Bien dicen que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones y que se llega a él poquito a poco. Tan es así que, cuando hablamos de familias empresarias y empresas familiares, son justamente las pequeñas omisiones, continuadas e incrementales, las que terminan causando problemas.
Una omisión es una renuncia a realizar o expresar algo en su debido momento. Es dejar pasar, aún sabiendo que no está bien, una acción impropia, un rendimiento inadecuado, un proyecto inconveniente, una negociación contraria a los valores familiares, o un olvido en el cumplimiento de los acuerdos familiares y empresariales—protocolo familiar.
¿Por qué lo hacemos? Razones sobran… Por no tener problemas (“prefiero evitar el conflicto”), por conveniencia propia (“yo también podré hacerlo más adelante”), por comodidad (“no quiero estresarme”), por miedo (“yo tengo más que perder”) o porque no nos sentimos con el conocimiento o el poder para ejercer nuestra propia dueñez, en particular los socios minoritarios.
A lo largo de los últimos 23 años, he comprobado que las omisiones más dañinas en que incurren las familias empresarias multigeneracionales suelen estar ligadas a la aparición de ciertas señales de advertencia… ¿Cuáles?
1. Complicidad y Complacencia
Cuando un miembro de la familia y socio se comporta de forma inadecuada, y los demás deciden omitir la acción, comienza un ciclo de complicidad y complacencia. Todos se auto-engañan y auto-convencen de que la acción no se volverá a repetir. Todos caen en la ilusión del “sólo esta vez” y terminan enfrentando situaciones que son el resultado de múltiples e incrementales omisiones. Y es que, cada elección individual y poco íntegra que tomamos sin que haya consecuencias, hace que sea más fácil ejercer la siguiente… Cada omisión que no nos afecta directamente, hace que sea más fácil seguir ignorando la realidad. Justamente por eso, el “sólo esta vez” termina repitiéndose una y otra vez [y no pasa nada…] Importante: Mantenerse fiel a los valores y principios familiares-empresariales requiere trabajo, cumplimiento, vigilancia y acción (pronunciamiento) de todos y cada uno de los socios y miembros de la familia.
2. Desconsideración y Abuso
Sin respeto a la persona y al patrimonio ajeno, el amor, la admiración y la relación familiar y empresarial se pierden. Respetar al otro implica reconocer su valor y dignidad. Ello conlleva escuchar sus ideas sin demeritarlas, contestar sus preguntas de buena gana e informar los resultados (rendir cuentas) sin importar el número de acciones que se posean o si se trabaja (o no) en el negocio. Cuando los demás accionistas permiten que a un socio que pregunta se le falte el respeto o se le haga sentir menos; que no se le informe sobre decisiones patrimoniales; o que no se le convoque a juntas relevantes, la desconsideración y el abuso (colectivo) están cantados. Al final, todo aquello que permito que le hagan a otros, pueden hacérmelo a mí mismo, ¿o no?
3. Creación de Narrativas Tóxicas
La narrativa, es decir, las historias familiares y empresariales, son vehículos sumamente poderosos para fomentar la unidad y el aprendizaje de los miembros de siguiente generación. No obstante, si mediante ellas se potencian las diferencias entre ramas familiares o el sufrimiento e injusticia que “he vivido” (victimización), la narrativa familiar-empresarial se vuelve tóxica. Llega el punto en que pareciera que la comunicación no fluye, y que cuando lo hace, se basa en manipulaciones, quejas y reproches. Dejar pasar o ayudar a difundir narrativas tóxicas daña los valores familiares y fomenta la desunión. Y es que, son justamente este tipo de narrativas las que impulsan a las siguientes generaciones a pelear batallas que no son suyas y a engancharse emocionalmente en círculos viciosos.
En resumen: En la familia empresaria, hacerse de la vista gorda es una receta para el fracaso. Y es que, cuando se esconden secretos, se minimizan los aportes y las necesidades de los demás, se deforman los valores familiares y se abandonan los estándares éticos, la relación familiar-empresarial se torna tóxica, provocando—tarde o temprano—la desunión familiar y la disolución empresarial. Así que, ¡cuidado con los pecados de omisión!
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