En 2024, como secretaria del Bienestar, Ariadna Montiel tuvo pronta conciencia de que tenía que acoplarse a una nueva realidad. Dejar de ver a Claudia Sheinbaum como la compañera que siempre fue, y considerarla como la cabeza del movimiento.
Algo parecido le toca ahora a la recién estrenada presidenta de Morena: mudar de piel, de eficiente operadora de programas sociales a guía indiscutible del partido de López Obrador.
Montiel es uno de esos cuadros que hicieron posible el ascenso de “el licenciado”, como algunos llaman a Andrés Manuel López Obrador. Se trata de militantes de disciplina y lealtad sin fisuras que instrumentaron toda táctica de AMLO.
En ocasión de su mudanza de la Secretaría de Bienestar a la presidencia del partido oficial, cambio del que se hablaba en los corrillos político-periodísticos desde hace meses, se ha destacado que Montiel es una bejaranista. ¿Qué quieren decir con eso?
La figura de René Bejarano es utilizada, más de 20 años después de los videoescándalos donde se le vio (junto a otros) recibir dinero de Carlos Ahumada, como etiqueta de deshonestidad.
No pocos de sus propios compañeros, que como él habían recibido (o, propiamente dicho, que reciben) fondos no declarados en campañas, le dieron la espalda desde 2004. Pero ¿a eso se reduce el “ser bejaranista”?
Montiel viene de una escuela de movimiento territorial. Lleva más de media vida en la lucha por los derechos de los pobres a tener vivienda y digno bienestar.
Y si bien desde 2004 no pocos dan por muerto políticamente a Bejarano, él –que ya fue absuelto– no ha dejado de trabajar en el territorio, así sea de forma discreta, tras su estancia de meses en la cárcel.
Esas estructuras de base es algo que domina Ariadna Montiel. Y esa disciplina, que no necesariamente busca reflectores, para recorrer el territorio a fin de cultivar y mantener clientelas, también. Entonces ¿decir hoy Montiel es decir Bejarano? No necesariamente.
Por mérito propio, Ariadna se ganó la total confianza de Andrés Manuel al desplazar a otro de los operadores de AMLO. Gabriel García Hernández y Montiel protagonizaron una pugna en al arranque del pasado sexenio, y luego de que ella se mostrara más discreta y eficaz, el primero tuvo que volver al Senado (hoy es diputado).
Parte de esa discreción fue al operar en Chihuahua en 2021, cuando Morena creyó ganada la entidad más grande del país. La derrota fue aleccionadora: Andrés Manuel tardó en advertir que las cosas iban a ser difíciles, que no debieron confiar en pura mañanera.
Así debe leerse la primera disputa verbal que como presidenta guinda emprende Montiel, quien este martes le ha revirado fuerte a la gobernadora panista Maru Campos al acusarla de traición a la patria por los dos agentes de la CIA muertos en Chihuahua días atrás.
La nueva presidenta estrena su voz de líder nacional en contra de quien derrotó a los suyos en el 21 –con ayuda duartista, no sobra recordarlo– no solo porque a Morena le viene bien distraer un poco la presión del caso Rocha, sino porque el territorio sin “aire” no gana.
Chihuahua será un laboratorio de revancha para Ariadna Montiel, y por lo mismo hay expectativa sobre las reglas que impondrá para definir las candidaturas, y particularmente la chihuahuense.
Esta “bejaranista” no se engaña: territorio y operación no alcanzan si la persona candidata tiene mala perspectiva. Y no dudará en imponer su autoridad al respecto. Porque ya se asume como líder, y sabe que ha de hacer que los demás se olviden de la compañera Ariadna.