Sobreaviso

Rol y estrategia fallida

Andrés Manuel López Obrador ha venido empoderando a Xóchitl Gálvez como una contrincante importante en la contienda por la próxima presidencia de la República.

Si no hay una pronta rectificación, Andrés Manuel López Obrador cerrará con eslabón de oro la cadena de errores que ha venido forjando en relación con el juego sucesorio y dejará ver que sí tiene una candidata favorita: Xóchitl Gálvez.

La atención que, sin querer o adrede, el líder de Morena dispensa a la senadora hidalguense la ha venido empoderando como una contrincante importante en la contienda por la próxima Presidencia de la República. Queriéndole cerrar las puertas de Palacio a fin de no escucharla replicar, se las abrió y, a partir de entonces, en un contrasentido la privilegia y fortalece con su interlocución. Más allá de sus propios méritos, el despegue de la figura de Xóchitl Gálvez como posible candidata presidencial opositora se debe en muy buena medida al mandatario, no a quienes la impulsan. Tanto así que ella misma lo reconoce, agradece e, inteligentemente, aprovecha.

Si la admiración y el miedo al líder –la dualidad de la veneración–, frena o inhibe a la dirección de Morena, así como los aspirantes presidenciales de ese movimiento a plantear a Andrés Manuel López Obrador la necesidad de revisar su rol y la estrategia de campaña, ninguno de ellos podrá llamarse a sorpresa ante lo que pueda suceder.

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Confiado en su infalibilidad e impermeable a escuchar voces distintas a la suya, Andrés Manuel López Obrador quiere atribuir la creciente presencia mediática de Xóchitl Gálvez al círculo político, social, intelectual y periodístico que la promueve, pero ni por asomo repara en su gran contribución.

En estricto sentido, la campaña de Morena y sus aliados por la candidatura presidencial no tiene mayor expresión en el infausto recorrido de quienes fueron invitados a tratar de hacerla suya. Si esa gesta tiene algo de espectacular son los anuncios exteriores o los escándalos de Adán Augusto López. En los hechos, esa campaña cobra expresión y resonancia en Palacio Nacional, siendo que supuestamente en ella no participa ni concursa Andrés Manuel López Obrador.

El incontenible protagonismo presidencial ensombrece o anula a quienes presuntamente él quiere ver en su lugar y refleja, como aquí ya se ha dicho, una anticipada nostalgia por el poder o una indomable aversión a aceptar la extinción de su propia estrella política. Desvanecerse de la escena cuando por años se concentraron luces, cámaras y micrófonos sobre uno, siempre es difícil.

Si quienes presumen ser los más leales escuderos de Andrés Manuel López Obrador, los más firmes guardianes del proyecto emprendido por él y los más avezados colaboradores en el diseño de estrategias no advierten y le advierten la necesidad de bajar su perfil, adquirirán responsabilidad en las complicaciones que, por alguna extraña razón, el líder del movimiento está generando a su propia causa.

De la incapacidad de reconocer y corregir errores se ha hecho una montaña de dislates.

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En cuanto a la estrategia de campaña para definir la candidatura presidencial de Morena y sus aliados, ésta exige una inmediata readecuación. Un ajuste que amplíe el margen de maniobra, expresión y actuación de quienes la buscan y que, a la vez, reduzca el de Andrés Manuel López Obrador.

El diseño de ese plan fue elaborado para una circunstancia hoy inexistente. Partió de un supuesto. La oposición seguiría en el pasmo que la inmovilizó por meses y los aspirantes de Morena podrían recorrer a solas el país, dentro un costal de taxativas (no debatir, no discrepar, no disentir de los postulados de la pretendida cuarta transformación) con tal de no dar lugar a divisiones y mucho menos a rupturas. Tal supuesto no tiene ya vigencia y continuar por esa senda durante los próximos sesenta días puede provocar una pandemia de aburrición entre el electorado o generarle un ataque fulminante de bostezos a alguno de los concursantes.

La aparición en escena del Frente Amplio por México le movió el cuadro a Morena y sus aliados. Las estrategias del uno y los otros son contrastantes. El concurso opositor es abierto, escalonado, animado con debates y mediciones parciales para eliminar gradualmente a los competidores hasta llegar a la final; el de Morena es cerrado, plano, desanimado con la recitación de postulados y con una medición final que, en un descuido, puede dejar a más de un descontento. La campaña opositora puede ser colorida y sabrosa; la de Morena es incolora e insípida, pese a los esporádicos destellos de Marcelo Ebrard y el fuerte músculo de Claudia Sheinbaum. La estrategia del Frente genera tensión y atracción, la de Morena tedio y hastío.

No advertir la necesidad de ajustar el plan original por parte de Morena es dar ventajas a quienes supuestamente quieren derrotar. Mal no harían la dirección de Morena, los aspirantes presidenciales, los estrategas en llamar la atención presidencial sobre el enredo que su protagonismo y el plan de campaña está generando. Disciplinar y callar o achacar a otros los tropiezos no es solución.

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Insistir en que la competencia por la candidatura presidencial de uno y otro bando no modifica el rol de Andrés Manuel López Obrador y persistir en la idea de aplicar la estrategia de campaña originalmente diseñada por el líder del movimiento cuando ya no responde a la realidad, sin duda, va a colocar en un apuro a los aspirantes de Morena y sus aliados.

De no rectificar y dejar de dar ventajas al frente opositor que no aparecían en su horizonte, Andrés Manuel López Obrador cerrará con eslabón de oro la cadena de errores que cometió desde el momento que precipitó la sucesión presidencial sin calcular las consecuencias. Qué paradoja.

En breve

La presunta ministra debería equiparar por sí misma su sueldo al del Ejecutivo, vamos a hacer algo que por lo menos la distinga.

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