Con un poder inaudito bien y mal habido e incluso sin oposición capaz y eficaz enfrente, Morena está por encarar en breve su mayor desafío: caminar sin tropezarse y evitar convertirse en su propio rival.
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Hasta ahora, el respaldo popular y la fuerza de ese partido-movimiento le ha permitido ejercer, disfrutar e, incluso, abusar del poder. Empero, ha eludido atender varias cuestiones relacionadas con su consolidación y capacidad de revisar su proyecto de nación, a partir de los factores internos y externos que lo amagan e instan a replantearlo.
En la fiesta, la embriaguez y la indigestión del poder acumulado –que a más de un cuadro “distinguido” lo ha hecho perder piso y ganar soberbia–, Morena ha privilegiado la afiliación masiva sin filtros; la incorporación y empoderamiento de conversos y oportunistas; el impulso de reformas –señaladamente la judicial– que entrampan su plan; la operación electoral sobre la política; el desprecio de causas sociales dolorosas que encienden más de un foco de malestar; y la idea de asegurar su hegemonía en los programas sociales, sin reparar en que sin crecimiento económico no hay desarrollo social ni prosperidad compartida.
Aunado a ello, a la chita callando ha resuelto ir a la zaga y no a la vanguardia del gobierno, armando mítines y elaborando comunicados bajo pedido y a la medida y, algo aún más peligroso, fingir demencia e ignorar a los cuadros corruptos o, peor, asociados al crimen.
Les inquieta más el actor Sergio Mayer que el senador Adán Augusto López.
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Fuera de las prioridades de esa organización han quedado varios asuntos claves, vinculados con su porvenir inmediato y mediato.
No son pocos esos deberes. Consolidarse como un partido-movimiento capaz de gobernarse a sí mismo, con base en reglas claras. Superar la orfandad en que los dejó el retiro con apariciones de su líder Andrés Manuel López Obrador, cuya sombra e influencia pesan al gobierno y a Morena, pero ya no con el empuje de antes. Evitar convertirse en una maquinaria electoral o agencia de colocaciones, a costa de perder identidad y sentido. Escapar del tribalismo que a más de una formación de izquierda ha devorado. Vigilar en serio y exigir cuentas a quienes empodera y, luego, hacen un desastre en el gobierno de un estado o municipio, el elenco de malos gobernadores y munícipes es nutrido. Resolver de frente y no de lado si quiere o no, en verdad, seguir aliado con los partidos que escogió como socios, en vez de jugar con ellos a la catafixia. Dejar de rebotar sin ton ni son entre el principismo y el pragmatismo político.
La desatención de esos asuntos impide a Morena perfilarse como un movimiento-partido capaz de institucionalizarse. No todo es andar a ras de tierra, sin tener muy claro el camino.
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A más de siete de años en el poder, Morena no ha conseguido definir bien a bien su relación con el gobierno ni hacerse valer ante él.
La hazaña de concebir, armar y desplegar un movimiento para acceder al poder en múltiples polos y vertientes, tan sólo cuatro años después de su registro oficial como partido, quizá, explica por qué Morena no ha hecho un examen introspectivo de su propia situación ni ha abierto espacio al debate interno en torno a posturas y temas de su interés por temor de desatar un enfrentamiento interno y romper la unidad. Verdad de Perogrullo, la misma dinámica del movimiento le impide hacer un alto en el camino: detenerse y reflexionar.
Morena ha cumplido su función de vehículo para acceder al poder, pero no de instrumento para acompañar y vigilar el ejercicio y la administración de este. ¿Cuántos gobernantes y alcaldes no han desprestigiado al movimiento? ¿Y cuántos de ellos no lo harán perder la plaza correspondiente el año entrante? Hay toda una colección de mandatarios estatales y municipales deplorables, abanderada orgullosamente por Layda Sansores y escoltada por un vigoroso grupo de ineptos o barbajanes.
En tan sólo doce años, el movimiento ha tenido seis presidentes, siendo sólo uno de ellos su dirigente, Andrés Manuel López Obrador. Por la dirección de Morena han pasado Martí Batrés, el propio López Obrador, Yeidckol Polevnsky, Alfonso Ramírez Cuéllar, Mario Delgado y ahora Luisa María Alcalde. La mayoría de ellos ha seguido el manual de dirección dictado desde fuera del partido e, incluso uno de ellos, Alfonso Ramírez Cuéllar no duró ni un año, fue depuesto por razones no políticas a instancias del entonces presidente López Obrador, quien no le dio su beneplácito.
Algo debería decir a los cuadros y militantes de Morena tal consumo y desfile de presidentes del partido y tan pocos dirigentes.
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Vienen tiempos difíciles, donde se verá si Morena es o no capaz de encararlos sin sucumbir en el intento.
El gobierno ha resuelto ensayar fórmulas de entendimiento con el capital privado para impulsar el crecimiento y sostener el desarrollo social, apartándose del sendero original y disgustando a los guardianes del legado. El movimiento entrará en el proceso de selección de candidatos disfrazados a las elecciones del año que, por la fuerza y las posibilidades de Morena, buscarán imponerse a toda costa, dejando ver quién manda en el partido. A ese proceso se añade una dificultad, los aliados están resentidos por el trato recibido y, al parecer, elevarán el precio de su alianza o, en algunos casos, buscarán separarse de ella. La presión inflacionaria y la inseguridad pueden traducirse en malestar social sin opciones. El socio y vecino del norte puede tomar por piñata al país y será un reto sortearlo.
Con todo y su fuerza, Morena no la tiene fácil y ha olvidado cómo hacer política.
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Ya se verá si Morena sabe caminar sin tropezarse y conjurar el peligro de encontrar en su seno a su rival.