Sobreaviso

Delirio electoral y amnesia política

Lo deseable la noche del domingo es que unos y otros reconozcan el resultado, asuman la consecuencia, acaten el mandato y acuerden cómo atender el reclamo social y ciudadano.

Las elecciones de este domingo son importantes sin duda. Se juegan cuestiones fundamentales vinculadas con el porvenir nacional, y –en estos días, no sobra recordarlo– nacional viene de nación.

Sí, pero de eso a considerar que la noche de la jornada electoral, en una suerte de acto drástico y mágico, se sabrá si la democracia renace o muere, si el país se va a pique al fondo del mar de la incertidumbre o navega viento en popa con rumbo cierto a un destino más justo y superior… es exagerado.

Esa desmesura en nada contribuye a forjar las condiciones necesarias para disentir sin romper ni claudicar y darle auténtica perspectiva al país y sí, en cambio, abona un mayor desencuentro.

Animados por la campaña –por fortuna ya concluida–, el poder y la oposición con su respectivo director, orquesta y coro adoptaron un discurso hueco, pero delirante y una conducta más relacionada con la esquizofrenia que con la política.

A ambos los tentó la idea de convertir la contienda electoral en una lucha eliminatoria sin reconocer dos cuestiones muy simples: ese no es el propósito de la democracia y, aun con ajustes, la correlación de fuerzas no se moverá tanto como el uno o la otra quisieran. Si, aun así, consideran que el único desenlace deseable y aceptable de la elección es acabar con el contrario, entonces más vale dejar de envolverse en la bandera de la democracia y cambiarle de nombre al juego porque el sentido de las elecciones es otro.

Desde esa óptica, es temerario hablar como si nada del supuesto dictador en ciernes o del presunto golpismo en puerta porque, de tanto anunciarlo –ahí está el guion de Gabriel García Márquez y Luis Alcoriza–, se puede dar vida al presagio o alentar a quienes salivan con la acción violenta directa. Cuestión de ver cómo durante el proceso electoral, el crimen delincuencial o el político se sintió a sus anchas para botar con plomo a quienes no quería ver en la boleta. Se borró la frontera entre política y delito. La impunidad y la pusilanimidad unidas jamás serán vencidas, sólo les faltó corear a los asesinos.

Lo único deseable la noche del domingo es que unos y otros reconozcan el resultado electoral, asuman la consecuencia política, acaten el mandato emitido y acuerden cómo atender el reclamo social y ciudadano. Ya es hora de ver a los políticos, haciendo política. De dejar atrás la manía de intentar vencer sin convencer, de imponer sin negociar ni acordar, de actuar sin calcular, de mandar sin obedecer, de impulsar planes de desarrollo sólo en beneficio de éste o aquel otro sector social, sin mirar a la nación en su conjunto.

No hay democracias de cupo limitado, como tampoco modelos de desarrollo compartido sólo entre unos cuantos.

Los dirigentes políticos y sociales de un signo u otro se truenan ahora los dedos porque, aun acumulando triunfos contundentes en la jornada dominical y aun cantándola, la victoria absoluta no será de ninguno de ellos.

Cometieron muchos errores. Convertir las comicios en el ejercicio no para zanjar, sino para profundizar las diferencias. Centrar la campaña en un personaje ausente en la boleta, pero entrometido en el proceso. Dejar de formular propuestas e impulsar contrapropuestas. Confundir el pasado reciente o remoto con el futuro, inventando el futuro pretérito. Jugarse la mitad del poder de la República en una sola partida. Generar un nivel tal de incertidumbre que, a saber, si el resultado podrá desvanecer. Postular el gradualismo a paso lento o la transformación a paso redoblado como el ritmo indicado para salir de los problemas. Entablar alianzas fincadas no en principios, sino en intereses o, peor aún, en complicidades.

Bizarra aventura la que emprendieron unos y otros –a excepción de Movimiento Ciudadano que se convertirá en bisagra–, y a la cual añadieron otro ingrediente. A manera de pleito de cantina, al cuadrilátero se subieron todos. Boxeadores, referí y jueces, managers y entrenadores, seconds y asistentes, locutor y médico, directores técnicos y dirigentes políticos, acomodados y acomodadores, intelectuales y cronistas, asesores y consejeros, fiscales y apéndices, aficionados de ring side y el público de atrás, el cronometrador que marca el minuto de descanso y hasta el presidente de la República para darse de golpes arriba y abajo de la cintura y, ahora, no hay ni quien pare el pleito… a nadie dejaron fuera por si, al final y a su pesar, alguien tiene que entrar a mediar, sobre todo, si el electorado no resuelve lo que ellos no pueden arreglar.

Estos comicios sufrieron de un síndrome que ya se puede denominar: delirio electoral y amnesia política.

Es increíble, diciéndose radicalmente distintos, los líderes de las fuerzas en pugna hablan y se conducen de modo muy parecido. Se mandan ¡al diablo! o ¡al carajo! con gran familiaridad, emparentándose al hacer del extremismo el hogar de su dogma y, en el contraste, conciben de manera semejante a las instituciones sea para demolerlas o venerarlas sin ajustarlas.

El punto delicado es que, al amanecer del lunes y a su pesar, tendrán que verse la cara de nuevo –en el mejor de los sentidos–, reconocer que los problemas siguen presentes y es menester resolverlos, si no quieren provocar un colapso en el Poder Judicial y la economía.

Sí, las elecciones de este domingo son muy importantes, pero no sólo en ellas se cifra la posibilidad de darle perspectiva al país. El régimen político y el modelo económico exigen un ajuste profundo, pero no va a ser a la fuerza como se puedan replantear. Esa proeza demanda inteligencia, voluntad y acuerdo, no sólo delirio y amnesia.

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