Cuando hablamos de sucesión en la empresa familiar, hablamos de tomar decisiones. Decisiones familiares, empresariales y patrimoniales que definirán nuestro futuro y el del negocio. Si bien todo empresari@ debiera resolver en tiempo y forma esta cuestión trascendental, la realidad es que frecuentemente solemos postergar o incluso evitar este tipo de decisiones.
¿Por qué? Por miedo a equivocarnos, porque las alternativas no nos convencen, porque esperamos que el tiempo arregle las cosas, porque no queremos herir a nadie ni tener conflictos, por egoísmo, por preservar el poder, y por un largo etcétera… Con todo, hay que tener cuidado. No tomar estas determinaciones a tiempo puede tener consecuencias patrimoniales graves.
Los estudios médicos son contundentes: El envejecimiento está ligado a un deterioro natural de las funciones cognitivas—por ejemplo, de la capacidad de procesar información rápidamente, la facultad de recordar datos a largo plazo y la posibilidad de ejercer el propio razonamiento en la toma de decisiones.
Y, aunque la capacidad cognitiva varía de persona a persona y puede fortalecerse mediante el entrenamiento conductual, lo cierto es que, si bien esta disminución suele ser sutil—los propios adultos mayores y sus familias no son conscientes de ello—una vez que comienza puede progresar rápidamente. De hecho, la disminución de las facultades cognitivas comienza lentamente alrededor de los 20 años y puede acelerarse rápidamente después de los 60 años.
Aunque suena dramático, no todo está perdido. Y es que, esta disminución en la función cognitivo-analítica se compensa parcialmente con la sabiduría que se alcanza con los años (experiencia). Esto significa que, en general, los adultos mayores (65 años en adelante) se comportan más como lo hacen los expertos—son más conscientes de sus conocimientos y limitaciones. En consecuencia, toman mejores decisiones que los jóvenes en algunas situaciones, pero peores en otras…
Las investigaciones sugieren que en circunstancias donde las decisiones a tomar son simples, los adultos mayores (65 años en adelante) se desempeñan tan bien cómo los adultos jóvenes (40 a 64 años) y los veinteañeros. Sin embargo, cuando se trata de tomar decisiones complejas como las decisiones de sucesión, exhiben un menor desempeño que los adultos jóvenes. La razón es simple: suelen considerar una menor cantidad de información, utilizan más su intuición (experiencia) y toman decisiones atendiendo considerablemente a sus objetivos emocionales.
Y es que, conforme envejecemos, nuestro cerebro tiende a priorizar las emociones positivas (objetivos emocionales) para intentar conservar nuestra sensación de bienestar en el presente. De hecho, existen pruebas de que las personas mayores 1) posponen la toma de decisiones cruciales, 2) toman decisiones más conservadoras o 3) ignoran información negativa en sus procesos decisorios porque no quieren pensar en, o incluso enfrentar, posibles situaciones desagradables. Si bien este tipo de perspectiva adaptativa les permite conservar su propio bienestar, también es cierto que sesga sus decisiones de negocio y patrimoniales.
Diversos estudios médicos coinciden en que la mejor edad para tomar decisiones complejas es entre los 50 y los 60 años—lo que yo llamo, la edad de la razón. De hecho, la edad promedio de la razón parece ser a los 54-55 años. En este sentido, pareciera que los adultos de mediana edad se encuentran en un punto óptimo, ya que por un lado tienen una cantidad sustancial de experiencia práctica y por otro, aún no han tenido disminuciones significativas en su función cognitiva analítica.
Y, aunque técnicamente el proceso de sucesión debiera ser un proceso planeado e institucionalizado que no dependiera de una sola persona, lo cierto es que, en algunos negocios familiares es prerrogativa del fundador o de la generación al mando decidir quién tomará el relevo y cómo se llevará a cabo la distribución patrimonial.
Siendo así, es sumamente importante estar conscientes de cómo afecta la edad en la planificación de la sucesión y decidir prudentemente cuándo comenzar el proceso. Y es que, planificar la sucesión no sólo implica hacer los preparativos necesarios para asegurar la unidad de la familia y la continuidad de la empresa (patrimonio), también envuelve un proceso de preparación (no de pre-selección) de los candidat@s, del negocio, de la familia, de las estructuras patrimoniales, etc. Y este proceso de preparación normalmente tarda entre 18 y 40 meses.
Así que, en resumen: Nuestra capacidad cognitiva disminuye con los años y entre más pronto comencemos a planificar, preparar y evaluar las complejas decisiones de sucesión que habremos de enfrentar, mejores resultados obtendremos. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si el proceso no sale como lo esperábamos? Aprenderemos y tendremos tiempo para corregir en el camino.
Y tú… ¿Ya empezaste?
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