia y falta de confianza. ¿Por qué ignoramos lo obvio? ¿Por dejamos pasar el tiempo? Por dos razones:
1. Ceguera Selectiva
La ceguera selectiva es un instinto de auto-conservación. Nuestro cerebro admite, inconscientemente, información que nos hace sentir bien con nosotros mismos, y filtra la que pone en peligro nuestra identidad y creencias. Lo más aterrador de este proceso es que a medida que “vemos” cada vez menos, nos sentimos más seguros. ¿Qué nos mantiene así? El miedo al conflicto y la aversión al cambio.
Como el fracaso amenaza nuestro ego y auto-estima, lo evadimos, negamos, ignoramos, minimizamos o simplemente, culpamos a otros... Así pues, lo primero que hay que hacer para lidiar con los errores de forma productiva, es estar conscientes de nuestra tendencia a no reconocerlos y preguntarnos—con voluntad de descubrir: ¿Qué me estoy perdiendo? ¿Qué señales debería ver y estoy omitiendo?
2. Obstinación
Para poder aprender del fracaso, hay que ser perseverante, no obstinado. El obstinado es terco, no escucha a los demás; no quiere ver la realidad e insiste en el camino equivocado. El perseverante, por otro lado, desea acertar y para ello considera otras opciones, se deja asesorar y tiene la voluntad para cambiar de opinión, actitud o comportamiento.
Y es que, cuanto más alarguemos algo que no funciona—en la empresa, la familia o las relaciones personales—mayor será la necesidad de conservarlo. ¿Por qué? Por apego emocional (costumbre), por aversión a la pérdida (dolor y duelo) o por la ilusión de que podemos hacerlo funcionar (sesgo de cognitivo de confirmación). Decidir descartar proyectos u “oportunidades” a tiempo nos ayudará a minimizar los daños financieros y emocionales.
Aceptar, Aprender y Avanzar
Llegado el punto en que el fracaso ya es irreparable, la pregunta obligada es: Y ahora, ¿qué? La respuesta es clara: Hay que aceptar la parte de culpa que nos toca, aprender y avanzar. Para ello, les recomiendo realizar un Análisis Post-Mortem.
Un análisis post-mortem es como una autopsia. Se trata de disectar el fracaso empresarial, familiar o personal en pedazos, teniendo claro que: Uno no falla en todo; uno falla en algunas partes críticas del proceso. Es necesario examinar: ¿Qué salió mal? ¿Por qué salió mal? ¿Qué hice? ¿Qué dejé de hacer? ¿Qué no tuve en cuenta? ¿Dónde estuvo el punto de inflexión—el punto de no retorno? ¿Qué aprendí de esto?
En resumen: El verdadero valor del fracaso está en los cambios (mejoras) empresariales, familiares y personales que inspira… Porque como dijo William Shakespeare, “algunas caídas son el medio para levantarse a situaciones más felices”.
¿Así o más claro?
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La autora es Socia de Trevinyo-Rodríguez & Asociados, Fundadora del Centro de Empresas Familiares del TEC de Monterrey y Miembro del Consejo de Empresas Familiares en el sector Médico, Turismo, Agroalimentario y de Retail.
