Monterrey

Rosa Nelly Trevinyo: El Poder… ¿Corrompe?

Lo que en la generación del fundador(a) fue un uso “racional y justo” del poder, entre herman@s se convierte en abuso

El poder es un medio para cualquier dueño de empresa. El fundador(a) tiene la capacidad de decidir, hacer, mandar, premiar y castigar. Igualmente, y para cumplir con sus obligaciones familiares, tiene la autoridad para desviar algunos recursos del negocio con el fin de beneficiar a su familia. Y es que, se trata de su patrimonio, ¿no?

El problema viene en las siguientes generaciones... Lo que en la generación del fundador(a) fue un uso “racional y justo” del poder, entre herman@s se convierte en abuso. Siendo varios dueños, cualquier desvío de recursos que beneficie a una rama familiar, afectará a las otras— “¡Al darle a tus hijos, le estás quitando a los míos!”

En las empresas familiares, el abuso de poder tiene consecuencias destructivas—erradica la confianza, pone en duda la lealtad, fractura la unidad y anula la cooperación. Exceder nuestras funciones y aplicar un tratamiento injusto a otros socios para “ayudar” a nuestra rama familiar es corrupción. Justamente por eso, cuando “el que manda y nos representa a todos” cruza la línea y se sirve con la cuchara grande, decimos que “el poder corrompe”.

La corrupción es un fenómeno humano que tiende a aparecer en esferas donde el poder y la riqueza están presentes. En este sentido, la empresa familiar y la familia empresaria no son ámbitos de excepción. Pero, ¿cómo llegamos ahí? ¿Qué nos impulsa a cruzar al lado oscuro?

Tras varias décadas de trabajar con familias empresarias multi-generacionales entendí que aquel hermano, primo, director, consejero o socio-familiar que cruza la línea y se deja llevar por sus pasiones, lo hace luego de sufrir 5 pérdidas:

1. La Pérdida de Integridad (individuo)

Se deteriora la rectitud y la honradez. Se deja de hacer lo que se debe (éticamente). En el caso del director, consejero o socio-familiar, éste abandona la búsqueda del bien común y se enfoca en favorecer sus deseos; los de su rama familiar. Para lograrlo, encubre su comportamiento (hipocresía). La ambición, el egoísmo y la falta de moderación fomentan el abuso de confianza y la injusticia, i.e., uso indebido de los recursos de la empresa.

2. La Pérdida de la Vergüenza (individuo)

Se muestra indiferencia hacia lo que los demás miembros de la familia puedan sentir. No hay pudor ni remordimiento de conciencia. Se relativiza la verdad y se justifican los actos corruptos—si no hay verdad absoluta, no hay culpa. El cinismo, la astucia y la manipulación se vuelven piezas fundamentales para maquillar la falta de empatía y la envidia. Se hace gala de tener altas “virtudes morales” con el fin de asegurar el cumplimiento de los propios objetivos.

3. La Pérdida de Respeto (núcleo familiar)

No se le da valor a la familia empresaria. Se observa un completo desprecio o menosprecio por algunos o todos los socios familiares, y por sus contribuciones en la gestión, el gobierno o la propiedad. Se tiene la impresión de que la empresa familiar pudiera estar mejor sin ellos. Se sobrevalora la identidad, la imagen y las capacidades personales (soberbia e insolencia).

4. La Pérdida de Lealtad (núcleo familiar)

Se rompe la pertenencia al núcleo familiar y se eliminan las normas de gratitud, solidaridad y reciprocidad positiva. No hay compromiso. No hay conexión emocional ni con esta generación, ni con las anteriores (desapego). El comportamiento oportunista se racionaliza culpando a la familia empresaria—”no me han dejado desarrollarme”; “he tenido que cargar con ellos”; “es tiempo de que yo vea por mí y por los míos” (Ellos vs. Nosotros).

5. La Pérdida de Ilusión (individual)

El proyecto conjunto (empresa familiar) no es atractivo si tiene que ser compartido. Aunque existe el deseo de transmitir una herencia económica, no existe la ilusión de transmitir un legado, un capital moral, a las siguientes generaciones. La reputación de la familia empresaria y las buenas relaciones con los socios familiares son prescindibles. No se le teme al conflicto familiar ni a la estigmatización de “gandalla”.

Tocqueville dijo una vez sobre Napoleón: “El era tan grande, como un hombre sin virtud puede serlo”. Y es que, lo que distingue a un buen líder, a un hombre o mujer de virtud, es su capacidad de hacer el bien, de impartir justicia, cuando tiene el poder para no hacerlo; cuando puede obrar mal. La corrupción es una elección personal. Por eso, quien posee, gobierna y/o dirige la empresa familiar, debe cultivar sus virtudes.

¿Así o más claro?

SOBRE LA AUTORA:

Socia de Trevinyo-Rodríguez & Asociados, Fundadora del Centro de Empresas Familiares del TEC de Monterrey y Miembro del Consejo de Empresas Familiares en el sector Médico, Petrolero y de Retail.

Dra. Rosa Nelly  Trevinyo

Dra. Rosa Nelly Trevinyo-Rodríguez

Socia de Trevinyo-Rodríguez & Asociados, Fundadora del Centro de Empresas Familiares del TEC de Monterrey y Miembro del Consejo de Empresas Familiares en el sector Médico, Turismo, Agroalimentario y de Retail.

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