Sin importar si lo construimos o lo heredamos, poseer un patrimonio económico es un privilegio y una obligación. Un dueño responsable debe darse a la tarea de cuidarlo, acrecentarlo y transmitirlo, en condiciones adecuadas, a las siguientes generaciones.
Y es que, si bien crear riqueza cuesta—implica sacrificio, trabajo, visión y ahorro, destruir patrimonio es muy simple... La forma más fácil y cómoda de hacerlo es cediendo su administración a otros.
A veces, confiamos tanto en nuestro cónyuge, en nuestros hijos o incluso, en nuestro gestor, que poco revisamos los bienes que tenemos, la rentabilidad que obtenemos o las condiciones que pactamos en nuestras inversiones—los apoderados, beneficiarios, firmas autorizadas, tipo de firmas, riesgo que asumimos, etc.
Otorgar a otro(s), formal o informalmente, el poder para tomar decisiones sobre nuestra riqueza y la potestad de no rendir cuentas sobre su gestión es, aquí y en China, un error patrimonial grave.
Como dueños e inversionistas hay que ser exigentes con nuestro patrimonio; hay que buscar su rentabilidad y pedir cuentas. En este sentido, aquí te comparto 5 acciones básicas que debes considerar para salvaguardar tu riqueza:
1. NUNCA FIRMES SIN LEER—No es desconfianza, es cultura patrimonial.
Sin importar quién nos pida que firmemos (cónyuge, hijo, familiar o asesor) un buen dueño nunca aprueba, refrenda o firma un contrato o inversión sin leerlo; sin tener el tiempo suficiente para analizarlo a fondo, comentarlo con sus consejeros y reflexionarlo. Y aunque algunos puedan tildarlo de desconfianza, la realidad es que leer antes de firmar no manifiesta en absoluto la confianza o desconfianza que uno le pueda tener a alguien, lo que en verdad revela es que tanta cultura patrimonial poseemos—es decir, qué tanto sabemos gestionar la riqueza de forma profesional y responsable.
2. NUNCA FIRMES SIN ENTENDER—No es ignorancia, es sabiduría.
Si no nos queda claro lo que estamos leyendo, debemos solicitar que diferentes personas (familiares y no-familiares) nos lo expliquen a detalle. Y es que, al final, nuestro deber es asegurarnos de que lo que autoricemos sea efectivamente lo que queremos—lo que acordamos. Y en caso de no ser así, tenemos el derecho y la obligación de pedir modificaciones o incluso, de cambiar de opinión. Un dueño inteligente, sabio y responsable pide ayuda y se asegura de que las condiciones estén claras.
3. NUNCA FIRMES SI HAY PARTES EN BLANCO—No es sospecha, es prudencia.
Nunca firmes un documento donde se pueda añadir algo después—es decir, donde haya espacios en blanco. No confíes en las promesas verbales o en la frase “no pasa nada, todo mundo lo firma así”. Si alguien te hace una promesa verbal, asegúrate de dejarlo por escrito y quédate con una copia del acuerdo. ¡Cuentas claras, familias unidas! Al final, no se trata de suspicacias o temores infundados, es precaución. Un buen dueño aprende en cabeza ajena y aplica ese conocimiento en su vida diaria.
4. NUNCA FIRMES POR EVITAR CONFLICTOS—No es paz, es el inicio de la guerra.
Cuando se trata de temas patrimoniales, ceder con tal de evitar conflictos con la pareja, los hijos, los hermanos o la familia extendida no es una buena decisión. Si no te conviene el contrato, acuerdo, negociación o inversión, dilo y enfrenta el conflicto de forma asertiva. Es aceptable y sano, decir que NO—establecer límites. Un dueño responsable entiende que: 1) el amor no se mide con el dinero, y 2) la responsabilidad y las decisiones sobre su patrimonio son personales.
5. SI YA ADVERTIDO, DECIDES FIRMAR—No es desconocimiento, es determinación.
Independientemente de lo que todos tus asesores o familiares te digamos, tú eres el único que debe—y en definitiva puede—decidir qué hacer con su patrimonio. Al final, lo que tú decidas, de acuerdo a tus objetivos, estará bien. Sin embargo, lo importante es que estés consciente de las implicaciones que tu decisión tiene… y sobretodo, que asumas las consecuencias. Sobre aviso no hay engaño.
En resumen: Hay que ser exigentes con nuestro patrimonio—conocerlo a fondo, estructurarlo, buscar su rentabilidad y pedir cuentas. Y es que, al ojo del amo, engorda el caballo… ¿qué no?
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La autora es Socia de Trevinyo-Rodríguez & Asociados, Fundadora del Centro de Empresas Familiares del TEC de Monterrey y Miembro del Consejo de Empresas Familiares en el sector Médico, Turismo, Agroalimentario y de Retail.
