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El Presidente más rupestre

López Obrador parece creer que su sola presencia traerá consigo un efecto beneficioso en el entorno, una especie de impacto mágico.

A los fallecidos, heridos y damnificados del Huracán Otis, en especial a los 16 pacientes del IMSS Vicente Guerrero y sus familias. QEPD.

El presidente de la República al rescate. Un huracán arrasa Acapulco y daña gravemente otros poblados e infraestructura de Guerrero. El titular del Ejecutivo federal decide viajar al puerto y ostentar su liderazgo, esa proximidad con la gente que tanto presume, mostrar su empatía con los damnificados. Decide hacerlo como el pueblo: por carretera. Se cambia de vehículo cuando se constata que su camioneta no va a pasar y el jeep militar igual se hunde en el lodo. Ahí quedan para la posteridad las imágenes del Presidente atascado, imposibilitado de avanzar o retroceder.

Un viaje muy breve, López Obrador ya estaba de regreso en CDMX para su mañanera el jueves, ilustrativo de su mentalidad, acciones y gobierno. Quizá creyó que gracias a su omnipotencia las piedras y el lodo le abrirían paso a su comitiva, que podría transitar por esa carretera destrozada y anegada porque él deseaba llegar a Acapulco. La energía del Estado, encarnado en su persona, imponiéndose sobre la fuerza de la naturaleza. Puso su autoridad por sobre aquellos que le informaron sobre las condiciones del camino que ordenó transitar. A diferencia del César de Roma, no llegó, vio y venció, sino que llegó con mucho trabajo, vio y mejor optó por dar la media vuelta y regresarse.

La presencia de un jefe de Estado o gobierno en un área de desastre es importante: muestra cercanía, empatía y puede ayudar en las tareas de rescate y reconstrucción cuando trae consigo al aparato administrativo relevante. Dinamiza a funcionarios tentados de seguir las reglas burocráticas cuando lo prioritario es actuar. La primera regla, sin embargo, es no distraer y no estorbar, que las oportunidades para la foto (o para subir un breve video a Instagram o X) no obstaculicen los trabajos de respuesta ante la emergencia. Que las víctimas se sientan apoyados en su desgracia y no utilizados en una escenografía.

Lo que caracteriza a AMLO en cambio es la importancia que concede a su persona. Parece creer que su sola presencia traerá consigo un efecto beneficioso en el entorno, una especie de impacto mágico. En ese sentido no concede importancia alguna a la planeación, a delegar en otros con mayor conocimiento y preparación y que podrían actuar con mayor eficacia en su nombre. Tampoco busca maximizar la información a su alcance por medio de la tecnología, sino que opta por estar en el terreno; lo suyo no es ser un burócrata de escritorio.

Es, después de todo, el Presidente que muestra que la parte más importante de su trabajo diario es ponerse a pontificar por horas sobre los acontecimientos recientes mientras ofrece largas respuestas, relacionadas o no con el tema, a las preguntas que le plantean comunicadores. El mismo que contemplaba extasiado al caballo haciendo girar las muelas de un trapiche para extraer jugo de caña –proclamando que ésa era la clase de economía que deseaba para México–. AMLO no muestra curiosidad o capacidad por aprender algo nuevo, sino la pasión por mostrarse como la persona que tiene un diagnóstico llano y una respuesta igual de simple ante los grandes problemas de la nación.

Alérgico al progreso y la aspiración por una mayor riqueza gracias al esfuerzo personal. Apasionado en cambio por reproducir ese país de su imaginación en que el pueblo es sencillo, pobre y honrado. Es el Presidente más rupestre que tendrá México, perdido en sí mismo y, ante las emergencias, atascado en el camino que pensó que sería fácil recorrer para alcanzar su objetivo.

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