La Feria

La nueva ‘nomenklatura’

La llegada de Pablo Gómez a la UIF parece confirmar que el equipo de AMLO se conforma con personas 90 por ciento leales y 10 por ciento capaces.

Como jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador asumió que su llegada al puesto suponía un revulsivo de tal profundidad que se requería formar cuadros, sumar a la burocracia tradicional una nueva, y no maleada, camada de funcionarios.

Ese programa fue el antecedente de cómo ahora, de manera improvisada, se incrusta al más alto nivel de la administración federal a personas que pasaron de su ayudantía en giras a puestos de gran responsabilidad.

En su versión original, las y los jóvenes eran captados para vivir un proceso de formación. Iniciaban abajo en el escalafón, en distintas dependencias, y eventualmente con los años escalarían. El plan nunca fue que llegaran a cargos superiores de inmediato, como ha ocurrido ahora.

¿Por qué AMLO improvisa directivos? Una explicación nos remite a 2006. Se ha dicho que el hoy Presidente elaboró un guion para gobernar a México a partir de ese año, libreto que nunca actualizó. Si hubiera ganado aquella elección, llegaría con su gabinete aceitado y con una hornada de jóvenes ya medio fogueados. Pero, ya se sabe, no fue así; entonces ese esfuerzo –genuino o ilusorio– para preparar nuevos cuadros se frustró.

Otra explicación es que ahora cree que ya no hay tiempo para formar cuadros, y como su idea era ‘buena’, no le importa improvisar directivos; ese proceder, al fin y al cabo, es consistente con su retórica de que un colaborador vale mucho si es 90 por ciento leal y 10 por ciento capaz. De tal forma que, a puro ojo y luego de medio conocer sus antecedentes en algunas giras, él decide a quién manda a qué dependencia. Son sus correas de transmisión, fichas que sólo le responden a él.

De paso, mediante ese procedimiento se han capturado órganos autónomos. Quizá los ponga más para frenar todo antes que para impulsar algo.

Pero la anterior dista de ser la única manera en que López Obrador está creando su nomenklatura.

Distintos cambios en el gabinete marcan otra tendencia del mandatario en esta segunda mitad de su sexenio, y la llegada de Pablo Gómez parece confirmar que el equipo se irá llenando de, otra vez, leales, aunque no tengan capacidades probadas en la tarea a desempeñar.

Decidir que Pablo Gómez, que nunca ha trabajado en la administración pública, que no es experto en lavado de dinero, que no gusta del mundo globalizado (indispensable para entender las redes criminales de corte internacional), es aceptar que no te dio el tiempo para crear una nueva ola de colaboradores, y que tampoco quieres convocar a personas que tengan tanto capacidad, como posibilidades de crecimiento fuera de la órbita (o sombra) de Morena.

Porque al igual que el inexperto Gómez, llegaron Adán Augusto López Hernández a Gobernación y María Estela Ríos González a la Consejería Jurídica. El primero dio un gran salto entre la Quinta Grijalva y Bucareli, y la segunda ocupó ese cargo pero en el gobierno del DF, cuya escala no tiene comparación con la nacional.

Adán Augusto y María Estela sustituyeron a cuadros que en su momento sirvieron a Andrés Manuel para lograr interlocución con otros sectores, con grupos o personas externas al lopezobradorismo.

El gabinete, pues, se ha despluralizado (también se fue hace mucho Alfonso Romo): la nueva densidad del entorno presidencial está compuesta por viejos cuadros reciclados o por jóvenes que no tienen mundo fuera del gobierno.

Esa será la nomenklatura con la que AMLO se apertrechará rumbo a 2024. Cosas buenas que pasaban –investigaciones de la UIF de Santiago Nieto, por ejemplo– podrán quedar varadas por la inexperiencia, o inapetencia, de poderosos improvisados.

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