Es el momento de salir a las calles, de mostrar toda la fuerza del rechazo popular al autoritario que hoy ocupa Palacio Nacional. No hay sustituto a la suma de uno a uno sobre la avenida o plaza, a visibilizar la protesta con la propia presencia. Es la fuerza de la colectividad cuando ésta es la suma de los individuos libres, el evidenciar esa disposición a estar ahí donde estarán muchos otros con la misma causa: exigir respeto a la democracia, cuya esencia es votar y que ese voto cuente, que ese sufragio no lo ensucien manos que quieren distorsionar la voluntad expresada en las urnas.
El mesiánico aprendió con la elección de 2021 que muchos dejaron de comprar su demagogia. Estaba furioso pues se comportaron como ciudadanos, rechazando entregarle su apoyo a cambio de una pensión o beca. Otro chasco fue su voto “ratificatorio” de 2022 en que millones optaron por no engordarle el caldo con su participación, ni siquiera votando contra su permanencia en la presidencia. La mejor manera de evidenciar al payaso fue no asistiendo a su circo.
Millones le han dado la espalda ante la brutal violencia que no disminuye, su pasividad (o peor) frente al crimen organizado, una economía que no recupera aún el nivel previo a la pandemia, las numerosas raterías que afloran un día sí y otro también entre su rapaz parentela y esos funcionarios que tienen lo mismo de honestos que la persona que los nombró. Son las familias afectadas por la falta de medicamentos y atención médica. Las mentiras se acumulan y no hay otros datos o pañuelitos blancos que sirvan para ocultarlas.
El receptor de sobres llenos de efectivo dice que se puede confiar en su persona para contar los votos. Quien se apropió del dinero disponible para medicamentos, desastres naturales, estancias infantiles y comedores comunitarios, para financiar una refinería o un tren, alega que la democracia del INE es cara. Lo más caro no es la democracia, sino no tenerla.
Andrés Manuel López Obrador ya entendió que ha agotado el crédito que millones le otorgaron en julio de 2018, y que nada puede hacer para recuperarlo. Lo que le queda es tratar de controlar el proceso electoral para retorcerlo a favor de su partido. Sabe que el resultado puede serle adverso y no quiere dejarlo a la voluntad de las mayorías. Como opositor se cansó de vestirse con la piel de oveja del demócrata; el lobo autoritario ya no necesita de ese disfraz.
En la era de virtualidad, de la comunicación instantánea, la información se comparte con la velocidad del rayo, pero la voluntad se sigue manifestando con fuerza por medio de la presencia física, en la calle y la plaza. La forma más contundente del apoyo o el rechazo es acudir al llamado de este domingo en defensa de las urnas.
El mensaje es para todos. Es para un Presidente obnubilado con su poder, que sepa, de nuevo, que millones rechazan su autoritarismo. Es para los líderes de la oposición, algunos de los cuales han creído que pueden quedar bien con el autoritario y presentarse como demócratas. Es ahora para los ministros de la Suprema Corte, para que evalúen con objetividad y celeridad si el llamado plan B cumple con las dispuesto en la Constitución. Que no permitan que el tabasqueño cuele por medio de leyes secundarias lo que no pudo aprobar como modificaciones a la Carta Magna. Es, finalmente, un mensaje de muchos ciudadanos a todos: es el momento de salir y manifestarse para no ser cómplices en la destrucción de la democracia mexicana.