México bárbaro
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México bárbaro

El país había involucionado con la dictadura, pero en el resto del mundo la apreciación era casi la contraria. Turner desarrolló entonces un ejercicio para descubrir lo que, probablemente, ocultaban los intereses del gran capital.

Por Carlos Illades
14/11/2018
Turner nació en Portland, Oregon el 5 de abril de 1878.
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John Kenneth Turner anunció la Revolución mexicana. En el otoño de 1909 The American Magazine publicó un adelanto de México bárbaro, revista que después dejaría de otorgar espacio a las contribuciones del joven periodista debido a las presiones del gobierno estadounidense, por lo que sus textos subsecuentes aparecieron en la International Socialist Review y en el Appeal to Reason. Hacia diciembre de 1910, una versión ampliada de aquellos tres artículos iniciales la editó en Inglaterra Cassell and Company. En febrero de 1911 México bárbaro se imprimió en los Estados Unidos. La respuesta editorial obedeció a la perplejidad de un público que no esperaba el desenlace violento con que concluyó el régimen de Porfirio Díaz. Los argumentos expuestos por Turner, sin embargo, muestran exactamente lo contrario: la dictadura tenía los días contados porque la situación del país ya no daba para más. El objetivo del periodista estadounidense era precisamente dejar claro que lo que venía resultaba inevitable.

Turner nació en Portland, Oregon el 5 de abril de 1878. Hijo del editor de un diario local, comenzó su carrera periodística publicando artículos semanales en el Stockton Saturday Night, para luego ocuparse de la sección de deportes del Portland Journal. Cuando el joven ingresó como estudiante especial en la Universidad de California en Berkeley, se hizo cargo del Fresno Daily Democrat. Para 1907 ya militaba en el Socialist Party of America (SPA), con lo que aunó a su vocación de observador la simpatía por las causas sociales.

Al año siguiente, siendo reportero de Los Angeles Express, entrevistó a Ricardo Flores Magón, Antonio I. Villarreal y Librado Rivera en la cárcel del condado de Los Ángeles donde estaban recluidos. Las cosas que le contaron lo impresionaron a tal grado que se interesó sobremanera en visitar el país. Finalmente lo hizo en el verano de 1908, acompañado por el abogado Lázaro Gutiérrez de Lara en calidad de guía e intérprete, apoyado por el SPA y haciéndose pasar por un negociante de tabaco y henequén, para volver al año siguiente. Estuvo en México entre 1910 y 1913 —en enero de ese año entrevistó al presidente Madero—, padeciendo la deportación unos días después de la Decena Trágica al imputársele la responsabilidad de escribir crónicas negativas acerca de la situación nacional y fomentar sentimientos antiestadounidenses; un verdadero disparate jurídico esta segunda acusación si consideramos que fue el gobierno mexicano quien le aplicó el artículo 33 constitucional.

En la primavera de 1915, Turner realizó reportajes en Veracruz y Tamaulipas, y en agosto entrevistó al Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza. Regresó en 1916. La última ocasión en que visitó nuestro país fue en 1921, recabando información sobre el gobierno de Álvaro Obregón.

El periodista murió en septiembre de 1948 sin ver traducidas al español una sola de las incontables líneas que dedicó a México. No fue sino en 1955, cuando la revista Problemas agrícolas e industriales de México, dirigida por Manuel Marcué Pardiñas, publicó México bárbaro.

El volumen se detuvo largamente en analizar el estado que guardaba el campo y en la naciente industria fabril. Para eso, Turner no se conformó con revisar los datos a mano acerca del mundo del trabajo, sino que visitó personalmente los escenarios del conflicto, entrevistó a algunos de los dirigentes opositores y leyó cuanto pudo sobre México.

Hombre sensible y progresista, Turner denunció lo que le parecía moralmente inaceptable en los albores del siglo XX. Al recorrer Yucatán y Valle Nacional, asombró al periodista la opacidad jurídica del peonaje que había sobrevivido a la Reforma liberal. Turner deploraba que en un país en que formalmente no existía el trabajo forzoso (hay que recordar que el artículo quinto de la Constitución de 1857, vigente durante la dictadura, lo proscribió: “La ley no puede autorizar ningún contrato que tenga por objeto la pérdida o el irrevocable sacrificio de la libertad del hombre”). De acuerdo con el periodista estadounidense, éste no sólo era una realidad en extensas regiones del territorio nacional sino, además, las deudas se heredaban de padres a hijos, con lo que también el artículo segundo de la norma fundamental era letra muerta (“En la república todos nacen libres”).

Para Turner, el peonaje equivalía a la esclavitud dado que los hombres y sus familias se vendían y compraban a precio de mercado; estaban reducidos a la condición de cosas habiendo sido despojados del carácter de sujetos, de individuos libres e independientes. Era un floreciente negocio en las sombras, pero con la suficiente publicidad, de manera tal que los interesados —léanse vendedores y compradores, no los propios peones— tuvieran información oportuna sobre las mercancías humanas. Este aceitado engranaje de la ilegalidad funcionaba a escala nacional haciendo posible esclavizar en Mérida a los indios yaquis —un pueblo rebelde que llevó varios años su pacificación a manos de las tropas federales— deportados hacia la península.

Si de excesos se trataba, Valle Nacional superaba con creces lo visto en el sureste mexicano. Allí, el cultivo más rentable era el tabaco, dominado por hacendados de origen español. A su paso por esta región oaxaqueña, llamó la atención del periodista el hecho de que los trabajadores forzados no eran indios o chinos, como había observado en Yucatán, sino mestizos mexicanos. Los métodos coactivos eran todavía más severos que en la península, es así que, estupefacto, Turner consideró a Valle Nacional “probablemente el peor (centro de esclavitud) del mundo”. Buscando una referencia como medida: “Una y otra vez comparé, en la imaginación, el estado de nuestros esclavos del Sur, antes de la guerra civil, y siempre resultó favorecido el negro”.

Empero, ¿por qué las cosas eran así y no de otra manera? Podríamos decir que esta fue la pregunta implícita que ordenó su argumentación. La respuesta la ofrecía el “sistema del general Díaz”, responsable en última instancia de los profundos males que dañaban la salud de la república. Una vez más el periodista recurrió a la comparación histórica para dar perspectiva al problema: “a pesar de que los señores españoles hicieron del pueblo mexicano esclavos y peones, nunca lo quebrantaron y experimentaron tanto como se le quebranta y destruye en la actualidad”. Esto es, México había involucionado con la dictadura. Sorprendentemente, en el resto del mundo, y particularmente en los Estados Unidos, la apreciación era casi la contraria.

Entonces Turner juzgó pertinente desarrollar un ejercicio hermenéutico para descubrir lo que no se captaba a simple vista o, probablemente, lo que intencionalmente ocultaban los intereses económicos del gran capital. El eje sobre el cual se movía el sistema el periodista lo encontró en la represión, cuyo andamiaje lo constituían las instituciones gubernamentales, además de un conjunto de prácticas extralegales por demás eficaces y tan comunes que bien podría decirse que también estaban institucionalizadas. Estos instrumentos represivos del régimen eran el Ejército, los Rurales, la policía, La Acordada, la ley fuga, Quintana Roo (conocida como “la Siberia mexicana”), las cárceles y los jefes políticos.

En la línea de convencer al público estadounidense de que ni México ni Díaz era lo que se pensaba de ellos, el periodista dedicó las últimas páginas del libro a reivindicar la imagen del pueblo mexicano ante los ojos de los vecinos. Don Porfirio no se salvaba, pero su pueblo sí. Llegado a este punto, Turner volvió al viejo tema del carácter del mexicano —tratado ya por los viajeros decimonónicos—remitiéndose directamente a la historia, y derivando, como lo había hecho desde un principio, hacia la cuestión social. Para el periodista, aquél era el resultado de la combinación de la raíz española y la simiente autóctona. De la península provenía la inclinación hacia el arte y la literatura; desafortunadamente también la intolerancia religiosa, el rezago económico y una escasa inclinación democrática.

Por su parte, las culturas nativas no eran tan atrasadas como muchos suponían y, asumiendo las preocupaciones antropométricas de la época, con benévolo racismo afirmó: “los aztecas salieron hace mucho de los bosques; su ángulo facial es tan bueno como el de los europeos; en muchos sentidos aventajan a éstos, mientras que sus caracteres inferiores pueden atribuirse a influencias peculiares externas, a su sino histórico o a ambas cosas”. Luego seguía la pregunta obligada y recurrente: ¿Es perezoso el mexicano? Turner contestó negativamente, pues desde el sentido común carecía de sentido trabajar exclusivamente en beneficio del patrón: “la masa del pueblo es iletrada, pero eso no quiere decir que sea estúpida”.

Hecho a un lado el yugo porfiriano, liberado el pueblo de sus ataduras añejas y nuevas, emanaría todo su potencial y encontraría un destino mejor que el tenido hasta entonces. El futuro le daría la justicia que el pasado le había escatimado a un “país maravilloso”, donde “la capacidad de su pueblo no admite duda” y, una vez restaurada su constitución republicana, negada en la práctica por la dictadura, quedaría en situación “de resolver todos sus problemas”.

Este final previsible de su guión histórico contenía una dosis de optimismo prácticamente equivalente al sombrío análisis de la cuestión social expuesto en la primera parte del volumen. De ocurrir como Turner había aventurado, el México bárbaro quedaría atrás de manera irreversible, abriendo paso a un país revivificado por la irrupción del movimiento popular. Acertó y se equivocó a la vez. El país cambió apreciablemente y experimentó una relativa prosperidad económica después de que se consolidaron las nuevas estructuras del poder y se afianzó el pacto social postrevolucionario que permitió recuperar la estabilidad perdida. No obstante, el México bárbaro, fincado en la desigualdad extrema, permaneció enquistado en sus entrañas como el mal endémico que ni siquiera una revolución pudo curar.