Hay algo que suele pasar inadvertido cuando hablamos de infraestructura, los problemas no siempre aparecen porque falten recursos o porque desconozcamos qué necesitamos construir, sino que a veces surgen porque aquello que necesitamos llega demasiado tarde. Hoy enfrentamos un desafío de esa naturaleza. La demanda y la infraestructura avanzan a velocidades diferentes.
Una empresa puede decidir ampliar su planta en cuestión de meses. Un parque industrial puede atraer nuevos inversionistas. Una ciudad puede extender sus zonas habitacionales y comerciales con rapidez. Los centros de datos, la electrificación del transporte y la creciente necesidad de climatización también están impulsando el consumo de electricidad. Sin embargo, construir una línea de transmisión, ampliar una subestación o desarrollar infraestructura de distribución puede requerir años de planeación, autorizaciones, inversión y ejecución. Son dos relojes que no marcan la misma hora.
La Agencia Internacional de Energía ha advertido sobre esta brecha temporal. Mientras algunos proyectos de generación y grandes consumidores pueden desarrollarse en periodos relativamente cortos, construir nueva infraestructura de red puede tomar entre cinco y quince años. Además, alrededor del mundo se acumulan proyectos de generación, almacenamiento y grandes cargas que esperan conectarse al sistema eléctrico.
El problema, por tanto, no consiste únicamente en producir más electricidad. También necesitamos disponer de la capacidad para transportarla y distribuirla hasta donde se requiere, en el momento oportuno. Esta diferencia de tiempos tiene consecuencias económicas concretas. Una industria puede encontrar trabajadores, financiamiento, terrenos y clientes, pero descubrir que la capacidad eléctrica disponible no permite poner en marcha su proyecto conforme al calendario previsto. Una inversión que se retrasa puede perder competitividad, encarecerse o terminar en otra región.
Y las consecuencias no se limitan a las grandes empresas. También alcanzan a los desarrollos habitacionales, los comercios y las ciudades que necesitan ampliar sus servicios para acompañar su crecimiento. La infraestructura eléctrica no es un complemento que pueda incorporarse indefinidamente después, sino que forma parte de las condiciones que hacen posible el desarrollo. Quienes nos dedicamos a la construcción conocemos bien esta lógica. No basta con terminar una obra; es necesario que los sistemas que la hacen funcionar estén disponibles cuando se necesitan. Un edificio puede estar listo, pero sin servicios esenciales no cumple plenamente su propósito.
Por eso, la planeación energética debe mirar hacia adelante. No podemos diseñar las redes únicamente para atender la demanda que ya existe; necesitamos anticipar dónde crecerá, qué nuevas actividades económicas aparecerán y cuánta capacidad requerirán. También debemos aprovechar mejor la infraestructura disponible. El almacenamiento con baterías, la gestión inteligente de la demanda y las tecnologías que permiten utilizar con mayor eficiencia las redes existentes pueden ayudar a liberar capacidad y reducir algunas presiones mientras se construyen nuevas instalaciones. Estas soluciones no sustituyen la inversión en redes, pero sí pueden complementarla.
La transición energética exige, por tanto, algo más que nuevas fuentes de generación. Requiere coordinación entre la planeación territorial, las decisiones de inversión, el desarrollo industrial y la expansión de la infraestructura. El desafío no es solamente construir más, sino construir a tiempo y en el lugar correcto.
Porque cuando la electricidad llega después de que llegó la oportunidad, el costo no es únicamente energético, también es económico y social. En infraestructura, anticiparse no significa construir de más. Significa comprender el futuro antes de que nos alcance.