La irrupción de la necromáquina puede ocurrir en geografías tan contrastantes como la Riviera Maya o Zacatecas, territorios que en este mes han sido azotados por manifestaciones de violencia que deben ser reinterpretadas para, eventualmente, poder contrarrestarlas.
La resignificación de esas violencias será posible si atendemos los argumentos, y la provocación, de la investigadora Rossana Reguillo (Guadalajara, 1955), que en estos días publica su trabajo más reciente: el libro Necromáquina. Cuando morir no es suficiente (Ned Ediciones, Barcelona, 2021).
La propuesta de Reguillo para entender, hablando sólo de eventos de este mes, los asesinatos a plena luz del día en hoteles cuajados de turistas extranjeros o los racimos de personas colgadas en puentes zacatecanos es que hay que trascender incluso conceptos como el de narcomáquina.
Estamos frente a poderes que no sólo han logrado, nos dice Rossana en su libro, “instaurar un orden de control y también ofertas de sentido y pertenencia”, en realidad son máquinas de muerte que buscan instaurar una “forma eficiente e imbatible de gobierno”. Todo eso, claro está, en paralelo al Estado.
Esta nueva realidad, subraya, ha surgido como siguiente etapa del modelo de narcomáquina, que se caracterizó por disputas de los territorios, la transformación empresarial de los grupos del narco y la asunción por éstos de una dimensión mesiánica. Pero eso ha quedado superado porque la narcomáquina remitía a “un cálculo racional de riesgo y ganancia”, mientras que “la necromáquina es la disolución absoluta de la vida en un estado de urgencia constante”.
Por eso, en vez de capturar con nocturnidad a quienes se atrevieron a tratar de adueñarse del negocio de la droga en unos hoteles, van y, sin temor a cámaras de seguridad o cámaras de teléfono de los turistas, persiguen y matan a los que les desafiaron. Por eso los colgados de los puentes en Zacatecas de la semana pasada. Es la exhibición de un poderío y un lenguaje, el de las maquinarias de la muerte: “Morir resultaba insuficiente para la narcomáquina, había que triturar, hacer daño, disolver; morirse ya no alcanza para saciar a una máquina de muerte”.
Frente a esta violenta dinámica delincuencial, Rossana propone retomar lo que ya había advertido sobre la normalización por parte de los medios y la industria cultural del poderío económico y político de la narcomáquina.
Si la sociedad no aborda las violencias desde la lógica de los derechos humanos, desde las miradas de las víctimas, y si no se atiende la pobreza sin futuro de amplias capas de la sociedad, difícilmente se podrá combatir a los grupos que rivalizan con el Estado en la ocupación y gobierno de los territorios.
Este libro llega al mismo tiempo que la tercera temporada de ‘Narcos México’. No sé si es obligación de Netflix contar esas historias desde el punto de vista de las víctimas, lo que sí es claro es que, al hacerlo destacando el ánimo “empresarial”, casi casi “visionario”, de los líderes de los cárteles “tradicionales”, es imposible no advertir que entonces escenas como las de Zacatecas serán engullidas como paisaje habitual, serán muertes desechables porque series, narcocorridos e incluso algunos recuentos de prensa darán más peso a la “explicación” de la lucha de los territorios antes que a la deshumanización alcanzada en cada enfrentamiento.
Porque, como lo dijo Reguillo en una entrevista de la semana pasada, estamos frente a víctimas de “vidas que no importan. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios”.
Y eso hay que revertirlo urgentemente, antes de que todos seamos vidas segadas que a nadie importen.