Escribo este texto desde Bruselas, donde participo esta semana en un seminario dirigido a periodistas y académicos mexicanos. En las conversaciones que han surgido en estos días, la relación entre México y la Unión Europea invita a una pregunta que va más allá de los acuerdos comerciales: ¿qué tan preparada está cada parte para convertir la necesidad de diversificar en una estrategia que sobreviva a la coyuntura?
La renovada cercanía en materia comercial entre la Unión Europea y México llega en un momento crítico tras más de seis años de postergaciones. Apenas en mayo, se concretaron dos movimientos relevantes: la firma del Acuerdo Global Modernizado y la firma de un memorando de Entendimiento con la Secretaría de Energía de México para el financiamiento de proyectos de energía renovable, respaldados por una inversión de 150 millones de euros a través del Banco Europeo de Inversiones (BEI) y Bancomext. Los anuncios colocaron a Europa en una conversación que en México suele quedar dominada por Washington.
En la política y en la diplomacia, los tiempos nunca son fortuitos. Es difícil de creer que sea sólo una coincidencia el hecho de que dos visitas de alto nivel desde el viejo continente a nuestro país con estos fines se concretaran a escasos días del inicio de la revisión del T-MEC. En este sentido, el acercamiento entre la Unión Europea y México figura como un seguro estratégico frente a un entorno internacional más volátil e impredecible. Pero no es un seguro libre de retos y condiciones.
La coyuntura ha llevado a que diversas regiones envíen señales de nuevos esfuerzos por diversificar sin desacoplarse. Por un lado, México busca mitigar riesgos ante las recurrentes tensiones con Estados Unidos. Por otro, Europa durante meses ha acelerado su estrategia de de-risking frente a las amenazas de Estados Unidos y la competencia de China, reforzando vínculos confiables fuera del bloque. En este sentido, México ofrece algo difícil de replicar, con un acceso preferencial a Norteamérica, manufactureras consolidadas y un nodo estratégico para el ally-shoring con Europa. Esto no implica que sus intereses sean idénticos, pero sí que ambos tienen razones para acercarse.
En las conversaciones que he sostenido estos días en Bruselas, hay una coincidencia entre funcionarios europeos: la administración de Claudia Sheinbaum ha contribuido a destrabar una relación que llevaba años avanzando por debajo de su potencial. Desde su perspectiva, el cambio de interlocución permitió concretar la firma del acuerdo modernizado y abrir una agenda que rebasa el comercio. En palabras del vicepresidente del Parlamento Europeo, Javi López, en un diálogo privado, “con esta administración hemos acabado el acuerdo. Es un logro palpable y ha sido una cumbre exitosa”.
Las oportunidades mencionadas van desde la electrificación del transporte hasta las iniciativas de inversión a través de la EU-Mexico Global Gateway Initiative, pasando por cooperación tecnológica e infraestructura sostenible. El reconocimiento político es importante, pero también eleva la expectativa; si este gobierno logró abrir la puerta, ahora le corresponde demostrar que puede convertir esa disposición europea en proyectos que avancen.
El acuerdo modernizado todavía tiene por delante procedimientos de ratificación. Apenas esta semana, Marcelo Ebrard adelantó que se discutirá próximamente en el Senado mexicano. Del lado europeo, el instrumento comercial interino permite avanzar por una vía distinta a la del acuerdo global, que requiere las ratificaciones de los Estados miembros. Esta distinción importa, pues después de las fotografías y los aplausos, aún queda un largo trecho para materializar este esfuerzo.
El contexto, mientras tanto, ha cambiado. La visita de la delegación de alto nivel de la UE se dio previo al inicio de la revisión del T-MEC, proceso que, según explicó Ebrard este martes, continúa con revisiones anuales. En ese escenario, Europa no puede reemplazar a Estados Unidos, ni tendría que hacerlo, pero ofrece la posibilidad de ampliar mercados, fuentes de financiamiento y relaciones productivas. Diversificar no tendría que significar abandonar Norteamérica; tendría que permitirle a México participar en ella con más capacidades y menos vulnerabilidades.
Regresando a la metáfora del seguro estratégico, dichos seguros sólo funcionan cuando existen capacidades para hacerlos valer. El verdadero examen de esta nueva cercanía no estará en las firmas, los memorandos o las visitas de alto nivel, sino en la capacidad de México para traducir financiamiento, acuerdos y buena voluntad diplomática en infraestructura y certidumbre suficientes para sostener su próxima etapa de integración económica. En un mundo que se fragmenta en bloques, la forma en que México gestione esta nueva cercanía con la Unión Europea dirá mucho sobre el tipo de colaboración internacional que busca para las próximas décadas.
